Ante el aumento que ha mostrado la tasa de inflación en los últimos meses, la junta de gobierno del Banco de México tomó la decisión de incrementar en 25 puntos base la tasa de fondeo interbancario a un día, situándola en 4.25 por cieno.

Sin duda, detrás de esta decisión está la evolución que ha tenido el componente subyacente del Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), cuya tasa anual ha tenido una trayectoria ascendente a partir de diciembre del año pasado, cuando se situó en 3.89% y que para la primera quincena de junio llegó a 4.58% (las tasas respectivas para el INPC general fueron 3.15% y 6.02%).

Es importante señalar que la tasa de inflación que tiene que ser relevante para efectos de las decisiones de política monetaria es precisamente el componente subyacente del INPC por dos razones fundamentales. La primera es que el componente no subyacente del índice de precios incluye bienes y servicios cuya evolución es independiente, al menos en el corto plazo, de la política monetaria, ya sea porque dependen de factores estacionales (por ejemplo los tiempos de cosecha de productos agrícolas) o porque son determinados exógenamente por el gobierno (por ejemplo electricidad) o se determinan en el mercado internacional (por ejemplo petróleo y sus derivados). La segunda razón es que en un horizonte de mediano y largo plazo, la evolución del componente subyacente es el principal determinante de la trayectoria que siga el índice general de precios.

El 4.58% de aumento del índice subyacente o 6% del índice general no parecerían ser muy significativos sobre todo si las comparamos con las inflaciones experimentadas en la década de los ochenta del siglo pasado (por ejemplo el 159% en diciembre de 1987). Sin embargo, no hay que olvidarse que aún bajas tasa de inflación generan importantes distorsiones que afectan el crecimiento mismo de la economía y el bienestar de la población.

Una primera distorsión es que afecta los precios relativos. Las inflaciones puras no existen es decir, no todos los precios aumentan simultáneamente y a la misma tasa. Por lo mismo durante un proceso inflacionario cambian los precios relativos, lo cual afecta las decisiones de asignación de recursos productivos y de consumo. Entre mayor sea la inflación, mayor será la variabilidad de precios relativos y mayor la ineficiencia en la asignación de recursos, con el impacto negativo que ello tiene sobre el valor agregado producido en la economía.

Una segunda distorsión es que la inflación aumenta el diferencial entre las tasas reales de interés pasivas (la que reciben los ahorradores y que tienden a volverse negativas) y las tasas reales activas (las que se pagan por el crédito, las cuales aumentan). Ello desincentiva la intermediación financiera, el ahorro y la inversión y por lo mismo el crecimiento económico. Más aún, la inflación genera que, por una parte, el ahorro financiero y el crédito otorgado tiendan a ser de corto plazo y, por otra parte, al aumentar la incertidumbre sobre la rentabilidad de los proyectos de inversión estos también tengan un horizonte de menor plazo, lo cual también impacta negativamente el crecimiento.

Un tercer impacto negativo de la inflación es que ésta se constituye como un impuesto expropiatorio de una parte de la riqueza de los individuos. Más aún, es un impuesto notoriamente regresivo es decir, afecta relativamente más a los individuos de menores ingresos quienes por una parte mantienen una mayor proporción de sus activos financieros en billetes y monedas y por otra tienen un menor acceso a instrumentos de ahorro financiero que los proteja de la misma inflación.

El Banco de México tiene como objetivo prioritario lograr la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda, siendo ésta la mayor contribución que puede hacer al desarrollo del país. Alcanzar su objetivo de inflación de 3% (2% sería mejor) es crucial.

ikatz@eleconomista.com.mx

Isaac Katz

Economista y profesor

Punto de vista

Caballero de la Orden Nacional del Mérito de la República Francesa. Medalla al Mérito Profesional, Ex-ITAM.

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