Mi sociólogo favorito es Émile Durkheim, mi obra consentida: La División Social del Trabajo, que indaga en el entramado y complejo mundo de las relaciones sociales, cómo los comportamientos humanos varían de región a región y de tiempo a tiempo. Si los seres humanos nos comportáramos con precisión, seguramente no habría evolución y no estaríamos ni yo escribiendo esta reflexión; ni usted, estimado lector, leyendo mis ocurrencias.

Pero lo cierto es que, como lo comprobamos a diario, las relaciones sociales cada vez se transforman, se multiplican y hasta se enzarzan por una y miles de razones que hasta pueden lastimar gravemente como cuando el cambio de sede de una embajada produce satisfacción a unos y genera ira, desasosiego, tragedia y muerte para otros.

Es una compleja red social, en la que las relaciones humanas se transforman con velocidades radicalmente distintas y una de las más dañinas lentitudes radica justamente en la desigualdad por sexo que se esparce en todas las áreas de la vida y que afecta hasta en los derechos fundamentales, como puede ser el derecho humano al trabajo, el cual tiene más reconocimiento para el mundo masculino, lo que ancestralmente dispara consecuencias distintas e injustas para el mundo de las mujeres, como si de verdad fueran dos planetas.

Durkheim explica en esta obra el origen de la división del trabajo; la influencia definitoria de la biología para luego exaltar con gran sensibilidad, la solidaridad entre mujer y hombre, solidaridad biológica que conlleva lo fantástico de la perpetuación de la especie, función social inexorable. Este libro bien explica la solidaridad orgánica y la solidaridad mecánica y honra la función solidaria de crear vida, algo extraordinario que se produce minuto a minuto.

¿Por qué si esta solidaridad biológica es indispensable, no se da pleno trato igualitario a hombre y mujer? Esta eterna aspiración de las mujeres por alcanzar la igualdad no es una lucha, pues no se trata de vencer a los hombres, lo que se busca es ser pares.

Romper techos de cristal es y ha sido difícil, pero por fin el tema se ha encarrerado, aun cuando, todavía se requieren grandes esfuerzos para evitar la discriminación y la segregación, conductas que igualmente el autor explicó en 1893.

Actualmente la Organización de las Naciones Unidas emprende otra novedosa y fértil campaña de igualdad que denomina HeforShe “él por ella”, como podríamos traducirlo, que busca grupos de impacto en personas y en el gobierno, en grandes corporativos y universidades para tomar decisiones clave y así acelerar el progreso a favor de la igualdad de género.

A este impulso se suman hombres y niños como agentes en el cambio y uno de los instrumentos clave es justamente el derecho de acceso a la información que permite conocer los derechos humanos, su disfrute, su exigencia y formas de denuncia que sin duda se proyecta a las familias.

Por eso el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) se adhiere entusiastamente a esta relevante campaña que trasciende en Latinoamérica, con el apoyo de Eurosocial.

Quiero mencionar, por su importancia, otro loable empuje en El derecho desde una perspectiva de género, obra colectiva de asociadas de la Barra Mexicana Colegio de Abogados, editado por Tirant lo Blanch, bajo la coordinación de Claudia de Buen y José Mario de la Garza, presidente del Colegio, en el que se refiere la utilidad de la transparencia.

Hoy es inaplazable este movimiento de igualdad, cuyos beneficios son para la sociedad en general.