La Semana Santa es la conmemoración anual cristiana de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret. Si en la Navidad conmemoramos el advenimiento de Jesús al mundo, en la Semana Santa se solemnizan sus últimos días de vida.

Para hacer un parangón entre la frivolidad con la que celebramos estas actividades litúrgicas, en la alborada del siglo XXI, con la manera de solemnizarlas en épocas pasadas, leí durante este periodo vacacional en el libro México Viejo, del historiador don Luis González Obregón, cómo eran el culto y las costumbres en la ciudad de México durante la llamada Semana Mayor. (La primera vez que oí en el catecismo el sinónimo de Semana Mayor por el de Semana Santa, creí que ésta era una semana especial que duraba más que las otras. Ojalá y tenga dos sábados y dos domingos -pensé).

Todos estrenaban, todos vestían de luto el Viernes Santo y los que no lo hacían exhumaban viejos trajes.(...) El Jueves Santo, después del toque de la gloria, se cerraban los comercios. (...) Todos, desde el Presidente o el Gobernador, asistían a los oficios que se verifican en catedral con toda pompa. (...) El Lunes Santo salía en procesión la imagen de Santa María de la Redonda, el martes la de Nuestra Señora del Socorro, el miércoles por la mañana la del tránsito de Nuestra Señora. (...) El Jueves Santo salían varias procesiones. (...) En la capilla de San José de los Naturales se juntaba una procesión de 23 mil penitentes (...) y de ahí salen azotándose, con doscientas y diez y nueve insignias de Cristos y otras de su pasión. (...) Pero la más solemne y suntuosa procesión era la del Viernes Santo, que salía del Convento de Santo Domingo (...) En hombros de cuatro religiosos venía el cuerpo del Señor e inmediatamente la Virgen de la Soledad y los disciplinantes azotándose .

El historiador describe toda la procesión que hacía diferentes postas, mientras se predicaba un sermón y se hacía penitencia. La peregrinación seguía hasta el Convento de la Concepción, donde se predicaba otro sermón, se cantaba en alabanza y ahí permanecía la multitud hasta el domingo en que de nuevo era trasladado el cuerpo de Cristo a Santo Domingo. La gente asistía a los templos con la mayor devoción, no se tocaban las campanas ni salían los coches a las calles. Los que no iban en las procesiones se guardaban en su casa a rezar y meditar. Eran días de recogimiento.

Don Luis González Obregón no nos hace saber si nueve meses después de los días de recogimiento la población crecía en número.

Pero eso fue hace 200 años o más. Claro está que ya nadie estrena un vestido de luto para celebrar el Viernes Santo con gran pompa. Si acaso alguien estrena un traje de baño -no necesariamente negro- para enseñar las pompas. También hay quien todavía se azota (en el sentido de extralimitarse o pasarse de lanza). ¡Ay Juan, no te azotes con las chelas que tienes que manejar de regreso!

Pero entre los arrebatos religiosos de la antigüedad de los que nos salvamos entre otras cosas por la implantación del estado laico y las costumbres de ahora donde la Semana Santa más que una devoción es una vacación, existió un periodo, digamos intermedio, en el que sin llegar a la extrema penitencia y acendrado misticismo descritos por Luis González Obregón; en ese lapso transcurrió mi infancia con aroma de incienso y sacristía.

Humor con agua bendita

Era costumbre en los años 50 en la región del Bajío, guardar la Semana Santa. Eran días de oración, expiación de los pecados -¿qué pecados se pueden cometer entre los seis y los 10 años- de ejercicios espirituales -más aburridos que un elevador sin espejos-.

Para empezar, en esos días en la radio sólo se escuchaba música sacra y charlas de padrecitos. Los lasallistas nos recomendaban leer vidas de santos y libros escritos por sacerdotes. Para mi fortuna descubrí la obra de monseñor Joaquín Antonio Peñalosa, doctor en Letras Españolas, poeta, filósofo, humanista, sacerdote fundador de una casa hogar para niños que publicó un libro llamado Humor con agua bendita, que no era otra cosa que una colección de chistes sobre curas, beatas, ángeles y santos, que hizo placenteros aquellos días. Posteriormente publicó la secuela Más humor con menos agua bendita.

Todavía recuerdo algunas de esas anécdotas graciosas y chistes que transcribiré para los lectores como una muestra de agradecimiento por haber aguantado el terrible y solemne inicio de esta columna.

Piensen ustedes -predicaba un sacerdote a sus fieles- lo que hubiera sucedido con la humanidad, si Eva al ver por primera vez a Adán le hubiera dicho: -Yo no soy de las que se casan con el primero que salen.

Al terminar la clase de Historia Sagrada, dos niños comentan. -Oye, ¿qué hacía Noé para no aburrirse en el arca? -Pescaba. -¿Y qué pescaba? -Un montón de peces. -Pero cómo, sí sólo tenía dos lombrices.

Noé estaba subiendo al arca una pareja de cada especie de animales, según Dios le había ordenado. En eso llegó un animal solo. -¿Dónde está tu compañero? -preguntó Noé-. ¿Eres viuda o te divorciaste? -Soy la solitaria.

Un sacerdote daba su primera clase de religión en una primaria: -Queridos niños, en esta clase voy a explicar cómo fue creado el primer hombre y la primera mujer. A nombre de todos, se levanta Marquitos: -Eso ya lo sabemos, padre. Mejor explíquenos cómo fue creado el tercer ser humano.

Una señora llega al cielo: -San Pedro, vengo a ver si mi marido está en el cielo. -¿Cómo se llama? -Juan Pérez.

-Juan Pérez es un nombre muy común, tenemos cientos. -¿Alguna seña particular? Es mexicano, gordito y chaparrito. -¿Mexicano? ¿Gordito? ¿Y chaparrito? Ése no es un dato. Dime algo especial de él. -Ah, ahora que lo recuerdo al morir me dijo que en caso de que yo le fuera infiel, él se removería sobre su tumba. -Ah...díganle al Trompo que aquí le hablan.

Me acuso padre, le dice una bella veinteañera al sacerdote, de que le toqué la parte masculina a mi novio. En penitencia, dice el cura, reza un rosario y lávate las manos con agua bendita. Cuando la penitente va a la pileta del agua bendita escucha una voz que le dice: Espera, no me la ensucies que yo voy a hacer gárgaras.

Oí por ahí

Éstos no los leí en los libros del padre Peñalosa, pero ahí les van: Dos compadres mueren, uno se había portado muy bien y se va al cielo donde se aburre mucho. Se encuentra con San Pedro y pregunta por su compadre, el santo le dice: Él llevó una vida licenciosa y está en el infierno, ¿lo quieres ver? El compadre se asoma por un tobogán y ve abajo a su compadre con una mesa llena de chelas, una sinfonola y baile y baile con tres mujeres buenísimas.

Oye San Pedro, eso no es justo. Yo que me porté bien aquí me ando aburriendo y el que obró mal, allá abajo divirtiéndose. No -le dice San Pedro-, si te quieres ir para allá, sólo baja por el tobogán. Pues eso voy a hacer, dice el compadre bueno. Se desliza por el tobogán y llega a saludar a su compadre. ¡Compadre! Pásele, bienvenido al infierno. Tome una chela y póngase a bailar con una de las chavas. El recién llegado toma una cerveza, trata de darle un trago y dice: Oiga compadre, la cerveza no tiene hoyo. ¡Ni las viejas, así es la chinga en el infierno!

Es Jueves Santo. Dos borrachitos sin dinero no saben adónde ir para seguir la fiesta. Uno de ellos ve que hay mucha gente en el templo y le propone al otro entrar: chance y haya fiesta -le dice. Entran justo en el momento en que el sacerdote está diciendo el sermón: Y entonces al Divino Maestro le azotaron su divino cuerpo . ¡Qué poca madre -le comenta un borrachito al otro-. Y al Divino Maestro le pusieron un collar de espinas en su divina cabeza . ¡Hijos de su pinche madre! -comentan los compadres. Por si eso fuera poco, al Divino Maestro le abrieron dos llagas en sus divinos costados . Oiga padrecito -interrumpe uno de los borrachos- ¿qué no había nadie que lo defendiera? Los apóstoles, pero tenían miedo . ¡Culeros!, si hemos estado yo y mi compadre le pelan su divina reata.