Personalmente evito el Buen Fin a menos que tenga una compra grande planeada, o una necesidad específica. Si no es el caso, procuro no acercarme a centros comerciales: no me gustan las aglomeraciones y así evito tentaciones.

Hace algunos años quise aprovechar este fin de semana para comprarle ropa a mi hija. Fuimos a la tienda que a ella le gusta (a mí también porque los precios son razonables). A pesar de las grandes pancartas en las vitrinas sobre el Buen Fin, que prometían descuentos hasta de 70%, para mi sorpresa no eran en toda la tienda. Se aplicaban únicamente a mercancía situada en un área muy pequeña: ropa que en su mayoría estaba maltratada o era muy fea. Todo lo demás estaba a precio normal.

Como la necesitaba, se la compré de todas formas pero sí me pareció una burla de la tienda. Me di cuenta, sin embargo, que no era la única que lo hacía de esa manera. Lo que sí me ofrecieron fue pagar a meses sin intereses, promoción que no tomé porque tenía la capacidad para pagar de contado y no me interesaba comprometer mi flujo de efectivo futuro. Después de eso, nos fuimos del centro comercial y regresamos a casa.

A lo largo de los años he escuchado historias de amigos y lectores que han aprendido una lección de la peor manera. Particularmente, aquellos que fueron compraron cosas no planeadas a meses sin intereses y perdieron el control. Tanto que, cuando llegó el estado de cuenta de la tarjeta, se dieron cuenta que la mensualidad de esas compras superaba su capacidad de pago.

Tal es el caso de Javier, quien compró distintas cosas incluyendo ropa, zapatos, una pantalla plana, un teatro en casa, entre otros objetos. Las puras mensualidades que tenía que pagar representaban cerca de la mitad del ingreso familiar. Su familia se tuvo que apretar el cinturón en serio durante todo un año, por ese error.

El problema está en que el cerebro humano tiende a aislar cada gasto. La primera compra la podemos pagar sin problema. La segunda también y así sucesivamente. El problema es que no podemos pagar la suma de todas. Muchas personas reciben un fuerte golpe de realidad por lo menos un mes después, cuando ya no pueden hacer nada.

También he visto gente que, sin llegar al extremo, ha tenido que posponer otras metas importantes por no tener claro cuál era su capacidad de pago durante el Buen Fin. Alguna vez asesoré a Joaquín, quien tuvo que suspender su ahorro para el retiro durante un año, para poder pagar sus mensualidades. También está el caso de Mayte, quien había pensado en destinar su bono anual para unas vacaciones familiares; en lugar de eso tuvo que usarlo para pagar parte de lo que ya había comprado.

En resumen, creo que podemos aprender de estas experiencias. Siempre digo que el dinero también es para disfrutarlo. No se trata de no gastar durante el Buen Fin, pero sí de hacerlo con planeación y cuidado. Debemos guardar un equilibrio entre nuestras necesidades de corto plazo y nuestros objetivos de mediano y largo plazo. Ese es el secreto.

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Joan Lanzagorta

Coach en Finanzas Personales

Patrimonio

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia.

Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com