Si José Juan Tablada supiera que, por haber nacido un tres de abril se le podría haber descrito como un típico Aries, puede que se molestara. Quizá también en sus tiempos, creer en la astrología era un signo inequívoco de tonta frivolidad, pero lo más probable es que, poeta al fin, no le hubiera interesado —ni como signo, ni como símbolo— la idea de que la lectura de los astros podría explicar su talante y predecir sus pasos. Porque Tablada era tan profundo y tan ligero como sus haikús. Pero, a veces, también intocable y serio como los jardines japoneses.

Nacido en la Ciudad de México en 1871, a José Juan Tablada, si se le describe con justeza basta decir que fue poeta, periodista y diplomático. También, voraz lector, pésimo estudiante, amante de la poesía francesa. Pero también creador de la Revista Moderna y personaje fundamental en la transición del modernismo a las vanguardias, dentro de nuestra literatura. Modernista en su primera etapa, pero vanguardista para siempre, desarrolló un gusto obsesivo por la palabra, la aventura y el viaje; además de construir una noción del arte como cambio perpetuo.

Con apenas veinte años, se inició en el periodismo, oficio que desarrollaría a lo largo de medio siglo llegando a publicar cerca de diez mil artículos. Fue colaborador de numerosas publicaciones periódicas nacionales, como El Universal, El Mundo Ilustrado y El Imparcial, y columnista en la prensa internacional de Caracas, Bogotá y La Habana. Sus crónicas —políticas, culturales y de viajes— quedarían reunidas en libros como “Tiros al blanco”, “Los días y las noches de París” y “En el país del sol”.

En 1900 hizo un viaje a Japón. Puede que hubiera dado cuenta que la verdadera cuna de Occidente era el Oriente o ni siquiera pensara en ello, pero su admiración por el ejemplo naturalista de los japoneses le cambió la vida. Observó que la estética de aquel pueblo permitía no una copia, sino una "interpretación plástica" de la naturaleza y a su regreso a México, construyó, con fina arquitectura y sus propias manos, un delicado jardín japonés.

También empezó a escribir haikús, nunca antes presentes en la historia de la lengua española. Tan magníficos que pudo escribir sencillamente de todo lo sencillo. Vayan algunos ejemplos: de la luna (Es mar la noche negra/ la nube es una concha/ la luna es una perla); el hongo (Parece la sombrilla/ este hongo policromo/ de un sapo japonista); la sandía (Del verano, roja y fría/ carcajada/ rebanada de sandía) y hasta del insomnio (que “en su pizarra negra suma cifras de fósforo”.)

Tablada no fue ajeno y no salió bien parado de los avatares de la Revolución mexicana de 1910: criticó la presidencia de Francisco I. Madero, apoyó la dictadura contrarrevolucionaria de Victoriano Huerta y fue director del Diario Oficial durante su mandato. A la caída del usurpador Huerta, su casa de Coyoacán fue saqueada por las tropas de Emiliano Zapata y su jardín japonés vilmente destruido. Tablada fue a vivir su vergüenza y luto a Nueva York. Durante el régimen del constitucionalista Venustiano Carranza regresó, desempeñó cargos diplomáticos en Caracas y Quito.

Por si lo dicho fuera poco, lector querido, para celebrar con dos días de retraso los 150 años de su nacimiento, vayan más razones: Tablada, además de haber logrado proezas literarias como haber sido el primer mexicano que habló con discernimiento del arte prehispánico, el iniciador de nuestra poesía contemporánea, el que dio libertad al uso de la metáfora antes que los Ultraístas, el escritor de poemas ideográficos casi al mismo tiempo que Apollinaire, el que reveló al futuro grupo de los "Contemporáneos", el valor de la imagen y un nuevo sentido del paisaje.

Fue un hombre con una cultura vastísima y diversa. Ramón López Velarde, uno de sus mejores amigos, lo describió como “el artista más completo de México”. Tablada le correspondió escribiendo en su obra El Ex voto, un homenaje a la Suave Patria de su amigo: “Y tus metales que juzgaron vanos/ Como engendros de luna, los insanos, / Rindieron oro virgen en mis manos”.

Pero ese calificativo de “artista más completo”, lo había ganado por una sencilla razón: Tablada sabía del nombre de todas las cosas, comprendía tanto el español como los ideogramas del Oriente, escribía en lenguas prehispánicas pero también en inglés, realizó un importante estudio de micología (todo lo que usted quería saber sobre los hongos) que derivó en acuarelas que él mismo pintó y en un recetario, que guiaba los platillos de su propia mesa. Conocía a los egipcios, los franceses, de las guerras en el mundo, la Grecia Clásica, la música y toda la flora y fauna.

Cuando le preguntaban cómo tenía mente para tantos intereses, suspiraba y solamente respondía:  “la cultura es un heroísmo de todos los días”.