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Hablando de terremotos: ¿Somos Haití o Chile?
Hay zonas donde somos más Haití que Chile.
El terremoto de Chile fue 100 veces más fuerte que el de Haití. El sismo en el Caribe causó 233,000 muertes; el de Concepción, alrededor de 800. Son 291 veces más muertos en Haití y es aberrante, pero tiene una explicación: la densidad de población y los niveles de desarrollo social y económico.
Haití tiene 1,900 dólares anuales de ingreso per cápita. Es el país número 30 en habitantes por kilómetro cuadrado. Chile tiene un PIB per cápita de 14,700 dólares. Es el número 192 del orbe en densidad de población.
Estos números explican casi todo, pero no resuelven el gran misterio. ¿Cómo es que Haití se convirtió en uno de los países más pobres del mundo y Chile llegó a ser la economía más próspera de América del Sur?
El nivel de riqueza influye, más que ningún factor, en el número de víctimas de los desastres naturales. Las cifras de muertos serían muy diferentes, si estos terremotos hubieran ocurrido en el siglo XVIII, cuando Haití era la colonia francesa más rica en el mundo y Chile, una de las regiones más pobres del imperio español.
Los economistas que estudian las catástrofes han establecido empíricamente que, en un terremoto, los países más pobres tendrán más muertos que los más ricos, suponiendo que no haya grandes diferencias en densidad poblacional. Escalera, Anbara y Alan estudiaron los efectos de 269 terremotos, acaecidos entre 1960 y el 2002, y confirman esta correlación. Añaden otro dato que no debe extrañar a nadie: los pobres de cada país son los más vulnerables. Los ricos tienen más de una forma de trascender la vulnerabilidad del país.
Subdesarrollo es destino, ¿cómo podría ser de otro modo? Un país desarrollado ha superado los problemas de la supervivencia cotidiana y puede plantearse objetivos a largo plazo. Se puede dar el lujo de establecer normas de construcción estrictas y desarrollar la capacidad para hacer que se cumplan. El terremoto de Valdivia en 1960 fue el más violento del siglo XX. Alcanzó una intensidad de 9.0 grados y generó en los chilenos la conciencia del riesgo. La prosperidad relativa, alcanzada por Chile desde la década de los 80, le ha permitido a los andinos tener una de las normas de construcción más estrictas de América Latina.
Un país extremadamente pobre está abrumado con la resolución del día a día. La memoria y visión de largo plazo no sirven de gran cosa en un país, como Haití donde 80% de la población vive por debajo de la línea de la pobreza y 54% está en situación de pobreza abyecta, según el CIA fact book. Qué más da que algunos haitianos supieran que su país está situado en una falla sísmica que implica un riesgo grave. La mayoría de las construcciones en Haití estaba hecha de escombros y barro. Se construyeron a bajo costo, pero se derrumbaron con facilidad.
No somos Haití, por fortuna; tampoco somos Chile, por desgracia. Casi la mitad de viviendas en México se construyen dentro de esquemas de informalidad. La inmensa mayoría de ellas están fuera de norma, en un país que es altamente vulnerable a catástrofes naturales: terremotos, inundaciones y deslaves, por ejemplo. El sector formal, que ha incorporado las lecciones de sismos como el de México en 1985 y las mejores prácticas internacionales, no es hegemónico en una parte sustancial de nuestras grandes ciudades.
Más vale no engañarnos: hay millones de viviendas que están ubicadas en el territorio del susto. Ahí los reglamentos de construcción han quedado en segundo o tercer plano, ante la urgencia de tener un techo dónde vivir. Hay zonas donde somos más Haití que Chile, ¿qué vamos a hacer al respecto?
lmgonzalez@eleconomista.com.mx