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Opinión

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Guerra y desinformación

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En su libro Information Operations: Warfare and the Hard Reality of Soft Power, Edwin Armistead nos alerta sobre como las llamadas operaciones de información en los procesos bélicos las cuales están destinadas a “proporcionar información crítica y contenidos influyentes en un esfuerzo por moldear percepciones, gestionar opiniones y controlar comportamientos” no sólo en los países en conflicto sino con especial énfasis en la comunidad internacional. En ese sentido, en el escenario global actual, la desinformación ha emergido como una herramienta estratégica en los procesos de guerra, transformando radicalmente la naturaleza de los conflictos.

En este nuevo frente digital, la información se convierte en una moneda de gran valor, y la habilidad para manipularla puede tener consecuencias profundas en la percepción pública, la toma de decisiones y, en última instancia, en el desarrollo del conflicto mismo. La desinformación sobre los procesos de guerra se erige como una sombra que distorsiona la verdad, erosionando la confianza y complicando la búsqueda de soluciones pacíficas.

En el corazón de esta batalla de información se encuentra la manipulación de narrativas. Los actores involucrados en un conflicto, ya sean estados, grupos rebeldes o entidades no estatales, reconocen la importancia de controlar la narrativa para ganar el apoyo tanto interno como externo. La desinformación se convierte así en una estrategia deliberada para distorsionar la realidad, presentando versiones sesgadas de los eventos con el objetivo de moldear la percepción pública. Así, por ejemplo, vemos el caso de la guerra entre Rusia y Ucrania, donde podemos obtener información del mismo hecho, pero con imágenes y datos completamente distintos favoreciendo a uno u otro participante del conflicto.

En la era digital, las redes sociales y las plataformas en línea se han convertido en campos de batalla fundamentales. La rapidez con que la información se propaga en estos espacios crea un terreno fértil para la desinformación. Imágenes manipuladas, noticias falsas y campañas de difamación se dispersan a velocidades vertiginosas, alcanzando audiencias masivas antes de que la verdad tenga la oportunidad de salir a la luz. Este fenómeno no solo afecta la imagen de los actores en conflicto, sino que también puede tener consecuencias reales en términos de apoyo internacional y decisiones políticas.

Uno de los ejemplos más notorios de desinformación en contextos de guerra es la manipulación de eventos a través de la propaganda, así lo refieren Garth Jowett y Victoria O´donnell en su maravilloso libro Propaganda y Persuasión. La distorsión de hechos, la creación de narrativas falsas y la difusión de información sesgada buscan no solo influir en la percepción pública, sino también desestabilizar a la población enemiga y minar su cohesión interna.

La desinformación también se ha infiltrado en el ámbito de la ciberseguridad, donde actores estatales y no estatales buscan sembrar el caos a través de la manipulación de información. Los ataques cibernéticos que buscan alterar la información en sistemas críticos, desde infraestructuras gubernamentales hasta redes de comunicación, se han convertido en una táctica común en la guerra digital.

Abordar la desinformación en procesos de guerra requiere un enfoque integral que involucre a la comunidad internacional, gobiernos y ciudadanos. La verificación de hechos, el fortalecimiento de la ciberseguridad y la educación pública son herramientas esenciales. Además, las plataformas en línea deben asumir la responsabilidad de monitorear y mitigar la difusión de desinformación en sus espacios. En ese sentido, algunas plataformas sociales han invertido muchos recursos para tratar de luchar contra ella, estableciendo algunos mecanismos, desde algoritmos de detección automática, etiquetas de contexto e incluso restricciones en la difusión. Lo cierto es que la celeridad y volumen de información, así como la sofisticación en la que ahora observamos la desinformación, ha permitido que dichas medidas sólo se conviertan en un mero paliativo con efectos menores.

La desinformación en los procesos de guerra ha emergido como una amenaza significativa en la era digital. La manipulación de la información socava la verdad, debilita la confianza en las instituciones y complica la resolución pacífica de conflictos. Con la rápida evolución de las tecnologías de la información, abordar este desafío se vuelve más urgente que nunca, ya que la desinformación se convierte en una de las armas más potentes en el arsenal de los actores en conflicto. La búsqueda de soluciones efectivas requerirá la colaboración global y un compromiso decidido con la verdad en medio de las sombras digitales de la desinformación. Mientras tanto, verifiquemos la información antes de compartirla y colaborar en los efectos de quienes producen la mentira y el engaño.

*El autor es Doctor en Derecho. Actualmente, es Decano de la Escuela de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana. Es integrante del Sistema Nacional de investigadores de México. Preside la Asociación Coorperación Iberoamericana de Transparencia y Acceso a la Información.

 

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