A pesar de que desde hace miles de años ya se había calculado la naturaleza esférica de nuestro planeta, particularmente por Aristóteles en el año 340 antes de nuestra era y con Ptolomeo en el siglo II, las ideas dominantes daban por cierto que la Tierra era plana, pues así parecía a los ojos de quien tuviese a bien fijarse. Al mismo tiempo, podía aceptarse sin miramientos que la Tierra era el centro del universo, es decir, de todo lo que existe.

Durante el siglo XV, sin embargo, se amontonaron más y más propuestas, teorías, cálculos y hasta evidencias y demostraciones físicas que iban a contracorriente de dichas ideas dominantes. La Tierra no era plana, sino redonda, era una esfera y no era, oh herejía, el centro del universo.

A finales del siglo XV, motivado por el arrojo de los navegantes, uno de tantos aventureros que se hacían a la mar en busca de tesoros y fama, Cristóbal Colón, a quien se describe como genovés a pesar de la falta de evidencia contundente sobre su origen, propuso una empresa comercial sin parangón en 1486: surcar hacia Occidente para arribar a los mercados de Oriente, a donde no se podía llegar por las vías tradicionales, en virtud de la inseguridad que representaban los ataques otomanos, tras la caída de Constantinopla.

Colón tuvo la suerte de contar con el patrocinio que sólo pudo concretarse al triunfo de la llamada reconquista de la península ibérica, con la unificación de dos reinos que unieron fuerzas para expulsar a los musulmanes que durante ocho siglos la dominaron casi por completo. Los reinos de Castilla y Aragón, encabezados por sus respectivas coronas, la de Isabel I de Castilla y la de Fernando II de Aragón, auspiciaron el viaje.

Para algunos, el éxito inesperado de esa empresa debería ser considerado como el nacimiento del mundo moderno, tras confirmarse la verdadera forma esférica y no plana de la tierra. En octubre de 1492, como podemos saborear en la película de Ridley Scott que protagoniza Gèrard Depardieu y realizada para la conmemoración de 500 años del encuentro de dos mundos (1492: Conquest of Paradise), sin tener conciencia del alcance de su mérito, Cristóbal Colón llegó a lo que hoy conocemos como las Antillas, a tierras desconocidas para los europeos y dar inicio así a una etapa nueva de la historia de la humanidad.

Caído en desgracia frente a sus antiguos protectores, Colón se vio despojado de la gloria que entrañaba su epopeya y la injusticia se cebó al conferir al nuevo continente un nombre en honor de Américo Vespucio, quien, siguiendo los pasos de Colón, realizó un par de viajes trasatlánticos y publicó una obra, Mundus Novus, en que así refirió a los territorios desconocidos.

En el siglo XVI Giordano Bruno y Nicolás Copérnico, entre muchos otros, sufrieron la añeja intolerancia del mundo sacralizado frente a la razón y el conocimiento. Vendrían después Kepler, Galileo, Newton, a sufrir los mismos embates de fanatismo, pero también a ser considerados gigantes de la ciencia que iluminaría el camino del renacimiento del hombre en la naturaleza, con una fuerza única que brindaría el progreso.

Los siglos XXVII, XVIII y XIX vieron el ascenso y la caída del imperio español, así como la transformación del propio mundo que cada vez parecía más pequeño con el avance de la ciencia, el desarrollo tecnológico, las comunicaciones, el intercambio de bienes y el surgimiento de nuevos imperios y nuevas rutas comerciales.

Finalmente, en el siglo XX, prodigioso en el acelerado desarrollo económico, el crecimiento imparable de la población mundial y la intensidad de las disputas por el control de territorios, materias primas y mercados se designó como Globalización algo que había empezado cinco siglos atrás, como un proceso económico.

Sabemos que el 20 de mayo de 1506 Cristóbal Colón murió en Sevilla. Un año después, Martin Waldseemüller, cartógrafo alemán, publicó un mapa en donde utilizó por primera vez el nombre de América para designar a nuestro continente. Han pasado 515 años de la muerte de Colón y no parece tener un buen cartel en el ambiente de la memoria histórica y la trascendencia de lo que hoy se asume como el mundo contemporáneo.

La globalización no es una política económica, sino un proceso económico. Entenderlo así, hará más fácil asumir un juicio crítico y un proyecto político para esa nueva realidad que, hoy por hoy, golpea al mundo con fuerza en forma de pandemia.

Iván H. Pliego Moreno

Vocal ejecutivo de la afore Pensionissste

Hagamos Memoria

Licenciado en Sociología Política, egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Doctor en Historia Internacional por la London School of Economics and Political Science (LSE).

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