Desde principios de los años 80, Norberto Bobbio aclaraba que el futuro de la democracia no puede adivinarse a partir de profecías, aunque a partir de su experiencia no le veía otro destino que el desarrollo ininterrumpido, el movimiento constante. No hay puerto definitivo en la construcción de normas y modelos de democracia porque cambian contextos, aunque permanece la esencia de eso que los estudiosos han destacado como elementos mínimos del concepto.

En la introducción de su ensayo “El futuro de la democracia”, Bobbio da cuenta de la tensión constante entre la democracia ideal y la democracia real que vivimos cuando la teoría se lleva a la práctica y acusa insuficiencias, matices diversos que obligan a permanentes ajustes en cuanto a las fronteras de competencia política. No hay recetas perfectas pero sí acuerdos mínimos que hacen diferencia, que reivindican la vía democrática como la única opción concreta, tangible, que puede generar entornos de convivencia pacífica y decantar el rumbo de quien o quienes ocupan cargos de representación popular a partir de una decisión colectiva.

Lo que separa a la democracia de un régimen autocrático no son únicamente las reglas que permiten definir quién está autorizado a tomar decisiones o a expresar la voluntad de las mayorías, también hay una condición central que es la existencia de alternativas, opciones a elegir que reflejen la pluralidad.

¿En dónde estamos parados a tres décadas de aquel ensayo? ¿Cuáles son las reglas de nuestro juego democrático y cómo se traducen en aplicación o práctica cotidiana? La evolución de reformas electorales sucesivas desde la creación del IFE (ahora INE) en 1990 siguen lejos de ser definitivas, pero hay cambios notables que nos alejan de un modelo sin opciones. Desde hace tiempo, el sistema político no tiene ganadores definidos o partidos invencibles.

Nos ha llevado a unificar caminos exitosos en la organización y arbitraje de comicios federales y estandarizar también esas rutinas y funciones para llevar sus efectos en el terreno de elecciones locales. Nuestra base constitucional y legal siempre ajusta sus fronteras para alejar la desconfianza o zonas de duda respecto de las elecciones. Lo sustantivo es que el reparto de poder responda a la voluntad general, que ésta se exprese de manera libre, que haya garantía de que los votos cuenten tal y como lo deciden las y los ciudadanos y al mismo tiempo, se propicie un terreno de competencia parejo, sin ventajas irremontables para unos, en detrimento de otros, un entorno con candados de equidad para competir, no sólo para participar sin ninguna posibilidad real de ganar, como ocurría décadas atrás.

Del texto constitucional a la práctica pueden existir muchas cosas que mejorar, pero es un hecho que los efectos positivos de las reformas que acumulamos desde 1977 han mostrado que la pluralidad se abre paso, la alternancia se normaliza si así lo deciden las urnas (y es frecuente), la competencia entre ofertas de gobierno y representación política no es testimonial ni asegurada para unos u otros, las candidaturas de partido y ahora también las independientes son competitivas. Lejos han quedado los carros completos.

La gobernanza tiene méritos, aunque eso no significa bajar la guardia, conformarnos o dejar de exigir eso que llamamos calidad de democracia.

Hoy ninguna fuerza política puede ignorar la necesidad de construir consensos con otras, por primera vez tenemos tres coaliciones presidenciales. En 1991 había 10 fuerzas políticas con registro, en 1994 tenía nueve, en 1997 ocho, en el 2000 y el 2003 11, en el 2006 y el 2009 ocho y en el 2012 siete, en el 2015 10 y hoy tenemos nueve partidos nacionales, aunque a diferencia de todas las elecciones previas, cada uno acreditó al menos 3% de respaldo en votos (en lugar de 2 por ciento).

En 18 días arrancan las campañas, los que más cargos electivos tendrán un mismo día en disputa desde que hay elecciones en México. Vuelvo al ensayo de Bobbio, quien sin ánimo de profeta reflexionó así sobre qué esperar para la democracia: “Solamente allí donde las reglas son respetadas, el adversario ya no es un enemigo (que debe ser destruido), sino un opositor que el día de mañana podrá tomar nuestro puesto”. (El futuro de la democracia, FCE, 1986).

*Consejero electoral del INE.

Twitter: @MarcoBanos

Marco Antonio Baños

Consejero del Instituto Nacional Electoral

Columna invitada