Vicente Fox Quesada compró su mediocre paso a la historia del país derrotando al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el 2000, tras una campaña en la que sostenía iracundo que no era posible que México pasara al siglo XXI todavía con el tricolor en el poder, y ofreciendo rematar a las víboras prietas, tepocatas y alimañas tricolores con sus botas blanquiazules.

Ahora el ex presidente Fox es uno de los más entusiastas promotores de la candidatura presidencial de Enrique Peña Nieto, el heredero de todo lo que el candidato presidencial panista despreciaba en el 2000.

Lo menos que puede decirse del esposo de Marta Sahagún es que es un ingrato, pues se sabe que no solo regateó el apoyo para la actual candidata presidencial de su partido, Josefina Vázquez Mota, sino que incluso pone tarifas a sus correligionarios para acompañarlos a conferencias.

Fox es un buen ejemplo del transformismo y mercantilismo que invade la política profesional. Al declarar nuevamente su respaldo a Peña Nieto el domingo pasado, el ex presidente no sólo dio la estocada casi final a las aspiraciones del Partido Acción Nacional (PAN) para ganar por tercera ocasión la elección presidencial, sino que se revela al Fox pragmático y acomodaticio que siempre fue. ¿Cómo engatusó a tantos en el 2000 con la ilusión del voto útil?

Pero si bien Fox es ingrato y traiciona al partido que lo sacó de las actividades gerenciales para darle juego en la política profesional como diputado federal, gobernador de Guanajuato y presidente de la república, se manifiesta coherente en contra del candidato de las izquierdas electorales, Andrés Manuel López Obrador. De las críticas foxistas a López Obrador no hay que abundar demasiado. Ya el mismo ex mandatario declaró que hizo todo lo que pudo desde la presidencia para evitar que el candidato perredista ganara la elección del 2006.

Más allá de sus diferencias con los panistas, en particular con el actual mandatario Felipe Calderón, y de su animadversión a López Obrador y a la izquierda, Fox es coherente con un proyecto político-empresarial que se tejió hace 25 años, al final del gobierno de José López Portillo, cuando varios organismos patronales promovieron el activismo empresarial en franca crítica al régimen priista, en particular a la economía mixta que imperaba y se pronunciaron abiertamente a favor de una política económica de libre mercado, de puertas abiertas a la inversión extranjera y a los tratados de libre comercio. El Fox que dejó la gerencia empresarial para incorporarse de lleno a la política, en 1988 invitado por Manuel Clouthier, es hijo de ese contexto.

A su llegada a la presidencia se dedicó a trabajar para esa política económica neoliberal, pero se olvidó de derrumbar al dinosaurio priista. Ahora que llega a su fin un ciclo de gobiernos panistas, Fox prefiere abrazar al hijo de los dinosaurios priistas, que poner en riesgo la política económica liberal que ha defendido desde hace 25 años.

Fox parece actuar ante una eventual derrota del PRI y del PAN, que podría amenazar los valores y los intereses que defiende, y se ha convertido en promotor del priismo que hace doce años prometió enterrar

Pero todo indica que Fox no solamente no lee libros, sino que no lee bien la prensa. Ya López Obrador se anticipó a declarar que si gana la elección, mantendría la misma política económica. Entones, ¿de qué se preocupa el ingrato de Fox?

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