Durante toda la Segunda Guerra Mundial se demostró que Hitler tenía una percepción errónea de lo que la Fuerza Aérea alemana podía lograr.

En la época actual, donde la desilusión por la falta de crecimiento económico y los reclamos de justicia social son crecientes, existe el riesgo de que aun cuando los diagnósticos sean correctos, las soluciones ofrecidas carezcan de realismo.

En este sentido, es interesante recordar los múltiples casos históricos en donde oportunidades valiosas fueron desaprovechadas por gobernantes con percepciones distorsionadas de la realidad, lo que los llevó a diseñar estrategias fallidas.

En 1517, cuando el papa León X se enfrentó a la denuncia de Martín Lutero contra la avaricia y la venta de indulgencias de la Iglesia católica, expresada en su escrito “Las noventa y cinco tesis”, nunca pensó que un invento creado casi un siglo antes le causaría tantos problemas.

La imprenta de tipos móviles creada por Johannes Gutenberg, entre 1446 y 1450, permitió que las ideas de Martín Lutero, expresadas por primera vez en alemán, fueran difundidas masivamente de manera impresa, teniendo amplia aceptación en la mayoría de los principados alemanes.

Este hecho coincidió con el nombramiento de Carlos V, quien además de gobernar España, obtuvo el título de emperador del Sacro Imperio Germánico, quien, como defensor de la Iglesia católica, mandó quemar los escritos de Lutero, pero éstos ya se habían difundido ampliamente.

El emperador se tuvo que enfrentar a una alianza de príncipes protestantes en su propio imperio, lo que le restó cuantiosos recursos para combatir al Imperio otomano. Ni el papa León X ni Carlos V pudieron darse cuenta de que la imprenta representaba un salto cuántico en la difusión de las ideas. Su percepción basada en el pasado les impidió entender la nueva realidad que enfrentaban.

A principios del siglo XX, Rusia entró a la Primera Guerra con una percepción equivocada de su poderío militar y de su estabilidad política. Contar con el ejército más grande del mundo (5 millones de soldados) no garantizaba la victoria frente a Alemania, que tenía mejor armamento y una red de logística eficiente.

Después de algunas victorias iniciales sobre los austro-húngaros, el Imperio ruso tuvo su primera derrota frente a los alemanes en la Batalla de Tannenberg, a sólo un mes de haber iniciado la guerra. Los problemas de logística del ejército ruso eran muy agudos, la falta de redes de ferrocarril y la corrupción impidieron que gran parte del equipo de abastecimiento llegara al frente, ya sea por imposibilidad de transportarlo o por haber sido vendido en el mercado negro. En 1915 los soldados rusos no podían disparar más de 10 balas al día, por lo que no es sorprendente que en ese año hayan perdido la vida 2 millones de soldados. El zar fue obligado a abdicar en marzo de 1917. Un año después, el gobierno bolchevique tuvo que firmar el Tratado de Brest-Litovsk, donde cedió una parte enorme de su territorio, incluyendo los Estados Bálticos, Ucrania, Crimea, Finlandia, una parte de Polonia y casi todo el Cáucaso, región de donde Rusia extraía casi todo su carbón y petróleo.

El zar Nicolás II siempre tuvo una percepción distorsionada de la realidad. Había creído ingenuamente que su pueblo lo veneraba y que su nombramiento había sido por designio divino. Nunca entendió que la población rusa estaba harta de un gobierno autoritario, injusto, corrupto e ineficiente. Durante su reinado, ignoró señales importantes que le hubieran dado una percepción más cercana a la realidad. En la derrota de Rusia frente a Japón, en 1905, cuando la flota rusa del Báltico fue prácticamente destruida, mostró una fallida estrategia militar.

Por otra parte, el creciente descontento social y su ineficiente manejo se hizo evidente durante el Domingo Sangriento (enero de 1905), cuando miles de trabajadores que se manifestaban pacíficamente y que sólo pretendían que el zar los escuchara, fueron atacados por la Guardia Imperial, muriendo cientos de personas.

La noticia de la matanza no tardó en conocerse en todo el país y desencadenó sublevaciones de campesinos en muchas zonas rurales, detonó numerosas huelgas de los trabajadores en diferentes ciudades y motines en las fuerzas armadas, que se extendieron por varias regiones del país durante meses. Apenas 12 años después, el Imperio ruso se esfumó, terminando así 300 años de la dinastía Romanoff.

Después de la Gran Depresión, Francia enfrentaba una situación difícil. La producción industrial decayó, el desempleo aumentó y muchos bancos tuvieron que cerrar sus puertas. El país enfrentaba una crisis política, donde los diferentes partidos fueron alternando (la izquierda gobernó de 1936 a 1937 y por un breve periodo en 1938, enfrentando severas críticas de la derecha). Francia seguía temiendo una revancha de Alemania, que estaba profundamente resentida por los acuerdos de Versalles y la Conferencia de París de 1919.

De 1930 a 1936, el gobierno francés tomó como estrategia militar la construcción de una línea de fortificaciones, invirtiendo su presupuesto en la construcción de la línea Maginot, cuyo costo fue el equivalente a 6,000 millones de dólares de hoy. Esta barrera de casi 250 kilómetros de longitud era considerada “suficiente para defender a Francia de cualquier enemigo”, lo que le dio al país una sensación falsa de seguridad, al pensar que resistiría una invasión sin tener que pelear. Esta visión distorsionada de la realidad impidió que Francia modernizara su artillería y su fuerza de aviación, al apostar por una estrategia estática.

Por esta razón, Francia no pudo aprovechar una gran oportunidad en los primeros días de la Segunda Guerra Mundial. Dos días después de que Alemania invadiera Polonia en septiembre de 1939 y respondiendo al tratado de apoyo firmado con Polonia en 1921, los soldados franceses invadieron el territorio alemán del Sarre.

Para sorpresa de los franceses, lograron avanzar fácilmente 8 kilómetros en territorio alemán, ya que el alto mando alemán había dado orden de evacuar la zona, replegándose a su línea de defensa (la línea Sigfrido) para concentrarse en la invasión a Polonia. Al llegar a la línea Sigfrido, los franceses descubrieron la eficacia de la artillería alemana y la ineficacia de sus desfasadas armas. Los proyectiles franceses no podían hacer daño a los búnkeres alemanes, por lo que las tropas francesas, al no poder resistir el bombardeo alemán, se tuvieron que replegar de nuevo hasta la línea Maginot. Este hecho, poco conocido, fue una oportunidad desaprovechada para abrirle un segundo frente a Alemania, cuando ésta tenía a casi todo su ejército ocupado en la invasión de Polonia.

La estrategia defensiva francesa tuvo otro grave error de percepción; al construir la línea Maginot, que únicamente cubría la frontera de Francia con Alemania, se asumió erróneamente que los alemanes no atacarían por Bélgica, debido a la “impenetrabilidad” del Bosque de los Ardennes. Fue precisamente por esa ruta por donde, en mayo de 1940, los alemanes invadieron Francia, rodeando la línea Maginot que no sirvió de nada. Francia fue derrotada por Alemania en sólo cuatro semanas.

Justamente en ese breve periodo, el ejército alemán perdió una gran oportunidad. Después de haber efectuado una maniobra de “pinza” acorraló a 338,000 soldados franceses, belgas y británicos que se dirigieron a las playas de Dunkerque (en el norte de Francia a 10 km de Bélgica) buscando ser evacuados a Inglaterra por el canal de la Mancha. Lo que salvó a un buen número de tropas aliadas fue la movilización por parte de la Marina británica de miles de embarcaciones civiles (barcos de pesca, remolcadores y ferris) que permitió la transportación de soldados a las costas inglesas. Este desalojo, llamado “el milagro de Dunquerque”, no hubiera ocurrido sin la inexplicable decisión del alto mando alemán de ordenar a su artillería (los panzers) detenerse, aparentemente por un conflicto entre el ejército terrestre (Wehrmacht) y la fuerza de aviación (Luftwaffe). Este error, que pudo haber sido resultado de una percepción poco realista de la efectividad de la Fuerza Aérea alemana, le dio unos cuantos días de oportunidad a la Marina británica para evacuar a la mayoría de los soldados.

Durante toda la Segunda Guerra Mundial se demostró que Hitler tenía una percepción errónea de lo que la Fuerza Aérea alemana podía lograr. Hermann Goering, quien había sido miembro del grupo de aviadores comandados por Manfred von Richthofen, más conocido durante la Primera Guerra como el Barón rojo, ya había inflado las expectativas de crecimiento económico cuando fue nombrado ministro de Economía, en 1937, pero nunca alcanzó los objetivos de crecimiento planteados.

Lo mismo hizo como comandante de la Luftwaffe, lo cual quedo de manifiesto en la Batalla de Inglaterra (julio-diciembre de 1940), donde Alemania no pudo derrotar a la Fuerza Aérea Real inglesa (RAF). De hecho, Hitler tenía la percepción de que los bombardeos sobre Londres desmoralizarían a la población y los británicos se retirarían de la guerra, pero el ataque tuvo el efecto contrario. La Luftwaffe siguió decepcionando. En 1943 no pudo frenar el bombardeo de la RAF a las principales ciudades alemanas ni pudo abastecer a las tropas alemanas en la batalla de Stalingrado.

En la segunda y tercera partes de esta serie comentaré sobre la oportunidad desaprovechada por los japoneses en su ataque a Pearl Harbor en 1941, describiré algunos episodios de la Guerra Fría, donde las percepciones erróneas y la desconfianza impidieron que se aprovecharan varias oportunidades para frenar la carrera armamentista entre Estados Unidos y la Unión Soviética y analizaré la caída del bloque comunista y la sorpresa que este hecho provocó en la mayoría de sus líderes, cuya percepción de la realidad estaba distorsionada.