El petróleo es obsesión para el nuevo gobierno. Es un referente histórico e ideológico, y también la llave del futuro. Es talismán y esencia de la Nación, y derecho para todos. Es una arcaica doctrina que va resucitando en discursos y proyectos, en rituales y presupuestos. No importa que el petróleo no tenga porvenir como energético en el siglo XXI, más allá de la próxima generación. (No será la escasez lo que finiquite la era del petróleo; la Edad de Piedra no terminó por escasez de piedras). Tampoco importa que cada día sea menos relevante en la balanza de pagos de nuestro país, y un cada vez menor bastón de apoyo para las finanzas públicas.

Obviamente hay un margen considerable de tiempo para aprovechar cierta renta petrolera, que se asocia a la explotación y exportación de hidrocarburos, no a la refinación. Esta renta debería ir en su totalidad a un fondo soberano de inversión a largo plazo, y/o a financiar la urgente e indispensable transición a energías limpias o renovables, no a gasto corriente o a infraestructura quimérica. El siglo XXI será —ya es— de las energías limpias y renovables. La lucha contra el calentamiento global y el avance tecnológico harán que la mayor parte del petróleo existente permanezca para siempre en las entrañas de la tierra. Los países que lo entiendan y lo asuman triunfarán, los que no, serán vasallos económicos y tecnológicos de los nuevos líderes energéticos, o parias políticos en el concierto internacional.

Los recursos públicos deben catalizar la inversión privada y acelerar el desarrollo tecnológico para la transición energética, donde no sólo una alta rentabilidad económica, social, política y ambiental está asegurada, sino una victoria ética global. Que los privados, si quieren, asuman los riesgos y costos de apostar a la refinación de petróleo en su ocaso.

No es racional ni responsable comprometer en ello presupuestos públicos. Menos aún, cuando recorre el mundo el clamor de mitigar el cambio climático. Cuando científicos y la propia ONU exhortan desesperadamente a los gobiernos para asumir y cumplir compromisos creíbles y suficientes de reducción de e emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI). Cuando el IPCC (Pánel Científico Intergubernamental de Cambio Climático) ha alertado con desesperación de las consecuencias catastróficas del calentamiento global, y del imperativo existencial de evitar que la temperatura del planeta se eleve más de 1.5–2.0 grados centígrados, habiéndose ya incrementado en más de 1 grado. Cuando el escenario tendencial hacia finales del siglo es un incremento de 5–6 grados centígrados. Cuando México tiene compromisos ante el Acuerdo de París por reducir significativamente sus emisiones hasta en 40% por debajo de la línea base hacia el 2030. Cuando esto implica alcanzar un máximo y un punto de inflexión en las emisiones de México en el año del 2026, lo que conlleva a partir de ahí un abatimiento absoluto en el consumo de combustibles fósiles. Cuando los vehículos automotores son la principal fuente de GEI en México. Cuando el interés nacional y la razón colectiva global señalan la necesidad de inversiones masivas y desarrollo tecnológico en energías limpias y renovables (solar, eólica, geotérmica, hidroeléctrica, nuclear), y en la electrificación del parque vehicular. Cuando las energías renovables ya son más baratas que las fósiles en la generación de electricidad. Cuando la industria automotriz se desenvuelve ya en un proceso de franca electrificación de la mano de baterías de litio cada vez más eficientes y de menor costo. Cuando la prioridad debe ser promover el transporte urbano colectivo y no motorizado por razones ambientales, climáticas y urbanas, y no el consumo de gasolina en vehículos privados mediante subsidios onerosísimos, perversos e inequitativos.

Es preciso que el gobierno de AMLO rectifique. El futuro de México está en la electricidad y en las energías limpias y renovables, no en nuevas refinerías. Menos aún, cuando para construir una en Dos Bocas, Tabasco se ha violado flagrantemente la ley desmontando más de 300 hectáreas de selva y manglar. Así no. Trump abraza el pasado con su obsesión por el carbón. No lo emulemos con una obsesión por la refinación de petróleo. No converjamos con él en la misma absurda y ahistórica trinchera.

GabrielQuadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.