Solo Alejandra Barrales sabe de sus intereses en el sector cultural capitalino. Me temo que son tan inexistentes como en Mikel Arriola. Sabrá Miguel Ángel Mancera si desde la Secretaría de Cultura le arma la agenda a su candidata.

Como en el PRI verán si les echa una mano la titular del Ramo. Cosa distinta pasa con Claudia Sheinbaum. Su perfil se acomoda a lo cultural y como delegada en Tlalpan, le fue determinante restituir la funcionalidad del área, tanto como seguir una acción comunitaria.

Dicho empeño se prolonga de alguna forma en el documento “Innovación y esperanza para la CDMX”, lo único hasta ahora para valorar lo que puede ser su proceder en el ámbito cultural como Jefe de Gobierno. Señala la importancia de la educación artística comunitaria, la consolidación de las fábricas de artes y oficios, el eterno pendiente con las casas de cultura, la urgencia de ampliar las plazas públicas y los festivales, crear fondos para los creadores, promover el cine mexicano y reimpulsar el libro club. Es decir, por hoy una mirada cortísima, ajena a los grandes desafíos, como lo es la propia reforma cultural que debe abordar una ciudad como la nuestra.

El reto central de Sheinbaum será generar un feroz contraste con lo realizado por sus contrincantes perredistas desde 1997. Una historia que supo romper con la herencia de la política sociocultural priista, pero que se encuentra lejos de consolidarse.

Basta advertir la estructura inacabada del despacho que lleva Eduardo Vázquez, quien tomó las riendas tras la defenestración de Lucía García Noriega. El costo que pagó Mancera por intentar sacudirse el periplo incubado con Cuauhtémoc Cárdenas fue un escándalo inolvidable.

No menos dramático es el territorio minado que conduce legal y presupuestalmente a las delegaciones. Hay además un rosario de agravios del Jefe de Gobierno a la vida cultural de la capital, como el urbanicidio, y que el poeta tiene que cargar con sus consecuencias.

Si al próximo Presidente de México le toca enfrentar la transición inacabada del Conaculta a la Secretaría de Cultura, a Sheinbaum le corresponde culminar el paso de Instituto a Secretaría.

Además, aplicar una Constitución local, una ley propia y otra federal de cultura, inaugurar la vida municipal, aterrizar al fin los equilibrios que demanda la ciudad y la zona metropolitana, así como frenar el libertinaje que Mancera procreó en los barones inmobiliarios. Se trata de una profunda reforma cultural.

Para hacerla posible, la morenista tiene un grupo de colaboradores, varios de los cuales vienen desde sus tiempos de líder del Consejo Estudiantil Universitario. De igual forma hay artistas y gestores culturales que han trabajado con ella o bien se sumaron en estos años a su proyecto.

Como en el caso de los aspirantes a la presidencia, estamos a la espera de los coordinadores de la agenda cultural de Barrales, Arriola y Sheinbaum. Próximos a la exdelegada vemos a Paco Ignacio Taibo II, su esposa Paloma Saiz, Teresa Zacarías, Benjamín González y Adolfo Lluvere.

También a Héctor Díaz Polanco y a su esposa Consuelo Sánchez, como a José Luis Cruz. En la órbita de MORENA capitalina hay activos como Alfonso Suárez del Real, Laura Esquivel, Héctor Bonilla, Héctor Ortega, Jorge Pantoja y Ricardo Fuentes. Desde la sociedad civil, promotoras como Hilda Trujillo y Lucina Jiménez.

A este capital humano le falta el que provenga del duelo de lealtades, chaquetazos y de la desbandada artística e intelectual del frente opositor hacia MORENA y viceversa. Pero la jugada es enteramente de ellos. Del PRIAN, ni quien los vea.

 

Eduardo Cruz Vázquez

Periodista

En el paredón

Periodista, gestor cultural y exdiplomático, experto en economía cultural, formación de emprendedores culturales y gestores de diplomacia cultural