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El riesgo de creer en mitos, mentiras y medias verdades
“La globalización acentúa las divisiones de clase, ya que no toda la población cuenta con habilidades y recursos para aprovechar la existencia de mercados globales”: Dany Rodrik.
En la primera parte de este artículo comenté sobre algunos mitos, mentiras y medias verdades utilizados ampliamente en el siglo XX por los movimientos nacionalistas, por el fascismo, el comunismo y el McCartismo. En esta entrega comentaré sobre las medias verdades del liberalismo económico y la irritación y descontento que han generado. Este descontento ha sido explotado hábilmente por parte de gobiernos nacionalistas, en su mayoría de derecha, que se han afianzado en el poder, tema que parecía haber sido superado hace muchas décadas.
Después de la caída del Muro de Berlín empezó a predominar el liberalismo económico encabezado por Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos. El llamado “consenso de Washington” impulsó el libre comercio y la privatización de empresas estatales, política que ha predominado hasta ahora en la mayoría de los países occidentales.
Así como el comunismo buscaba en teoría la igualdad, pero en su búsqueda limitó la libertad, parece ser que la media verdad del liberalismo económico ha sido suponer que la libertad económica y el crecimiento se reflejarían en una mejor distribución del ingreso, lo que no ha ocurrido. La percepción de una buena parte de la población es que la desigualdad ha sido el precio a pagar por la libertad y el crecimiento económico.
El libre comercio beneficia a los países al especializarse en los productos y servicios donde se tiene una ventaja comparativa. De 1993 a 2015, el periodo de auge de la globalización, un buen número de países incrementaron su ingreso per cápita, redujeron la proporción de la población en extrema pobreza y lograron que millones de personas se integraran a la clase media, especialmente en países emergentes y particularmente en Asia. Sin embargo, la percepción de una gran parte de la población es que el libre comercio provoca mayores riesgos de perder el empleo y que tiene un impacto negativo en la distribución del ingreso.
El artículo de John Auters “Why Nafta Losers Will Always Drown the Winners” deja claro que el libre comercio a pesar de sus grandes beneficios también genera perdedores; las poblaciones de sectores donde se dejan de producir ciertos bienes para importarlos del exterior sufren pérdidas que son palpables, como el desempleo, las reducciones salariales y el cierre de fábricas. Las ganancias atribuibles al comercio internacional, aunque reales, son menos tangibles para una gran parte de la población que tiene incertidumbre sobre su empleo y su seguridad económica, por lo que la percepción de ganancias del libre comercio no contrarresta la percepción de pérdidas.
Un personaje que ha sabido explotar el rechazo a la globalización es Donald Trump, quien tomó fuerza en su campaña presidencial atrayendo a la población afectada por el cierre de fábricas en la zona industrial conocida como el Rust Belt con argumentos antiinmigrantes y su lema nacionalista “Make America Great Again”. Su maquiavélico ex estratega en jefe, Steve Bannon, se opone al libre comercio con un argumento totalmente subjetivo, afirmando en la entrevista “How 2008 Planted the Seed for the Trump Presidency”, que la imposición de tarifas a la importación va más allá de la economía, ya que es un tema de “orgullo y autoestima”. Su afirmación: “Tenemos que traer los trabajos de regreso” es una media verdad; la imposición de tarifas podrá provocar que las grandes empresas de EU tengan que invertir en nuevas plantas, pero éstas tendrán una mejor tecnología con mecanismos robotizados que requerirán menos personal. Es la única forma de que esa inversión sea rentable a mediano plazo. Bannon sabe utilizar las medias verdades para manipular a una población descontenta y no es el único. En palabras de Yuval Harari: “Durante la campaña presidencial, todos los candidatos hablaron sobre la pérdida de empleos, pero ninguno abordó el impacto potencial de la automatización. Nunca se advirtió a los votantes que los algoritmos son los que les quitarán el trabajo”.
Tanto en Estados Unidos como en algunos países de Europa, el apoyo a los valores multiculturales ha ido cediendo su lugar a lo que Salomon Ben Ami, en su artículo “The Disruptive Power of Ethnic Nationalism”, llama la “política de identidad”, donde los políticos convencen a sus electores de que son los representantes únicos de la nación, lo que les da un derecho moral de gobernar. Ante este tipo de mitos, parece ser que el sueño de la posguerra donde se buscaba una cultura multiétnica ha fallado, reviviendo el ultranacionalismo.
Varios partidos populistas europeos apoyados por el propio Bannon han sabido capturar el descontento de sus ciudadanos a través de medias verdades y mitos. Como comentan Torrey Tausig y Bruce Jones en su artículo Democracy in the New Geopolitics”, los partidos populistas de derecha como Alternativa para Alemania (AfD), el Partido Fidesz en Hungría y el Partido Ley y Justicia en Polonia han utilizado el proteccionismo y el freno a la migración en sus campañas políticas, pero van más allá al tener plataformas políticas basadas en grupos étnicos y religiones mayoritarias, intolerancia por los derechos de las minorías, desprecio por el sistema judicial y repudio por la libertad de prensa. Sobra decir que estas posiciones son una amenaza directa en contra de los valores de las instituciones democráticas.
Como comenta Anne Applebaum en su artículo “Una advertencia de Europa”, en Polonia, el Partido Ley y Justicia se ha ido convirtiendo en un partido xenófobo y autoritario. Sus líderes aprovechan el enojo de la población ante las reformas de 1990 (a raíz de la caída del bloque comunista), que permitieron que los antiguos comunistas reciclaran su poder de la política a la economía.
En Hungría pasó algo similar, el Partido Fidesz logró en 2013 la aprobación en el Congreso de una serie de modificaciones a la Constitución que limitan el poder de la Corte constitucional y debilitan la independencia judicial. Como lo comenta Isabel Turrent en su artículo “Hungría: el temible Orban”, en 1990 el Partido Fidesz ganó la elección parlamentaria siendo un partido de jóvenes liberales que buscaban aprovechar la caída del muro de Berlín para convertir a su país en una democracia. Sin embargo, su líder Viktor Orban encabeza hoy una guerra contra los “enemigos de Europa”, de tal manera que cualquier victoria de la oposición se convierte en una “amenaza existencial de la nación”. Su objetivo, al igual que el de muchos líderes populistas, es “llegar al poder y conservarlo a cualquier costo”, y para esto ha sabido manipular a los electores a través de mitos y medias verdades.
En el caso de Italia, el fortalecimiento del partido de derecha La Liga, le permitió a su líder Matteo Salvini ocupar el puesto de ministro de Interior en el gobierno de coalición encabezado por el movimiento antiestablishment del partido Cinco Estrellas. Su gran detonador es la migración, tema que ha sabido explotar con mentiras y medias verdades, ya que el número de migrantes a Italia se ha reducido de 1 millón en 2015 a 89,000 en 2018.
El tema migratorio también fue utilizado por los simpatizantes del Brexit en 2016. Los encabezados de la prensa amarillista británica tenían titulares como: “Los migrantes nos roban todos nuestros trabajos”. Sin embargo, no hay evidencia concluyente de que los flujos migratorios hacia el Reino Unido hayan causado un mayor desempleo.
De la misma manera, Donald Trump, en la campaña por la Presidencia y en las recientes elecciones de diputados y senadores, ha explotado el miedo de la población blanca de convertirse en minoría al hablar de 25 millones de inmigrantes ilegales en Estados Unidos, cuando el número real es de 11.3 millones y ha venido cayendo desde 2009. Como comenta Dany Rodrik en su artículo “La abdicación de la izquierda”: “La percepción de amenaza de un ingreso masivo de inmigrantes y refugiados de países pobres con tradiciones culturales muy diferentes agrava las divisiones de identidad que los políticos de extrema derecha saben explotar tan bien”.
A diferencia del fascismo y el comunismo que requirieron de la violencia para imponerse y mantenerse, los movimientos nacionalistas del siglo XXI no requieren de tanta ideología, ni violencia y terror. Dependen de medias verdades que llevan a sus seguidores a creer en una “realidad alternativa”, creada frecuentemente con la ayuda de herramientas de marketing modernas, como la segmentación de audiencias y las campañas de redes sociales.
En la tercera y última parte de esta serie de artículos, analizaré las causas por las que diversos segmentos de la sociedad se dejan llevar por líderes populistas y por medias verdades implícitas en soluciones poco realistas, que además polarizan a la sociedad. Comentaré sobre algunas medidas que cualquier gobierno debe implementar si realmente busca soluciones duraderas y no medias verdades. Termino con una frase del poeta alemán Johan Wolfgang Goethe que podría ser muy irritante para varios gobernantes nacionalistas: “El orgullo más barato es el orgullo nacional, que delata la falta de cualidades individuales”.