La mitad de los casos que investigábamos son puras patrañas dice Mulder al principio de Mulder y Scully conocen al era-monstruo, tercer episodio de los seis de la nueva temporada de The X-Files. Te hace mucho daño el internet responde ella. Mulder y Scully son la dualidad perfecta. El masculino y el femenino. El creyente y el escéptico. La voluntad de creer y el compromiso con lo racional.

Los Expedientes Secretos X (The X-Files) se transmitió de 1993 al 2002. Creada por Chris Carter, sumó 202 episodios en 9 temporadas (aunque los puristas dirán siempre 7: la salida Duchovny), dos películas, y un número nada despreciable de cómics y videojuegos. 16 Grammys y 8 Golden Globes y la inspiración que marcó series de culto como Buffy y Lost.

El secreto de Carter fue capturar la esencia de su tiempo: El miedo y la frustración ante lo desconocido, el regusto por las conspiraciones, incluida la sospecha frente a todo lo corporativo y gubernamental. La sed por lo extraordinario, aparejada con la ansiedad milenarista.

Mulder (Duchovny), un agente obsesionado con el (supuesto) secuestro de su hermana por extraterrestres recibía la asignatura de investigar y resolver todos los casos raros. Los expedientes que el FBI echaba en la caja de los chalados. Su pareja asignada era Dana Scully (Gillian Anderson), una bisoña agente con antecedentes médicos y científicos, como balance dialéctico.

La serie se construía en tres tipos de episodios: el monstruo de la semana, donde enfrentaban a algún horror sobrenatural. En segundo lugar la mythology donde se las veían con la conspiración para ocultar la presencia extraterrestre: encarnada por cancer-man, el omnipresente fumador y sus hombres de negro. Y los episodios de comedia: horror transformado en humor camp y paródico.

Los episodios de la mitología fueron tan populares que se comercializaron en ediciones condensadas que prometían respuestas y eran deliberadamente vagos hasta con las preguntas. La conjunción del quiero creer de Mulder, con la verdad está allá afuera, con que cerraba la secuencia de créditos.

Los mejores episodios, sin embargo, eran los monstruos de la semana. El homenaje atmosférico y oscuro a la irracionalidad y el inconsciente de su público. Conectado con la lógica de la dimensión desconocida, los semanarios sensacionalistas y la tradición literaria de género. Mulder y Scully enfrentaban cada semana situaciones que dejarían a cualquiera llenando formularios de ingreso en un psiquiátrico.

En 2002, poco después del 9/11, sus creadores decidieron prudentemente que los tiempos no estaban para siniestras conspiraciones gubernamentales. El ánimo nacional abrazaba el patriotismo como no se había dado desde la posguerra. Empezaba la era de las simplificaciones y los enemigos terrenales. La paranoia real superaba a la sobrenatural.

Los archivos secretos se guardaron en el sótano del FBI, y nuestros héroes se despidieron con una película tibia (Quiero creer). La poderosa química que mantuvo la tensión sexual durante siete años, sosteniendo en vilo platónico a los espectadores, llegó a su fin. Scully ya no podía ser escéptica, Mulder abrazaba su lado racional, la realidad paralela de un carguero nazi en el triángulo de las bermudas se transformaba en un beso inolvidable. No terminó en boda, como telenovela, pero casi podía leerse el serán felices para siempre o hasta que los devore el chupacabras: lo que llegue primero.

Han pasado quince años: Snowden, Wikileaks, drones flotantes cazando enemigos de la patria, escándalos ambientales, el creacionismo y el ánimo ambivalente entre la seguridad y la libertad. Chris Carter decide que es tiempo propicio para el regreso de Mulder y Scully. El soporte existencial de la serie: lo sobrenatural vuelto real, se ha convertido en una realidad cada vez más sobrenatural.

La temporada diez empezó la semana pasada (los lunes en FOX). Serán seis episodios esperanzados en que las cajas marcadas y custodiadas por el director Skinner, siguen teniendo qué decir al público de YouTube y redes sociales, para los que Roswell no significa nada.

Quizá por ello el primer episodio parte ahí, ligando Roswell con un improbable noticiero online y un Mulder agobiado, en crisis de la mediana edad. Su relación romántica quedó atrás. ¿Como abordar las premisas del dueto cuando ella ya no puede ser escéptica y él está mentalmente fatigado? Tal pareciera invirtiendo los roles. No porque Mulder pueda personificar el pensamiento científico, sino porque puede encarnar el pensamiento desencantado.

Los actores son tan buenos como siempre, si algo se percibe oxidado en el arranque es el aterrizaje de Carter en el Washington de Homeland en lugar de una realidad paralela tipo Marvel. El segundo y tercer episodios son una vuelta a la forma. Una historia de horror con niños y experimentos científicos y un monstruo de la semana en falso, escrito por Darin Morgan. Una deliciosa historia de monstruos filmada, como las primeras temporadas de la serie, en los oscuros bosques de Vancouver. Un episodio lleno de guiños para los fans y puntadas geniales: desde una lápida de homenaje para Kim Manners hasta el timbre de celular de Mulder.

En un panorama televisivo lleno de superhéroes, terroristas islámicos, narcotraficantes, zombis y cantantes express, reconforta un monstruo verde y lleno de escamas que cita a Shakespeare y grita J’accuse monsieur Mulder . The X-Files está de vuelta. Se vale aplaudir.

Twitter @rgarciamainou