Estamos en una coyuntura mundial preocupante. Están presentes diversos elementos que sugieren que la economía, a nivel global, pudiese caer en una significativa desaceleración, sino es que nuevamente en recesión.

Por una parte tenemos el problema fiscal al que se enfrentan las diferentes economías europeas, particularmente los PIGS más Italia (el ajuste realizado por Grecia y el apoyo que se le ha dado por 110,000 millones de euros sólo le permite comprar algo de tiempo, pero no resuelve su problema estructural), aunado a que en estos países existe una notoria rigidez de sus mercados laborales, por lo que crecen a tasas muy bajas.

Por otra parte, el gobierno de EU también enfrenta un problema fiscal significativo, a lo cual hay que agregarle la incertidumbre sobre si el Congreso de ese país autorizará un aumento en el techo de la deuda antes del 4 de agosto próximo; en caso de no autorizarlo, el gobierno estadounidense se vería obligado a hacer un drástico recorte del gasto con significativas consecuencias negativas en presencia de una desaceleración del crecimiento, lo que mandaría a esta economía directamente a una recesión. Además, no autorizar el aumento en el techo de endeudamiento podría obligar al gobierno a declarar una suspensión de pagos, con consecuencias inimaginables sobre el sistema financiero internacional.

En el continente asiático también hay signos preocupantes. Por una parte, Japón sigue sumido en un notorio estancamiento, como lo ha estado prácticamente durante las últimas dos décadas, aunado a que también enfrentan un significativo problema de deuda pública.

Por otra parte China, que ha sido un motor de crecimiento mundial durante los últimos años, enfrenta un problema de inflación creciente, por lo que el banco central ha incrementado las tasas de interés buscando lograr una desaceleración de su crecimiento y atenuar de esta manera las presiones inflacionarias.

En esta coyuntura, es muy probable una desaceleración del crecimiento económico mundial, con consecuencias negativas para la economía mexicana, la cual por obvias razones también experimentaría un menor crecimiento.

Vivimos en el país del nunca jamás.

La última gran reforma estructural en la economía mexicana data de 1997 con la reforma al sistema de pensiones.

Desde entonces prácticamente nada se ha hecho, lo que explica en gran medida la debilidad estructural de la economía y su muy mediocre desempeño. No tenemos, como otros países, un problema de déficit fiscal (aunque sí un problema fiscal estructural derivado de la muy baja tasa de recaudación tributaria y una enorme dependencia de los ingresos petroleros) pero sí tenemos un problema institucional derivado de que contamos con un marco legal notoriamente deficiente e ineficiente, lo que deriva en que los diferentes mercados de la economía, sean estos de bienes, servicios o factores de la producción, operen con altos costos de transacción.

Como he mencionado en los últimos artículos: o se hacen rápidamente los cambios estructurales que se requieren para fortalecer a la economía o seguiremos siendo muy vulnerables a cualquier choque externo negativo.

Pero he aquí el problema: vivimos en el país del nunca jamás y con esto me refiero a que, al parecer, por la forma en que han actuado durante los últimos tres lustros nuestros políticos y los partidos que los amparan han decidido jamás volver a ponerse de acuerdo para pasar por el Congreso estas reformas. Jamás pactarán y sólo se dedicarán a oponerse a cualquier propuesta. Pobre México.

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