El origen del federalismo mexicano tiene varios motivos, no sólo el intento de replicar la vecina unión de estados norteamericanos, sino, también, representa una alternativa de mantener el país unido, frente a ejemplos como la Gran Colombia o la República Federal de Centroamérica. En realidad, no es que existieran marcadas identidades regionales, sino más bien disputas de élites que gobernaban territorios.

Autores como Alonso Lujambio y Mauricio Merino señalan cómo la tensión entre el poder nacional y los subnacionales en México son un vaivén que favorece a los locales, cuando el poder presidencial es débil, el congreso es dividido y los partidos no son nacionales, pero que en general el poder central ha prevalecido con el triunfo de proyectos nacionales como el juarista, el porfirista y el posterior a la revolución.

El carácter disfuncional del federalismo mexicano fue detectado de manera temprana por el propio Alexis de Tocqueville en 1831, en Democracia en América, en donde observaba mecanismos de gobierno doble, porque las facultades de cada nivel de gobierno sobrepasaban a las asignadas por la constitución. Ese traslape de poderes fue solucionado, en buena parte de la vida política del país, por la prevalencia del poder nacional sobre el local. No fue el caso del periodo de la transición democrática. La mezcla de políticas de descentralización, impulsadas por visiones liberales, y el poder que ganaron los actores locales en el Congreso, llevaron a mayores (no muchas) facultades tributarias de los estados, muchas más responsabilidades de gasto con fondos transferidos, como aportaciones (para pagar servicios descentralizados, no de libre disposición) y a ganar recursos por medio de negociaciones en el marco de la aprobación del presupuesto de egresos federal. Fue un esquema de descentralización no diseñado, sino marcado por circunstancias políticas e intereses de ambas partes, desordenado y poco funcional, en efecto.

Ese es hoy el punto. El Congreso es un espacio cerrado para obtener recursos adicionales a los que se transfiere por medio de fórmulas y convenios definidos por los programas federales. Los supuestos federalistas no quieren un mejor sistema de relaciones intergubernamentales, que distribuya mejor las facultades y responsabilidades, no proponen nada al respecto, lo que quieren es más dinero. Lo que pasó en las primeras dos décadas de este siglo es que los estados se volvieron adictos a más trasferencias federales, para pagar por los servicios descentralizados que ahora administran, pero también para financiar sus proyectos adicionales de gobierno. Poco, muy poco, hicieron para aprovechar mejor sus mayores, aunque limitadas, facultades tributarias. El sobreendeudamiento fue para muchos la forma de financiar proyectos faraónicos, como los de Moreira en Coahuila o Duarte en Veracruz. La única reforma significativa al sistema de coordinación fiscal ocurrió en el 2007, a costa de la Ciudad de México, el gran bastión de la izquierda, al que le cobraron las cuentas el PRI y el PAN. Cuando la ciudad, lejos de ser la garrapata que le chupa la riqueza al país, es un gran motor de crecimiento en las áreas de mayor valor y dinamismo económico. La amenaza de los envalentonados gobernadores de dejar el sistema de coordinación fiscal no es creíble ni viable técnicamente.

Apuestan al regionalismo tapatío, regio y del bajío, que parte de la idea absurda de que ahí se genera la riqueza del país. Tiene una lógica electoral, de ganar el discurso local, porque han perdido el nacional. Eso es válido políticamente en democracia, pero no contribuye a construir un mejor sistema federal que fortaleza las capacidades de cada ámbito de gobierno para desarrollar mejores políticas públicas. Lo que se debería hacer, por un lado, es que la federación incentive la generación de ingresos por parte de los estados y, por el otro, construir un mejor pacto federal a través de una distribución de competencias más adecuada, aunada a un funcionamiento más efectivo del sistema tributario. si no es así, estamos únicamente frente a una oposición sin proyecto y sin ideas.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.

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