El neoliberalismo existe. Es una idea que tomó forma durante los años 80 en reacción al Estado de bienestar y a la intervención estatal en la economía. Se recurre a ideas libertarias para abogar por reducir al mínimo las responsabilidades estatales y sociales de protección social y de fomento, a cambio de la promesa de una enorme prosperidad económica que supuestamente ofrece la completa libertad económica.

“No existe la sociedad” fue la frase, quizás involuntaria, de Margaret Thatcher que mejor resume la esencia del neoliberalismo. En nombre de la libertad, que se asumía puede ser ejercida independientemente de las restricciones institucionales y la riqueza inicial de todo individuo, se pidió renunciar a la idea de reducir la desigualdad en la sociedad. En esa lógica, la mayor desigualdad es necesaria para abrir el apetito emprendedor y generar riqueza. La idea, de enorme conveniencia para los sectores de mayores ingresos, pronto encontró eco y proliferó en medios de comunicación, universidades, tanques de pensamiento y en el diseño de políticas públicas.

El neoliberalismo como idea y como agenda de política pública tiene que ser rechazado y combatido. La crisis global de la democracia tiene que ver con la pérdida de la capacidad estatal de atender a sectores marginados. La evidencia es contundente. Piketty demuestra cómo la desigualdad se ha incrementado por la capacidad de 1% de la población más rica de incrementar sus ingresos por las facilidades fiscales a los sectores de mayores ingresos. Mark Blyth demuestra cómo las políticas de ajuste, de reducción de gasto público, no sirven para reducir la deuda pública y sólo generan recesión. Mariana Mazzucato y Michael Jacobs argumentan que, para evitar crisis mayúsculas, se requiere mayor intervención estatal que lo que las teorías de fallas de mercado predicen. Dani Rodrik abunda en cómo sin instituciones globales de gobernanza el comercio internacional no necesariamente sirve a las sociedades. Gabriel Zucman demuestra cómo la tolerancia a los paraísos fiscales genera enormes ganancias a las empresas globales. Adam Tooze ofrece una abrumadora evidencia histórica de cómo los mercados, especialmente los financieros, no pueden autorregularse.

Rechazar el neoliberalismo como idea no significa no reconocer lecciones que hemos aprendido en el camino: el comercio es necesario para detonar crecimiento y generar eficiencia; los balances fiscales tienen que cuidarse para evitar desequilibrios; se requiere de políticas monetarias razonables para controlar la inflación; la regulación excesiva y los altos impuestos al trabajo inhiben el desarrollo de empresas y la generación de empleo; existen mecanismos público-privados que pueden aprovechar el conocimiento del sector privado y compartir los riesgos, entre otras.

Lo que ha sido equivocado es renunciar a construir una sociedad más igualitaria, ofrecer las soluciones de mercado, siempre, como la mejor alternativa, sin valorar la capacidad real del Estado de regular. El error es relegar al Estado y a lo social como instrumentos eficaces para ofrecer bienes con un alto costo de acción colectiva, como innovación, conocimiento o servicios sociales.

VidalLlerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.