A las seis de la mañana del jueves 19 de junio de 1867, Maximiliano de Habsburgo, Tomás Mejía y Miguel Miramón fueron conducidos al Cerro de las Campanas. Todo había terminado: marchaban hacia allá los pelotones de ejecución. Apenas el  día anterior, el triste monarca, enfermo y desde su celda,  había enviado una carta a Benito Juárez en la que le decía: “Desearía se concediera conservar la vida a don Miguel Miramón y a don Tomás Mejía...y que, como manifesté al ser hecho prisionero, yo fuera la única víctima”. Su petición había quedado sin respuesta y los tres sentenciados a ser pasados por las armas. Poco antes de su ejecución volvió a tomar la pluma y escribió: “renuncio a mi vida voluntariamente, si el sacrificio puede promover el bienestar de mi nuevo país. Pero nada saludable puede crecer de un suelo saturado de sangre, y por eso lo conmino a que la mía sea la última derramada.”  Maximiliano llegó al paredón con la serenidad de quien cree cumplir con un fatal destino y con la resignación presidiendo sus pasos. Junto con Miramón y Mejía fue colocado “de cara a Querétaro”. Dicen que entregó una moneda a cada uno de los soldados que estaban frente a él. Que Miramón había rechazado las acusaciones que le imputaban como traidor  poco antes de que le dispararan, y que, por su parte, Mejía, enfermo de reumatismo agudo, manifestó total serenidad ante la muerte. Por momentos reinó un silencio solemne. El oficial que mandaba el  pelotón bajó el sable. Sonaron siete disparos y el emperador Maximiliano, atravesado por cinco balas, cayó al suelo. Después le tocó a Miramón y finalmente a Mejía. Dicen que los tres emitieron un i Viva México! antes de su muerte.

El arribo del emperador

Tres años antes, el 28 de mayo de 1864 Maximiliano y su esposa Carlota Amalia, habían desembarcado en Veracruz, para cumplir su papel de emperadores de México. Recibieron una “acogida glacial” por parte de la población y se retiraron pronto. Carlota estaba abatida, pero Maximiliano, optimista y seguro que el pueblo de México lo necesitaba y estaba de acuerdo con su intervención. En Puebla – cuenta Manuel Rivera Cambas en su libro Historia de la Intervención europea y norte-americana en México y del imperio de Maximiliano de Habsburgo- ya se habían hecho los preparativos conducentes a una solemne recepción. El prefecto político don Fernando Pardo dispuso que se adornara  todo. En el programa se designaron las comisiones que habían de recibir a los monarcas en su entrada a la ciudad, señalando el camino que se había de seguir, los arcos triunfales que se colocarían y el sitio en que se les entregarían las llaves de la ciudad (delante del arco triunfal levantado en la calle de Alguacil Mayor).  También se había determinado la marcha de la comitiva hasta la catedral y la nave que los monarcas habían de ocupar hasta sentarse en el trono, a cuyo lado izquierdo se colocarían las damas de honor y al derecho los oficiales de la casa imperial. Los asientos que habían de ocupar los diversos personajes estaban señalados. El plan no podía ser mejor: cuando acabara el Te Deum la comitiva se dirigiría al palacio episcopal, donde se alojarían los monarcas y a las seis de la tarde habría convite. Por la noche, fuegos artificiales en los cerros de Guadalupe y Loreto, y al día siguiente besamanos en el palacio episcopal y baile de gala en el salón de la Alhóndiga. Tan precisa fue la organización que estaba estipulado que quienes no tuvieran uniforme oficial podían presentarse con traje negro y corbata blanca. Mientras tanto, afectados por una guerra de años, los mexicanos sufrían.

A la llegada de Maximiliano, Tomás Mejía reconoció su gobierno, se puso a su servicio y se convirtió en “uno de sus más fieles y eficaces servidores”; Miguel Miramón,  también  decidió defender la causa imperial. A mediados de julio, junto con el general Castagny, Mejía inició la campaña en la frontera en persecución de Juárez, quien, ante el avance de Mejía hacia Matamoros, se había retirado a Chihuahua; también combatió a los liberales en Sierra Gorda, y, al mando de la caballería, logró ser temible. En 1865 defendió Matehuala, en donde Maximiliano lo nombró Comandante Militar de Tamaulipas, “sosteniéndose durante mucho tiempo en el puerto de Matamoros”, pese a los esfuerzos de los republicanos que pretendían desalojarlo de ahí.

El declive del imperio

Pero nada dura para siempre. En 1866 la intervención francesa empezó a perder fuerza y los liberales a recuperar terreno. Para agravar la situación Napoleón ordenó el retiro de las tropas francesas en México. Maximiliano, sin ayuda y con Carlota ausente, en un intento desesperado por salvar su imperio, fortificó las pocas plazas que le quedaban y dividió su ejército en tres cuerpos, al mando de Miramón, Márquez y Mejía.

Miramón tomó Zacatecas, en donde estuvo a punto de aprehender a Juárez, pero el 2 de febrero de 1867 el ejército liberal al mando de Mariano Escobedo, “destrozó al cuerpo del ejército de Miramón” en San Jacinto y Maximiliano, consciente de su difícil situación, salió de Chapultepec, y en ese mismo mes de febrero de 1867 llegó a Querétaro. Las fuerzas republicanas eran cada vez más fuertes.

El ejército imperial con diez mil hombres, comandados por Maximiliano, Leonardo Márquez como Jefe de Estado Mayor, Miramón como jefe de la Infantería y Tomás Mejía al frente de la Caballería, fue prácticamente derrotado. El ejército republicano había tomado Durango, Guadalajara, Zacatecas, San Luis Potosí y poco después Puebla. No había nada que hacer. Tras varios intentos imperiales por resistir el 15 de mayo de 1867, “a las ocho de la noche se rindieron” y las fuerzas republicanas tomaron Querétaro.

Maximiliano, Mejía y Miramón fueron aprehendidos por el general Escobedo; encerrados en el Convento de la Cruz y después en el convento de las capuchinas, en donde se les anunció que serían juzgados por una corte marcial de acuerdo con la  Ley para castigar los delitos contra la Nación, contra el Orden, la Paz Pública y las Garantías Individuales.  El juicio se llevó a cabo el 14 de junio y Maximiliano,  que había estado enfermo durante varios días no se presentó. En una sala llena de espectadores Maximiliano fue acusado de “haber usurpado la soberanía de México y atentado contra su independencia”, de “haber dispuesto de la vida, los derechos y los intereses de los mexicanos” y se le hizo “responsable de la continuación de la guerra civil después de la salida de los franceses y de la introducción de soldados belgas y austriacos”; por su parte, Miramón y Mejía fueron condenados a muerte  por haber sostenido durante muchos años la guerra civil, sin detenerse ante los actos más culpables, y siendo siempre un obstáculo y una constante amenaza contra la paz y la consolidación de la república.”

Después del fusilamiento nuestra nación cambió para siempre: se terminó el Segundo Imperio Mexicano y las invasiones extranjeras. El día 21 el general Porfirio Díaz, encabezando al ejército republicano, entró triunfante a la ciudad de México, y en menos de un mes, el 15 de julio, entró Benito Juárez y dio inicio al periodo de la llamada República Restaurada. En las mentes de muchos – y todavía ahora, lector querido- resonó el recuerdo de la primera carta que Juárez le escribió a Maximiliano rechazando entrar al servicio del imperio y que terminaba así:

Es dado al hombre, señor, atacar los derechos ajenos, apoderarse de sus bienes, atentar contra la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer de sus virtudes un crimen y de los vicios propios una virtud; pero hay una cosa que está fuera del alcance de la perversidad y es el fallo tremendo de la historia. Ella nos juzgará.