Las relaciones entre los países europeos se configuran según el principio de solidaridad que constituye una garantía fiable de construir un futuro mejor para Europa.

Hace 40 años, en los calurosos meses de verano de 1980, Europa se veía completamente diferente a la actual. En ese momento, el continente estaba atravesado por el Telón de Acero, que no era solo una línea metafórica de división política. De hecho, separaba a los estados libres y democráticos de los privados de soberanía y completamente dependientes del imperio soviético.

Entre los países que quedaron bajo el protectorado del régimen comunista después de la guerra también estaba mi patria: Polonia, que como resultado de la Segunda Guerra Mundial perdió casi seis millones de ciudadanos, la mitad de los cuales eran ciudadanos polacos de origen judío. Fue una catástrofe después de la cual, humanamente, no parecía posible recuperarnos.

A pesar de ello lo intentamos. En la época de la esclavitud de la posguerra, conocida como el período de la República Popular de Polonia, los polacos no renunciaron a sus esfuerzos por hacer realidad sus sueños de autodeterminación, libertad e independencia. Nunca hemos aceptado el juicio injusto de la historia. Es por eso que en Polonia todavía se intentaba luchar heroicamente con el régimen dependiente de Moscú. Desafortunadamente, fue en vano. El gobierno comunista pacificó sangrientamente todas las protestas sociales, vigiló a la sociedad o censuró las manifestaciones de libertad en el arte y la literatura. Con cada arrebato sucesivo, se sumaban más víctimas, pero aun así, la esperanza no se desvaneció.

El fruto de esta esperanza fue agosto de 1980, un verdadero viraje. Fue un fenómeno inimaginable en la escala de todo el bloque soviético. Algo que causó asombro y al mismo tiempo admiración mundial. Después de una serie de huelgas de trabajadores en astilleros y otras empresas en Polonia, el despótico partido comunista finalmente tuvo que ceder. En ese momento, se dio el consentimiento para el establecimiento del primer sindicato autónomo independiente del gobierno en la historia del bloque soviético.

Así nació la Solidaridad. Formalmente era una organización sindical, pero de hecho era un movimiento social a nivel nacional que unía a millones de polacos en una comunidad llena de fe. ¿De dónde vino aquella fe? Se desprendía, y todavía la derivamos hoy, de una tradición política centenaria: el amor a la libertad y la democracia. Por apego a Europa, de la que Polonia ha sido parte activa durante 1,000 años. Y también fue inspirada por el Papa Juan Pablo II: su elección a la Santa Sede fue una fuente constante de esperanza y fortaleza para los polacos.

Hoy, años después, está muy claro que la Solidaridad provocó una avalancha y, como consecuencia, la caída del Telón de Acero en 1989. Gracias a la Solidaridad, Polonia se liberó de la esfera de influencia soviética y Europa pudo volver a ser un todo.

Ideales de Solidaridad, vivos

Aunque han pasado 40 años desde el nacimiento de la Solidaridad, sus ideales siguen y deben estar vivos para nosotros. Nosotros, los polacos, los hemos guardado como valores que definen el estándar en la vida pública, un modelo específico al que aspiramos y no como colecciones de museo. Sin embargo, la solidaridad es más que una exigencia sociopolítica. Esta forma de existencia también está presente en los gestos y comportamientos cotidianos. “No hay libertad sin solidaridad”, recordamos a Juan Pablo II. Y también recordamos que no hay solidaridad sin amor, y sin estos tampoco hay futuro.

Cuando los desastres naturales golpean a nuestra sociedad (inundaciones, incendios, tornados), la solidaridad se convierte no solo en uno de los principios rectores, sino simplemente en una condición para la supervivencia. Lo hemos visto y seguimos haciéndolo en la lucha contra la pandemia del coronavirus. Mostrar ayuda incondicional, el sacrificio para salvar a los demás, un altruismo sincero, empatía, rechazo del miedo y el egoísmo: tales valores fueron asumidos en los momentos más difíciles por médicos, paramédicos, servicios uniformados, farmacéuticos y también vendedores, maestros, empresarios y cientos de miles de ciudadanos. Gracias a su actitud pudimos ver qué es la solidaridad en la práctica.

Sin embargo, la solidaridad es demasiado valiosa para recordarla solo en tiempos de crisis. Sus ideales también deben constituir el contenido de la vida cotidiana, manifestándose día a día en forma de amabilidad, hospitalidad, apertura y comprensión. Para descubrirlos, nos basta con prestar mucha atención a nuestra propia existencia, conociendo mejor todas estas nobles cualidades de nuestra personalidad.

Cualquiera que encuentre en sí mismo el espíritu de solidaridad comprenderá que este no puede limitarse únicamente al ámbito individual. La solidaridad exige comunidad porque solo allí se realiza plenamente. Por tanto, debemos adoptarla como regla fundamental de nuestra vida colectiva. Lo constatamos especialmente hoy, cuando millones de polacos, al igual que los habitantes de otros países europeos, luchan con las consecuencias económicas de la pandemia. Una reducción significativa en la propagación del virus y la rápida introducción de una audaz estrategia anticrisis, que proteja tanto a los empresarios como a los empleados, sus familias y los gobiernos locales enteros, todo esto no sería posible si no nos guiamos en nuestras acciones por la primacía de la solidaridad.

El mismo espíritu también se necesita en la Europa moderna. Juntos estamos en una curva y juntos tenemos que salir directamente de ella, como una sola comunidad. Por eso es tan importante que al intentar vencer el egoísmo, prevalezca la actitud de cooperación genuina. Queremos una Europa fuerte, al igual que queremos una Polonia fuerte. Estoy convencido de que podremos dar forma a nuestro futuro común siempre que tomemos el legado de la Solidaridad como base de nuestras acciones.

Por eso, hoy, 40 años después del memorable agosto de los 80, nuestra principal tarea es asegurar que, especialmente a los ojos del mundo, la Solidaridad no sea sólo una página en la historia de la nación polaca.

Debemos hacer de la solidaridad un proyecto para toda Europa, por eso la solidaridad es nuestra propuesta para las próximas décadas de desarrollo.

Las relaciones entre los países europeos, independientemente de su tamaño y potencial económico, deben basarse en las relaciones interpersonales. Éstas, a su vez, son moldeadas naturalmente precisamente de acuerdo con el principio de solidaridad. Es una garantía fiable de construir un futuro mejor para Europa.

El texto se publica simultáneamente en la revista mensual polaca Wszystko Co Najważniejsze en el proyecto realizado con la ocasión del 40˚aniversario de la Solidaridad.

*Primer Ministro de la República de Polonia.