Desde el año 2019 – antes de que se suscitara la pandemia – la Organización Mundial de la Salud anunciaba que clasificaría oficialmente el Síndrome de Burn-out como una enfermedad.

El problema con el Síndrome del Burn-out es considerarlo una condición individual producto de la salud mental propia, excluyendo todos los factores sistémicos que producen su predisposición y aparición. Vivimos en una sociedad en la que la hiperproductividad y la constante ocupación son vistos como valores deseables, donde el hacer vale más que el ser.  El Síndrome del Burn- out se ha normalizado tanto, que la mayoría de personas se sienten cansadas física y mentalmente, y cada vez más a nivel mundial, uno de los motivos por el que se renuncia al empleo es el hecho de sentirse “vaciado” ante las constantes demandas de productividad que generan algunos trabajos.

Para analizar el Síndrome del Burn-out como un problema sistémico y no individual, es necesario también poner en perspectiva la manera en la que hoy en día se concibe el esfuerzo y el sacrificio personal en búsqueda de diferentes metas relacionadas con la vida profesional. Y en este aspecto, es donde las diferencias generacionales hacen una fractura más presente en la concepción de hasta qué punto, la llamada “generación de cristal” no soporta la mínima afectación de sus intereses personales, y hasta qué punto la generación de boomers sacrificaba sus vidas en trabajos que poco valoraban la entrega y los resultados, donde entre más resultados hubiera más se exigía.

Es interesante ver cómo la sociedad se reacomodará a un paro obligatorio en el que la productividad se vio altamente comprometida por temas operativos, pero también por los temas de salud mental de lo que significó la pandemia en todo sentido.

 Es aún más interesante ver, cómo se replantean las cuestiones de salud mental en aras de considerarlo un valor individual, y no un tema sistémico de un medio que exige sin límite. Por ejemplo, el hecho de que diferentes empresas detecten climas laborales en los que el burn out se haga presente en sus empleados, y en lugar de hacer una revisión crítica al interior, se ofrezca simplemente programas de entrenamiento de “wellness” o bienestar para los empleados, en aras de que cada vez puedan producir más.

Los procesos de sanación ante el síndrome del burnout, deben ir por lo tanto, en ambas direcciones: hacia los temas individuales por los que cada persona esté pasando, pero también y en una gran medida, hacia una postura más crítica de lo que el sistema hacia la hiperproductividad a costa de todo, está provocando en nuestro bienestar emocional.

A toda esta lista de ingredientes agregamos la pandemia, y esto significa un coctél molotov del que hoy muchos empleados no han podido escapar, o del que intentan con sus propios recursos, restablecer y balancear un límite sano para mantener su bienestar mental.

Uno de los filtros de la mente ante el estrés es la culpabilización, y en este sentido especialistas han observado que el pensamiento de culpabilización ha aumentado tanto en personas que tenían el burn-out establecido, como en personas que en la pandemia obtuvieron ciertos beneficios de los que también se sienten culpables, por no estar atravesando crisis como la que se enfrenta globalmente. La culpabilización viene de un sistema que exalta la individualidad y no los esfuerzos colectivos por mejorar el bienestar.

Twitter: @lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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