Cada año la exhibición de las imágenes ganadoras del World Press Photo es una oportunidad para examinar las simas más insondables del alma humana, las ideologías que provocan genocidios, las conductas más abyectas a las que somos capaces y, en general, el acerbo dolor de nuestra especie.

Este año se ha confirmado una vez más esta regla, y así, pudimos apreciar en la muestra las mejores imágenes de la prensa internacional durante 2020: estampas sobrecogedoras, como la hecatombe que dejó tras de sí la explosión de Beirut, en agosto, de 2,750 toneladas de nitrato de amonio, que acabó por devastar a un país ya de por sí abatido por las luchas facciosas y por la sucesión de gobiernos fallidos.

En la muestra que termina este domingo en el Museo Franz Mayer, y que puede verse en línea en www.worldpressphoto.org, se puede apreciar, por ejemplo, las fotos tomadas a Layla Taloo, mujer jazidi cubierta de pies a cabeza, incluso las manos, con la burka total que tuvo que vestir cada día de los dos años y medio que vivió esclavizada en Irak por el Estado Islámico. Esas imágenes nos recuerdan que en los años que duró el “califato” los esclavos se vendían por 50 dólares y los niños por 35 (se han liberado unos 3,500 esclavos, pero 2,900 siguen desaparecidos).

Este año las categorías de imágenes que tienen que ver con el medio ambiente causaron especial conmoción, por las obvias razones de que cada vez estamos más afectados por el cambio climático. Sobresale la estremecedora foto del mono aullador que quedó carbonizado en pleno movimiento por uno de los incendios que arrasaron zonas enteras de Brasil en 2020. Este fue de tal intensidad, que incluso los animales que se desplazan con gran rapidez quedaron atrapados entre las llamas.

El drama de las migraciones en Italia y Grecia; la intolerancia y el acoso en Rusia hacia los colectivos LGBT; las horas últimas de enfermos terminales; el maltrato animal en las granjas de cerdos en Castilla-La Mancha (España es el cuarto país exportador de carne porcina) y, claro, la realidad que marcó al mundo entero en 2020: el Covid-19. Todo está aquí reflejado.

Cada momento capta lo que sucede en nuestro planeta y los fotógrafos son testigos de la historia. Y ya podemos ir adivinando qué temas estarán presentes en la exhibición de 2022 (las brutales imágenes de los migrantes haitianos reprimidos por la guardia fronteriza de Estados Unidos; la lava volcánica inundando casas en La Palma, Canarias; y sin duda la situación de las miles de personas dejadas a su suerte en la desastrosa retirada de las fuerzas estadounidenses de Afganistán), pero en esta ocasión no me quiero detener solo en las muchas tragedias o los inminentes peligros, sino en otros fenómenos que también fueron sagazmente visualizados por los diversos fotógrafos, como la decadencia de ciertos colectivos de clases acomodadas de países desarrollados.

Es el caso de los llamados muñecos “Reborn”, bebés de plástico hiperrealistas que parecen vivos al primer golpe de vista, y que son “adoptados”, o “alumbrados” por personas que no pueden concebir o que han perdido un bebé. Se fabrican con marcas de nacimiento, venas, pelo implantado, poros, lágrimas y saliva. Hay algunos que pueden reproducir el latido de un corazón, la respiración o la succión, como lo haría un bebé en la vida real, e incluso vienen con un perfume que simula el olor a un recién nacido.

Los entregan con un certificado de “nacimiento” y, fuera de la intención de enseñar a los estudiantes de medicina el cuidado de niños, y del supuesto beneficio para las personas con demencia, no puede uno sino preguntarse para qué querría alguien encargar y “cuidar” a un reborn. Las fichas al pie de las fotografías informan que muchas personas lo hacen tras sufrir el síndrome del nido vacío, y los utilizan como sustitutos de hijos. Las mujeres (y ciertos hombres también) le dan “amor”, literalmente, a un pedazo de plástico, dándole todos los cuidados, cambiándolo de ropa y comprándole juguetes.

La fotógrafa, Karolina Jonderko, expuso la motivación de cada mujer retratada para tener un reborn, “como un medio de afrontar la pérdida o la ansiedad”, pero no puede uno quitarse de la mente, después de ver estas perturbadoras imágenes de supuestas madres arrullando a sus supuestos niños, o paseándolas en carriolas, o incluso llevándolos al hospital, que estamos ante un bizarro y retorcido fenómeno, propio de una sociedad de hiperconsumo en la que se puede comprar todo, incluso bebés, aunque sean de silicón, en un intento de paliar un innegable vacío que son incapaces de enfrentar de otra manera y de vivir vidas falsas con tal de evadir cualquier enfrentamiento con el dolor.

También en Polonia, otra fotógrafa, Natalia Kepesz, retrató las actividades de los campamentos militarizados en los que los niños aprenden tácticas de supervivencia en condiciones extremas, además de disparar ametralladoras de aire comprimido o lanzar sustitutos de granadas. En la popularidad de estos “campos de entrenamiento” se puede ver el fruto del nacionalismo y el patrioterismo que campea en Polonia luego de la llegada al poder del ultraderechista partido Ley y Justicia (duramente enfrentado por las instituciones europeas por su tendencia al autoritarismo y la homofobia).

En estos campos los niños y adolescentes simulan eventos en los que tienen que usar máscaras antigases ante supuestos ataques con armas químicas o hacer frente con ametralladoras a “atentados terroristas”. Son entrenados, pues, en el culto a las armas. Y precisamente esta idolatría es la que se muestra en la obra de otro fotógrafo, Gabriele Galimberti, en el país en que este frenesí alcanza sus cotas más demenciales: Estados Unidos.

Entre sus rúbricas vemos a un ciudadano de Schriever, Luisiana, Torrell Jasper, quien exhibe sus decenas de armas, incluidas lanzallamas capaces de mandar ráfagas mortales de hasta seis metros, mismas que Jasper acciona ante la cámara, orgulloso. Observamos también a Robert Baldwin, en la comodidad de su casa, donde construyó una cámara de seguridad, una especie de búnker, y quien le confesó al fotógrafo que fue su padre el que le regaló su primer rifle, un calibre 22, cuando tenía seis años.

La muestra de Galimberti refleja un mundo trastornado: gente que posa con radiantes sonrisas con sus hijos pequeños, ante decenas de AK-47 en sus casas. Todo esto producto del delirio, la paranoia y la histeria colectiva, por supuesto, pero también de una sociedad escandalosamente opulenta, que no duda en coleccionar, literalmente, cientos de armas de uso militar mientras, por un lado, los migrantes se agolpan para buscar un trabajo en el que puedan ganar unos cuantos dólares y, por el otro, aumentan los ataques indiscriminados contra civiles (solo en 2020 hubo 633 tiroteos masivos en Estados Unidos).

Miramos estupefactos la colección de la niña Danyela D'Angelo, consistente en casi mil armas, que exhibe para la foto en el búnker privado que le construyó su familia en Arizona. Danyela, quien posa sosteniendo una ametralladora, dispara alrededor de 3 mil balas al mes, y toda esa “herencia” será suya cuando sea mayor de edad, según el fideicomiso que tiene a su nombre. El fotógrafo cierra su colección con la imagen de Will Renke, de Carolina del Sur, quien compra un arma cada dos semanas, y con la foto de familia del piadoso pastor Parker Fawbush, de Indiana, quien ha tapizado de pistolas y armas de asalto el campo en el que juegan sus pequeños hijos: todo listo para la foto, ah, y claro, al fondo de la imagen, la iglesia que regentea.

José Manuel Valiñas

Analista de temas internacionales

Planetario

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

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