“En la época actual, los países

pueden dividirse entre los que tienen

y los que no tienen petróleo.

Nosotros lo tenemos, nuestro reto es la administración de la abundancia”.

José López Portillo (1977)

IV y última

En las entregas anteriores analicé la evolución de la industria del petróleo y las erróneas decisiones militares y estratégicas que surgieron de la dependencia de este combustible. Comenté sobre la búsqueda de mayores rentas petroleras por parte de los países productores, misma que inició con México en 1938 y fue seguida unas décadas después por varios países. También describí cómo se hizo uso del embargo petrolero como arma de presión política de los países miembros de la OPEP, que utilizaron a su favor la gran dependencia de petróleo que tenían los países industrializados.

México, que después de la nacionalización de 1938 se había concentrado en el mercado interno y no había crecido sus reservas petroleras, descubrió importantes yacimientos a partir de 1973 en Tabasco y Campeche. Fue durante el inicio del régimen de López Portillo cuando se aprovechó la subida de precios, causada por el “shock petrolero” de 1973 y la guerra de Irak contra Irán que inició en 1978, lo que llevó los precios del petróleo a 36 dólares por barril. México decidió utilizar el petróleo como motor del crecimiento, incrementando su producción diaria de 500,000 barriles en 1972 a 1.9 millones de barriles en 1980, lo que convirtió a nuestro país en un exportador importante. México, después de ser ignorado por la banca internacional por décadas, se convirtió en un imán de atracción para los bancos, incrementando la deuda externa a 84,000 millones de dólares. Para López Portillo, que incrementó sustancialmente el déficit presupuestal, el reto económico era la “administración de la abundancia”.

La dependencia del petróleo llevó a una sobrevaluación del tipo de cambio, reduciendo sustancialmente las exportaciones no petroleras. Con la caída en los precios del petróleo a principios de los 80, el impacto fue muy severo al devaluarse el peso de una forma abrupta, lo que trajo consigo una moratoria de la deuda externa y una gran caída en la actividad económica y el empleo. Este hecho, conocido en la literatura económica como “dutch disease” o “síndrome holandés”, surgió a raíz de los grandes descubrimientos de yacimientos petroleros en Holanda en la década de los 50 que provocaron una apreciación del florín, lo que perjudicó a las exportaciones no petroleras e hizo a Holanda especialmente vulnerable a caídas en el precio o en la producción de petróleo. México, que había vivido el mayor auge económico en su historia de 1978 a 1981, sufrió este mal que lo llevó a enfrentar una de sus mayores crisis económicas en la historia.

El precio del petróleo, que ascendía a 36 dólares por barril en 1982, fue disminuyendo a 27 dólares por barril en 1986 y se colapsó ese mismo año a niveles de 10 dólares por barril. Para la Unión Soviética, otro país con una dependencia extrema del petróleo, la caída en el precio implicaba una reducción sustancial en sus ingresos de divisas y un regreso a la recesión con inflación. El presidente Gorbachov tuvo que tomar medidas extremas, interrumpiendo el apoyo a Alemania oriental, una economía en quiebra que había recibido grandes subsidios por años. Ante esta situación, tal vez no fue tan sorpresiva la caída del Muro de Berlín en 1989.

En el verano de 1990 el mundo estaba eufórico por el fin de la Guerra Fría, las economías comunistas habían colapsado y la Unión Soviética se encontraba en un proceso de transformación política y económica. Parecía que la democracia iba a imperar en el mundo. Sin embargo, había un motivo de preocupación; las reservas petroleras estaban concentradas en los cinco mayores productores del Golfo Pérsico y en Venezuela. Esta preocupación se materializó en agosto de 1990 cuando Irak invadió Kuwait, capturando y destruyendo un gran número de pozos petroleros. Es interesante comentar que la primera crisis después del fin de la Guerra Fría fue geopolítica, causada por el petróleo.

La intervención de Estados Unidos, apoyado por sus aliados (Gran Bretaña, Francia y España), en lo que se llamó Guerra del Golfo, fue determinante. El líder iraquí Saddam Hussein, que había menospreciado la capacidad militar de Estados Unidos, fue sorprendido por un ataque decisivo en enero de 1991 y una invasión que duró varios años. La ONU hizo lo que la Liga de las Naciones no se atrevió a hacer contra Alemania en los 30, impuso un embargo petrolero contra Irak. Este embargo redujo en 4 millones de barriles diarios la oferta de petróleo, por lo que el precio se disparó temporalmente de 20 a 40 dólares por barril.

De 1990 al 2003 la economía mundial casi se triplicó, impulsando el crecimiento de los países en proceso de desarrollo. El repunte en la demanda de petróleo tomó por sorpresa a la industria petrolera, que no había invertido en infraestructura por varios años. El precio del petróleo subió de 30 dólares por barril al inicio de la guerra contra Irak en el 2003 a 145 dólares por barril en el 2008. Los altos precios del petróleo dieron a los países exportadores ingresos enormes. Esto le permitió al presidente venezolano Hugo Chávez expandir su influencia en Latinoamérica y perseguir su objetivo de “socialismo para el siglo XXI” tanto en Venezuela como en los países vecinos.

Ante los altos precios del petróleo los países de Occidente desarrollaron energías alternativas y nuevas técnicas de extracción de petróleo. El fracking, que consiste en bombear fluidos a presión en fracturas del subsuelo para extraer petróleo y gas natural de las rocas, fue incrementando la oferta. Por su parte, los países del Golfo Pérsico, cuyo costo de extracción es sustancialmente menor al de otros, aumentaron la producción para sacar del mercado a los productores menos eficientes. Esto provocó que el precio del petróleo se desplomara a niveles de 50 dólares por barril a finales del 2014.

Para Venezuela, la caída del precio del petróleo fue acompañada por un descenso en la producción, que se desplomó 50%; el impacto en la economía ha sido brutal, la inflación proyectada por el FMI para el 2018 asciende a 1 millón por ciento anual y la caída estimada del PIB es de 18% anual, lo que representa un decremento del PIB de 50% acumulado en cuatro años. Para los venezolanos, la combinación de una demagogia populista con una dependencia absoluta del petróleo ha sido desastrosa; ante la escasez de alimentos, medicinas y bienes de consumo, la calidad de vida de la población se ha deteriorado de manera drástica. No es de extrañarse que el apoyo económico que Venezuela daba a Nicaragua se haya interrumpido, lo que ha desembocado en una crisis política y un levantamiento popular contra el gobierno de Daniel Ortega.

Es difícil prever lo que puede pasar en el mercado petrolero en el futuro. Por el lado de la demanda, las tasas de crecimiento mundiales de alrededor de 3% anual son un factor para que crezca. Por el lado de la oferta, la reducción en la producción de Venezuela y la contención voluntaria de la producción de Arabia Saudita han contenido la oferta hasta ahora, por lo que los precios se han mantenido a niveles de 60-70 dólares por barril. También existen factores geopolíticos como el apoyo reciente de Rusia a Siria, que muestra el gran interés de Putin de evitar que los oleoductos de Arabia Saudita surtan petróleo y gas a Europa, así como la decisión de Trump de salirse del Tratado Nuclear con Irán e imponer de nuevo sanciones. No podemos perder de vista las nuevas tecnologías como el fracking y el abaratamiento de alternativas de energía renovable, ni dejar de considerar la reducción potencial en la demanda de gasolina por el mayor uso de autos eléctricos y autónomos.

En nuestro país, 75% de la gasolina que se consume es importada y proviene principalmente de Estados Unidos. La dependencia de la importación de gasolinas y diesel se ha agravado por la fuerte caída en la producción de las refinerías de Pemex. ¿Es la construcción de nuevas refinerías la respuesta? No necesariamente, ya que además del costo que representan y la baja rentabilidad esperada de este tipo de proyectos, no se resuelve el tema de seguridad en el abasto, ya que dichas refinerías requieren a su vez de petróleo (de preferencia ligero), por lo que en vez de importar gasolina tendríamos que importar petróleo.

Como lo hemos visto en esta serie de artículos, la historia muestra los elevados costos de la dependencia del petróleo. Ante el entorno de incertidumbre actual, es de gran importancia diversificar nuestras fuentes de abastecimiento energético, eficientar el uso de cada peso que se destine a este fin y compartir el riesgo de las inversiones realizadas. Es importante estar abierto a diferentes alternativas. En palabras de Naohiro Amaya, viceministro del Ministerio de Comercio Internacional e Industria (MITI) de Japón, ante la crisis petrolera de 1973: “El shock energético fue una especie de bendición porque forzó el cambio rápido en la industria; en vez de utilizar los recursos del subsuelo, utilizamos los recursos de nuestras cabezas”.

*El autor es director general de Banca Privada y Mercados de Banco Monex. Sus opiniones son personales y reflejan su interés en aprender de la Historia.