Alos ya conocidos problemas globales en que estamos inmersos —lento crecimiento económico, guerra comercial, desigualdad, vulnerabilidad financiera—, hay uno que respiramos todos los días los que vivimos en las grandes ciudades: la contaminación atmosférica.

El dióxido de carbono lo absorbemos como si fuera un jarabe y es un veneno. En Europa mata a casi medio millón de personas cada año. Y las reuniones políticas y de expertos para resolver este mal se multiplican con todavía insuficientes resultados.

El economista de la Universidad de Harvard, Jeffrey Sachs, señala la importancia mundial que tiene el cambio climático y la economía en los siguientes términos: “Un crecimiento económico sin justicia ni sostenibilidad medioambiental es una receta para el desorden”. Y así lo estamos viviendo. Es el caldo de cultivo para las protestas sociales, la polarización y la aparición de extremismos violentos. Así como la población protesta porque los salarios no alcanzan y el empleo se esfuma, se agudizarán las movilizaciones por la falta de atención a los problemas medioambientales.

Hace una semana, la OCDE reconocía al paralelo con los pronunciamientos de la reunión internacional sobre cambio climático en Madrid: “ el mundo experimenta un incremento de fenómenos meteorológicos extremos, que podrían provocar disrupciones significativas en la actividad económica a corto plazo, así como daños de larga duración al capital y las tierras, además de provocar flujos migratorios desordenados”. Ante ello, los gobiernos deben actuar, porque sin una orientación clara y acciones concretas, la perspectiva es el desastre.

Se trata de un fenómeno mundial que no tiene parangón. Es, por tanto, el mayor reto social, económico y ambiental de este siglo. Si no se hacen ahora las inversiones necesarias para eliminar sus causas que son humanas, aumentarán los costos y dificultades a largo plazo de la transición energética.

Una buena noticia es que el nuevo gobierno de la Comisión Europea acaba de anunciar que, durante los primeros 100 días de gestión, se creará un fondo para financiar la sustitución del carbón, el combustible fósil más contaminante y el que provoca más gases de efecto invernadero. En Europa se produce 9% del total mundial de estos gases. La creación del fondo será el primer paso para acelerar la transición energética que reduzca el calentamiento global. La Comisión Europea empezará con un fondo de 5,000 millones de euros para después llegar a 35,000 millones de euros, entre inversión pública y privada.

Si bien esta iniciativa es loable y necesaria, es urgente que todo el mundo haga lo que le corresponde hacer, sobre todo China y Estados Unidos, que juntos aportan 40% de estos gases. Los datos sobre el calentamiento global son cada vez más alarmantes. Es hora de que los gobiernos avancen en la descarbonización de la economía.

Sólo 20% de los países está en vías de cumplir con el Acuerdo de París. No ayudan actitudes como las de Trump, que no sólo abandonó el Acuerdo de París, sino que ha cancelado 85 normas verdes.

Ante la indiferencia de los políticos y de los gobiernos, un grupo de 11,000 científicos han alertado sobre el problema e insisten en que los estados aumenten sus esfuerzos para que la sociedad global funcione con los ecosistemas naturales. Estos científicos aplauden los movimientos globales realizados por los jóvenes que están haciendo conciencia mundial sobre la velocidad y lo severo del cambio climático.

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.