En nuestro largo recorrido por el origen de cada una de las letras y tras repetir incesantemente que los fenicios se las heredaron a los griegos y éstos a los romanos, nunca se mencionó cómo se fueron asociando las letras para formar palabras. A cualquiera le suena lógico que con una letra junto a otra se forma una palabra y que un pequeño espacio en blanco entre dos grafías significa que no son parte de la misma palabra, pero sépase que no fue siempre así.

Todas juntas como hermanas

Esos antepasados tan mentados escribían todas las letras juntas, continuando con el paradigma de la contigüidad necesaria para que una serie de pictogramas narrasen una idea. A pesar de que las letras representan sonidos y no ideas, los renglones alineaban una serie interminable de letras y era tarea del lector descubrir dóndedemoniosterminabacadapalabraysiunaletrapertenecíaatalocualsílaba. Durante siglos, ésta fue la forma de escribir; mientras el lenguaje hablado es adquirido, efímero*, espontáneo, carece de límites precisos y se apoya en ademanes, señas y pausas que permiten distinguir una palabra de otra, en aquellos textos era materialmente imposible. Pues la palabra, como signo independiente, como unidad gráfica, no apareció sino hasta el siglo VIII, en tiempos de Carlomagno.

Para entender mejor la historia tenemos que regresar con los viejos romanos, que escribían a mano de modo un tanto diferente a la letra cuadrada de los monumentos. Esta letra romana rústica se fue difundiendo por toda Europa, a la vez que el imperio comenzaba a escribir su final —con todas las palabras pegaditas. En la Edad Media, se dejó a los monjes la tarea de copiar los libros a mano, quienes trabajaban junto con los ilustradores en el scriptorium, como aquel que describe Umberto Eco en El nombre de la rosa, y donde nació el libro como hoy lo conocemos. Los manuscritos ilustrados eran un compendio de horas de dedicación y de letra ininteligible, para entonces, la letra uncial.

Celtas y francos

A principios del siglo V, el legendario san Patricio, en su afán de convertir a los celtas al cristianismo, utilizó los motivos visuales celtas en los manuscritos que le ayudaron a la difusión de su fe, creando, de esta manera, una nueva escuela de copistas. Los celtas cristianos lograron convertir los manuscritos ilustrados en verdaderas joyas, no sólo por su belleza visual, sino porque se les ocurrieron varias invenciones con el fin de mejorar la página: se implementó el orden, se trazaron márgenes que alinearon el texto a ambos lados de la hoja y, cuando no ajustaba, se rellenaba el espacio sobrante con una grafía ornamental —una especie de s acostada— que, incluso, se escribía en rojo. Introdujeron la capitular para darle entrada a cada página y utilizaron un principio gráfico llamado diminuendo, que consiste en gradar la escala de la letras a cada línea, de mayor a menor —antecedente del título y el subtítulo.

El tipo de letra utilizado para el resto del texto era el uncial, cuya redondez da lugar a una serie de enlaces y a que la leibilidad** de la letra fuera muy precaria. Sin embargo, los celtas siguieron con su infatigable misión y llegaron a separar bloques de ideas mediante aquella s durmiente y escarlata, y a escribir la primera letra de la siguiente idea con una letra capital romana a modo de minicapitular. Digamos que ésta es una incipiente forma del párrafo y el ornamento, un vestigio de la puntuación.

Nuevo look

Al evolucionar la escritura de unciales a medias unciales no sólo mejoró la letra, al contar con unas claras ascendentes —las colitas de la d, b o k—, sino que su trazo se alargó más y los enlaces se extendieron tanto, sobre todo al final de cada palabra, que las letras empezaron a crear lagunas o blancos semejantes al silencio, a la pausa.

Particularmente las letras e y t eran las que más espacio provocaban. En eso andaban los celtas cuando Carlomagno fue coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que de romano ya no le quedaba nada y de santo no tenía un pelo. Carlomagno llamó a Alcuino de York a Aquisgrán, quien, junto a un ejército de escribas, además de trazar y estandarizar las minúsculas carolingias, se dio a la tarea de meter más orden y más normas a la escritura utilizando las mejoras de los celtas: estableció entonces que debía haber espacio entre palabras y, en lugar del ornamento rojo, colocó un punto.

Parece increíble que al hombre le llevara alrededor de 2,000 años emplear algo tan elemental como un espacio para poder delimitar la palabra escrita, pero entendamos que esta historia, que puede parecer aburrida, la juzgamos desde nuestros paradigmas, donde no cabría la posibilidad deescribirtodojunto.

*A veces la oralidad de la lengua causa confusiones, es decir, la falta de dicción, de atención o de conocimiento previo de lo que se dice impide que el interlocutor distinga claramente las palabras de una frase, e. g.: dame de sayunar, en lugar de dame de desayunar, o masiosare, en lugar de mas si osare. ** Leibilidad es la facultad del hombre para diferenciar una letra de otra; en cambio, la legibilidad es una propiedad del texto, es hacerse visible para que alguien lo pueda leer, ya sea por tamaño, color o forma. Así, un manuscrito es legible porque la letra es grande y por sus colores, pero es ileible porque no podemos reconocer las letras.

¡ah, qué chida es la ch!

Agarrarse del chongo: locución que refiere una pelea o discusión, sobre todo entre mujeres.

•¿Supiste que la Lupe y la Meche se agarraron del chongo por Juan? ¿Qué le verán?

Cafetera moka espresso

Diseñada por Alfonso Bialetti en 1933.

Bialetti revolucionó al mundo del café cuando inventó este ícono de nuestra época. Esta cafetera, que funciona sobre la estufa, cuenta con tres compartimientos: uno para el agua, que al calentarse eleva la presión; un segundo compartimiento, donde se encuentra el café molido y se extraen sus sabores y aromas —luego atraviesa un filtro muy fino que evita que se cuelen sólidos— y, finalmente, un tercer compartimiento donde se deposita el café preparado. Este diseño fue seleccionado como uno de los mejores diseños industriales italianos del siglo XX. Se estima que nueve de cada 10 familias italianas cuentan con una y que se han vendido más de 250 millones de unidades originales en todo el mundo. Las cafeteras Bialetti originales ostentan, todas, el logo de la compañía en uno de sus costados.

Costo: 35 a 91 euros —de 550 a 2000 pesos— o más, dependiendo de si es para una, tres, nueve o 12 tazas de espresso de 2 onzas cada una.

Dimensiones: varias, la de una taza es de 13.33 cm de altura x 6.35 cm de diámetro.

Colecciones: Moma, NY; Museo de Ciencias, Londres.

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