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Opinión

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El antiintelectual generoso

Sigo pensando que la política de todos los días, desgraciadamente regida por las mañanera, se mueve en un nivel diferente al de la vida de la gran mayoría de la población. Salvo en algunos temas, las decisiones de los políticos parecen interesarles solo a ellos y a un grupo de académicos, intelectuales, expertos y periodistas a los que se considera parte del “círculo rojo”. 

Creo que el limitado alcance e influencia de estas voces es uno de los puntos de apoyo en el que descansa la popularidad del presidente López. Ejemplos hay. Muchos expertos en salud han alertado sobre el elevado número de contagios y muertes por el que atravesamos y han señalado que no es el momento adecuado para un regreso masivo a las escuelas dadas las condiciones físicas de los planteles y la escasa o nula preparación de los mentores para lidiar con situaciones de cuidado sanitario, estrés o problemas socioemocionales. Es decir, no están cuestionando el necesario regreso a las aulas, sino el cómo y el cuándo.

La pelea de quienes se oponen al regreso a clases por estas razones me temo que está perdida. Las familias están agotadas, tensas o enfrentadas. Los menores de edad no están tampoco en su mejor momento. Todo esto se suma a la presión de un gobierno que repite diariamente que no hay peligro. Personalmente, creo que la decisión de regresar a las escuelas debe ser casuística y tomada con base en un protocolo estricto y no las generalidades y obviedades que presentó la secretaria de Educación, Delfina Gómez. Pero, como dije, los menores regresarán a clases. Ya veremos si esta no es una decisión desastrosa y si el gobierno tiene la capacidad de cambiar de opinión. Lo dudo teniendo en cuenta la personalidad del presidente, profundamente antiintelectual.

Ser antiintelectual parece una moda que recorre el mundo en este siglo XXI. Recuerdo, seguramente mal, una cita de Tim O´Reilly, al que llamaron en alguna época la “voz de la conciencia de Silicon Valley”, en la que manifestaba su preocupación por el avance del antiintelectualismo a nivel mundial. 

No sé si fue el historiador norteamericano Richard Hofstadter (sin parentesco con Leonard Hofstadter) el que acuñó el concepto, pero lo utilizó para estudiar y calificar la vida política de los Estados Unidos en los años 50 y 60. En un par de libros (“Antiintelectualismo en la vida estadounidense” de 1963, premio Pulitzer, y “El estilo paranoico en la política estadounidense” de 1965) habla sobre el provincialismo estadounidense y el miedo al intelectual, fenómenos que, en parte explican el surgimiento de personajes como Joseph McCarthy y el macartismo.  Este autor distingue tres tipos de antiintelectuales: religiosos, populistas e irreflexivos. 

El antiintelectual propone al creacionismo como una óptica válida del mundo en lugar de la teoría de la evolución; llama a la desconfianza hacia los “educados” porque los acusa de ser parte de una élite que trata de estar sobre el pueblo, la nación, la gente o cualquier otro sustantivo similar; pondera las emociones sobre la razón, que es fría y distante; alaba y realza las supuestas virtudes de las masas (la raza superior, el pueblo bueno, etc.); llama a descreer de los expertos, académicos y científicos, de los que hace escarnio y hostiliza. Conste que estoy recitando casi un manual hecho con las lecturas de Hofstadter y otros, todavía no me refiero a nadie en particular. 

Hay muchos autores que criticaron la ignorancia, el simplismo, el populismo y la carencia de escrúpulos de muchos de los políticos antiintelectuales. Entre ellos, menciono dos mujeres gigantes: Sontag y Arendt. En su libro “La mente errabunda”, Isaac Asimov (sí, el autor de la trilogía de la Fundación) también combate al antiintelectualismo de los años 70 y 80. También el biólogo y paleontólogo Stephen Jay Gould, autor de libros inteligentes y divertidos, lo hace. Recorrieron, cada uno por su parte, los Estados Unidos peleando contra quienes negaban el valor de la ciencia y la educación.

Así que no creamos que el presidente López y su antiintelectualismo es un fenómeno nuevo. No lo es. Viene de una larga y triste tradición que ahora está extendida por el mundo. Es grave, no obstante, que la cabeza de un gobierno sea un antiintelectual que piensa en términos de buenos y malos, pero es peor que ese sentimiento permeé en la sociedad. 

No sé hasta qué punto los últimos 40 años, llenos de crisis financieras, enfrentamientos, recortes presupuestales, bajos salarios, malos empleos y, por si fuera poco, terremotos, crimen organizado y gobiernos deficientes han minado nuestra capacidad de apostarle a la educación, amplia y de calidad, a la ciencia y al arte. Es cierto que los presidentes anteriores no se apoyaron mucho en la ciencia y la educación, pero no eran antiintelectuales. Al menos sabían que no sabían.

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