Si alguna característica de los humanos me ha impactado más a lo largo de mi vida, esa es la indiferencia, esa actitud neutra, de intenso centro, que hace que una persona te vea con mirada ausente, de cero grados, o sea sin frío ni calor, como dice un viejo chiste, y que no reaccione frente a tus sentimientos. Es algo en verdad espeluznante ya que el afecto, el amor, incluso el desprecio o el odio me parecen emociones mucho más comprensibles y naturales.

Los seres vivos, incluso las plantas, estamos diseñados para sentir y reaccionar. Un girasol se orienta hacia al sol; todos los que tenemos macetitas en la casa, sabemos que no solo regarlas, sino amarlas y hasta hablar con ellas, las hace crecer plenas y rozagantes. En el caso del reino animal, la cosa es muy obvia. El reino animal es el reino de la emoción y la reacción y así lo mismo los tigres que las ardillas, las arañas o las planarias, por limitados o desarrollados que sean sus cerebros, reaccionan, responden, o sea, sienten. La atonía emocional continúa siendo un gran misterio en ese estudio tan resbaloso que es el de las emociones.

La incapacidad para identificarse con el otro y, peor aún, con el gozo o el sufrimiento del otro me resulta muy asombrosa. Estas conductas insensibles, sabemos hoy, están directamente relacionadas (junto con otros factores sociales) con una disfunción y/o inmadurez en las áreas prefrontales del cerebro y en el sistema especular, en las llamadas neuronas espejo, cuya finalidad es, precisamente, hacernos comprender al de enfrente como a nosotros mismos.

Estas células nerviosas fueron descubiertas hace más de tres décadas y su importancia y existencia generan todavía mucha controversia. Ahora sabemos que este tipo de neuronas nos hacen recrear sensaciones y sentimientos mientras observamos cómo las viven otros, como los personajes que salen en el cine o en la tele; ellas son pues las madres de la empatía. Comencemos por decir que para nuestro cerebro, y esto también es muy importante, no hay diferencias entre ficción y realidad y al pasarle al otro algo, nuestro sistema nervioso lo codifica como si nos estuviera sucediendo a nosotros mismos.

Padecemos los celos de Otelo, el amor imposible de Romeo y Julieta o sufrimos por las injusticias que sufre la protagonista de alguna telenovela. La esencia del teatro, del cine y de la literatura es hacernos sentir algo ajeno como propio y esto se debe a la maravilla de nuestro cerebro.

Hasta hace muy pocos años no se sabía bien a bien por qué afecta tanto a la mayoría de los humanos lo que le pasa al de enfrente. ¿Cuáles son los mecanismos que nos deprimen o alegran al ver estas escenas como si lo sufriéramos o disfrutáramos en carne propia? ¿Acaso el teatro, la tele y el cine, y la sociedad, en un sentido amplio, hubieran existido si nuestros cerebros no respondieran empáticamente a las historias que presenciamos? Las respuestas a todas estas interrogantes aún no están plenamente resueltas, pero desde luego, dependen de esta masa gelatinosa de kilo y medio que tenemos entre las orejas.

Cuando rompemos un florero o se nos cae el celular al suelo, no sentimos ningún dolor por lo que están “padeciendo” esos objetos lastimados y eso es normal, esos objetos no sienten, no hacen resonancia con nosotros. Al parecer las personas con conductas antisociales que torturan, vejan, desoyen, muestran indiferencia o eliminan a otro ser humano tienen el mismo desapego por los seres vivos que los empáticos por los objetos. Eso es atroz, pero sucede y en nuestro país lo vemos todos los días. Sólo así, tratando de entender lo inexplicable, es como comenzamos a acercarnos a lo qué pasa por la cabeza de un torturador, sicario o de una mujer (o un hombre) que no se conduele por la enfermedad de unos niños con cáncer o la falta de medicamentos. Todo el complejo mecanismo de las neuronas espejo, de la inteligencia emocional, de la solidaridad humana en ellos (y en ella) no funcionan.

La mirada altiva, la arrogancia, la incapacidad de mostrar cariño o apoyo en el contacto interpersonal, son síntomas preocupantes en una persona, pero cuando un grupo humano (o una parte de él en el poder) abiertamente muestra esta frialdad (que yo llamaba espeluznante) ante el dolor del otro… estamos en problemas. Los grandes genocidas de la humanidad de una u otra manera han mostrado estas carencias emocionales, solo su ambición personal, su encumbramiento, su egoismo y egolatria valen para ellos. Pero ya no quiero seguir hablando de esto, ni de ellos, mejor me despido hablando de Beatrice, que no siempre quiere decir Bienaventurada, aunque lo diga el latín y el mero Dante.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.