En el país ya se llevan a cabo acciones para reducir al máximo el contacto entre personas para que no se presenten, al mismo tiempo, casos graves de la enfermedad que sobrepasen la capacidad de atención del sistema hospitalario.

El virus del Covid-19 es uno de los fenómenos más complejos que ha enfrentado la humanidad en las últimas décadas. Es un virus lo suficientemente contagioso para distribuirse con gran velocidad, con una relativamente alta tasa de mortalidad, pero suficientemente baja para que la gran mayoría de los infectados sobrevivan y sigan expandiendo la epidemia. Nadie lo diseñó, por supuesto, pero es perfecto para generar caos en la sociedad actual, globalizada, concentrada en ciudades, pero también con problemas para atender la salud de la población, después de décadas en las que se vendió la idea de que no era importante que el Estado invirtiera en cobertura médica.

En realidad, ninguna nación está preparada para lidiar con éxito algo así, por más de que existían advertencias muy serías de que esto podría suceder. México enfrenta el fenómeno, semanas después de que éste explotó en Asia, Europa y Estados Unidos, por lo que contamos con datos y evidencia que ayudan a guiar las políticas. México cuenta con un sistema de salud bien coordinado, una buena capacidad de diagnóstico e instrumentación de políticas de salud pública y especialistas serios en las áreas de epidemiología. Eso ha permitido que el gobierno de López Obrador implemente una estrategia para hacer uso de la mejor evidencia y de las prácticas de otras naciones, que son pertinentes para las capacidades y circunstancias del país, para reducir, en lo posible, los costos sociales del fenómeno y hacer frente a los retos de salud.

Lo que el gobierno hizo fue instrumentar las acciones más drásticas de aislamiento social, con implicaciones graves para la economía, cuando se inició el fenómeno de contagio comunitario, hacerlo antes hubiera implicado enormes costos, sin mayor efecto en la propagación de la epidemia. Un cierre anticipado hubiera hecho más complicado que las personas permanecieran en su casa justo cuando es más importante que se encuentren aisladas, en un país en el que el tamaño de la economía informal, y los empleos formales precarios, hacen muy difícil que las personas dejen de trabajar. Antes, el gobierno fomentó acciones de higiene, de prevención, de aislamiento de personas con mayor riesgo y de monitoreo de personas infectadas y de su entorno, que han contenido la expansión más rápida de la epidemia. Las pruebas han servido como un ejercicio de monitoreo y prevención en una fase de casos importados, pero, al igual que otros países, no como una estrategia de pruebas masivas, costosa e innecesaria. Los esfuerzos se han centrado en fortalecer y organizar la capacidad hospitalaria para maximizar su capacidad de enfrentar el reto que está por venir. Ya se implementan políticas muy bien dirigidas, como la atención por medio de teléfono y mensajes de texto a personas de la CDMX con síntomas de la enfermedad, a las que se les proporciona asesoría médica y un kit básico de alimentos e insumos como medicinas, termómetro y mascarillas. El potencial enfermo es monitoreado diariamente por teléfono y eventualmente, si lo amerita su condición, visitado por un médico o trasladado a un hospital.

Mientras tanto, en la ciudad y en el país, ya se llevan a cabo acciones para reducir al máximo el contacto entre personas, para que no se presenten, al mismo tiempo, casos graves de la enfermedad que sobrepasen la capacidad de atención del sistema hospitalario. Vienen momentos difíciles, pero la dificultad de los mismos puede disminuir si extremamos medidas de higiene y de aislamiento social para evitar la tragedia que hoy viven otras naciones.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.