La agricultura y el sector energético tienen una relación muy importante. En primer lugar, la energía que proviene tanto de fuentes renovables como de no renovables es un insumo importante a través de los diferentes procesos agrícolas en la finca y en la agroindustria.

De acuerdo con FAO, el sector agroalimentario consume cerca de 30% del total de energía a nivel global. En segundo lugar, la agricultura es un proveedor fundamental de energía renovable, a través de energía producida de la biomasa agrícola o forestal. Según la Agencia Internacional de Energía, a nivel global la bioenergía es la energía renovable más importante y contribuye con 10% de la oferta primaria energética.

En muchos países, la energía a partir de la biomasa o bioenergía tienen una contribución muy fuerte en el sector energético y son fuente de energía para los hogares rurales. Esta relación tan estrecha que existe entre ambos sectores abre oportunidades para desarrollar inversiones coordinadas que generen resultados con grandes beneficios para ambos.

La promoción del desarrollo agrícola está ligada a una adecuada provisión de energía. Por ejemplo, a través de la instalación o expansión de sistemas de riego para incrementar la productividad, en los procesos de poscosecha y agroprocesos que permitan agregar valor a las cadenas productivas y abrir nuevas oportunidades de integración para pequeños y medianos productores a mercados.

Estas necesidades traen consigo nuevas oportunidades para promover el uso de energías renovables en el sector agrícola, las cuales también contribuyen positivamente a la mitigación del cambio climático. El desarrollo de sistemas de producción de bioenergía a partir de producciones de biomasa sostenibles o con base en la integración de sistemas de uso de residuos agrícolas o agroindustriales, abre oportunidades para desarrollar intervenciones que permiten una mejor gestión social, ambiental y económica.

Continuamente se viene apoyando el nexo de la agricultura y energía en programas de inversión, a través de instituciones financieras internacionales. En Latinoamérica, por ejemplo, a través del Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo BID, se están apoyando varios de estos programas de inversión.

Sin embargo, y dado que los proyectos de eficiencia energética pueden tener un alto riesgo, algunas de estas instituciones han desarrollado mecanismos para mitigar dicho riesgo y hacer que estos proyectos puedan desarrollarse.

En el caso del BID, cuenta un Laboratorio de innovación financiera, en el cual se identifican, desarrollan y ponen en marcha instrumentos de transformación climática con el objetivo de atraer inversión privada para la mitigación y adaptación al cambio climático en países en desarrollo.

En la siguiente entrega hablaré de las herramientas que FIRA, conjuntamente con el BID, están implementando para el desarrollo de proyectos de eficiencia energética en México.

*Carlos Ávila Beltrán es especialista en la Subdirección de Desarrollo de Productos y Servicios de FIRA. La opinión aquí expresada es del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA.

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