Si preguntáramos a una muestra suficientemente grande de la población acerca de cuál es el principal problema por el que México no crece, estoy seguro que una proporción muy amplia de los entrevistados diría que la educación.

En este asunto de la educación, si bien estamos de acuerdo con que es parte importante del problema, también hay que decir que están involucrados varios aspectos que van desde la falta de calidad de la enseñanza y la falta de calidad de los alumnos, hasta la baja eficiencia del sistema y la falta de oportunidades para que los egresados del sistema se ocupen en actividades de alta productividad y salarios.

De la falta de calidad del sistema, es de todos sabido el papel que juega el sindicato y la enorme cantidad de maestros que siguen en las escuelas normales, esperando salir para heredar una plaza, comprar otra y esperar a jubilarse del sistema. La falta de calidad de los alumnos está muy relacionada con la mala distribución del ingreso y la marginación, que el gobierno intenta eliminar a fuerza de billetes mal gastados en el Programa Oportunidades.

La baja eficiencia, exhibida por la cantidad de niños y jóvenes que abandonan sus estudios en todos los grados, es una combinación de los tres anteriores y de las presiones familiares, ante un sector productivo que sólo acierta a anunciarse más, generar más necesidades superfluas y exigir al gobierno que fomente el mercado interno, en lugar de generar más y mejores empleos, que a su vez es la causa de que quien termina hasta su licenciatura tenga como mejor opción ser repartidor de pizzas.

Las respuestas de los diversos sectores de la sociedad ante esta problemática preocupan más que los problemas. Los jóvenes rechazados por el sistema, por no aprobar el examen de admisión se manifiestan en las calles. Los maestros exigen cuotas de poder para desde ahí, mantener a raya a las autoridades, pedir aumentos de sueldos sin justificación y echar abajo un sistema de evaluación que podría servir, si se piensa bien, para mejorar a maestros y alumnos.

Las empresas siguen diseñando campañas de responsabilidad social que suenan más a métodos para pagar menos impuestos y medios para proteger sus mercados cautivos de la competencia, en lugar de ocuparse en invertir y generar empleos, y cuando los políticos son oposición critican el uso político del Programa Oportunidades, pero no lo eliminan, porque cuando sean gobierno estará en su favor. Así no es posible mejorar nada.

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