Hace unas semanas fuimos testigos de un inusitado embate a la UNAM, auspiciado desde la tribuna presidencial, donde se señaló que ya no se enseñaba las materias de contenido social, como el derecho constitucional y agrario, y que se había aburguesado y derechizado. Hace unos días advertimos un segundo embate, ahora desde el Concayt hacía el CIDE, cuya arremetida forma parte de una campaña de hostigamiento hacia su cuerpo directivo y académico, hasta llegar a su comunidad estudiantil.

El reproche dirigido a ambas instituciones, cuya excelencia académica se encuentra plenamente acreditada para todo aquél que se dé tiempo de analizar los rankings y los reportes, no ha podido ser descifrado a cabalidad para entender qué es lo que lo motivó y que se busca con él.

Es posible que, sabedor de que la formación de nuevos cuadros en Morena ha fracasado estrepitosamente, el Presidente busque que las estructuras de las instituciones públicas de educación superior sirvan de apoyo a su proyecto político, convirtiéndose en centros de formación ideológica sobre la cuarta transformación y en instancias de difusión del pensamiento obradorista.

Parecería que lo que se pretende es ir sentando las bases para instaurar una educación militante basada en la transmisión de una única visión del Estado, las relaciones sociales, el papel del mercado y la función de los derechos, con programas académicos orientados a conocer el pensamiento de quienes militan exclusivamente en el populismo, y con directivos dispuestos a ejercer la correspondiente presión sobre los académicos para garantizar que se ciñan a los contenidos previamente aprobados, con el propósito de anidar en nuestra juventud el proyecto de nación que buscan enraizar en el imaginario colectivo, bajo la pretensión de sumar cada vez más voluntades a esa suma ideológica como garantía de continuidad de un proyecto diseñado para ser desplegado y madurado dentro de las siguientes décadas. 

Estoy de acuerdo con la exigencia de una educación militante. Pero para mí, más que concebirse como una educación basada en una determinada ideología política, es aquella que se ancla en una ideología decididamente democrática. Educación militante es, en este sentido, una educación para y desde la democracia. Esto es, una educación que promueve y defiende el orden democrático, el cual, por definición es un orden liberal.

Para nadie es desconocido que la Universidad se funda en la universalidad de ideas y en la transmisión de valores que nos dan cohesión y nos unifican como sociedades. Uno de esos valores es el pluralismo, el cual se expresa en la capacidad de transmitir conocimientos desde la más amplia libertad, que es la libertad de cátedra e investigación, siempre que la misma, con independencia de sus sesgos y preferencias, se asiente en la transmisión de la multiplicidad de visiones y formas de pensar, cuyos conocimientos y volumen de autores contradicen el pensamiento único.

Acaso por ello, cuando se defiende la educación se defiende la autonomía universitaria, en tanto cualidad que impide que desde los intereses políticos se dicten los contenidos educativos y la forma de gestionar y dirigir a las comunidades universitarias. Y se defiende también la libertad, en tanto libertad para tener preferencias políticas o no tenerlas, y para expresar abiertamente las ideas y convicciones, las cuales sólo encuentran limitaciones cuando desde la autodeterminación académica se busca impulsar una educación de contenido religioso contraria al principio de laicidad o imponer una ideología política orientada a que, desde el Estado, se adoctrine al estudiantado para que posteriormente pueda engrosar las filas del partido, en abierta contradicción con la libertad ideológica y el pluralismo político.

Ningún gobierno, ni el actual de Morena ni ningún otro que llegue a ser mayoritario debe tener la capacidad de desmantelar la educación democrática bajo la pretensión de instalar una educación desde la militancia política, en vulneración del orden de valores y libertades que ampara el orden constitucional.

La UNAM y el CIDE deben permanecer como casas abiertas a todo el conocimiento, todas las visiones, las ideologías y las formas de pensar. De ahí que, quienes conformamos sus comunidades académicas y militamos en la retaguardia democrática debemos estar atentos para combatir, desde las ideas y con las libertades en la mano, el dogma del pensamiento único, fortificando el pensamiento universal, plural, crítico, tolerante y con conciencia social.