El delirio de grandeza y la obsesión con la historia hacen que el presidente y buena parte de su equipo tengan la mirada puesta en el pasado y no en el futuro. Primero, porque de malas y viejas prácticas saben mucho. Segundo, porque de tecnología e innovación entienden muy poco. De ahí que, entre otras malas decisiones, anunciaran la reducción de 18% en gasto de tecnología.

Todo lo que huela a progreso y desarrollo lo desprecian. Lejos de ver en la tecnología una herramienta que facilita procesos, reduce costos y ayuda a multiplicar el impacto; a esa tecnología que empodera y da voz a millones de ciudadanos frente al peligro de la tiranía, la ven como un estorbo o una amenaza.

El eslogan de campaña: “Juntos haremos historia” y las siluetas de algunos héroes patrios en toda la propaganda de gobierno sugieren que el presidente se considera uno más de ellos. De ahí que se sienta ungido para ser un parteaguas en la historia moderna de México.

En el marco de la celebración del día de la Constitución en Querétaro, afirmó que “a la Cuarta Transformación correspondería tener una nueva Constitución” porque la actual está “muy parchada”. Aunque apenas unos días antes él mismo repetía que, “al margen de la ley nada y por encima de la ley nadie”, en realidad está permitiendo que suceda todo lo contrario.

Basta observar el poco control que tienen sobre grupos criminales, sindicales y de choque, a quienes la ley y el respeto les importan muy poco. Basta reconocer el desprecio que muestran hacia tantas instituciones que, con tal de pasar por encima de ellas, se brincan leyes, normas y reglamentos para imponer su voluntad y gobernar por capricho, a modo.

John Locke nos advirtió: “Donde termina la ley, empieza la tiranía. Así ocurre cuando el que gobierna, por mucho derecho que tenga al cargo, no se guía por la ley sino por su voluntad propia; y su mandato y acciones no están dirigidos a la conservación de las propiedades de su pueblo, sino a satisfacer su propia ambición, venganza, avaricia o cualquier otra pasión irregular”.

Los socialistas bolivarianos aprendieron de su líder Hugo Chávez que, para hacer su voluntad sin restricciones, hay que redactar una nueva Constitución que avale y justifique todas sus locuras. Éste es el camino más seguro para destruir a sus países con la ley en la mano y pisar a quienes se les pongan enfrente.

Quizás esto parecía muy adelantado para la época de Locke. Siendo nuestra realidad, abramos más los ojos para entender que, donde termina la Constitución (vigente y se impone una nueva por capricho del presidente en turno), empieza la tiranía. Sobre aviso no hay engaño. No lo permitamos.

Twitter: @armando_regil

ArmandoRegil Velasco

Licenciado en Negocios Internacionales

Ágora 2.0

Licenciado en Negocios Internacionales graduado con mención honorífica por el Tec de Monterrey. Estudió Economía y Políticas Públicas en Georgetown University. Cuenta con diversos diplomados de institutos como: la University of International Business and Economics de Beijing.