Los alimentos pasan por los mercados financieros porque es ahí donde se maneja el dinero que los compra y los vende. Y los mercados son volátiles por naturaleza.

La visión global de un problema siempre será ingrata porque toma en cuenta los promedios y eso deja de lado las orillas, donde regularmente se viven los excesos y las tragedias.

En el caso de la alimentación mundial, el promedio nos indica que la división entre la producción global de alimentos y el número de seres humanos nos da un resultado de hombres y mujeres con posibilidades de no morir de hambre.

En la realidad -que rebasa la estadística-, hay extremos en los cuales hay un cabo que especula con los precios de los granos, utiliza los alimentos como sustituto de combustible, desperdicia enormes cantidades de alimentos ante una falta de conciencia social de procurar el ahorro.

Del otro lado, hay millones de personas en pobreza alimentaria que no tienen nada para comer. Otros tienen pero no lo suficiente para lograr niveles mínimos indispensables de nutrición para una vida sana.

En el promedio de la visión desde arriba, se estabiliza el precio del huevo porque ya cuesta menos de 40 pesos. En la realidad de los extremos, hay huevos almacenados y hay quien no tiene el ingreso diario suficiente para seguir comprando esta fuente de proteína.

Pero, a pesar de lo frío, ingrato y hasta inhumano que pueda resultar el promediar el hambre mundial y concluir que no hay una crisis alimentaria actualmente, es la mejor manera de evitar que se agudice el problema paradójicamente.

Vamos de regreso al caso local del huevo en el mercado mexicano. Con la gripe aviar detectada en ciertas granjas de Jalisco, se dieron dos fenómenos. El primero es el de la contención y erradicación de la enfermedad.

Esto implicó la suspensión de las ventas de este producto, la destrucción de los huevos que, involuntariamente, seguían poniendo las gallinas, la vacunación de los ejemplares que tuvieran curación y el sacrificio de parvadas enteras que podrían contraer la enfermedad.

Fue un golpe casi mortal para esa región avícola y un impacto muy severo para el mercado nacional que encuentra en esa región una de las principales fuentes del producto en el país.

Pero también ocurrió otro fenómeno propio de estos episodios, el fenómeno de la especulación. Ante la baja en la oferta de huevo de esa región el precio empezó a subir. No se necesita ser doctorado en Economía para que un comerciante se dé cuenta de que, si escondía la otra parte de su oferta, lograría un precio mayor por sus reservas.

Los medios de comunicación ayudaron muy bien a esta tarea especulativa haciendo de la historia del huevo su propio producto de venta especulativa. El resto de la historia es conocido.

A nivel mundial, ocurre lo mismo en la medida en que se generen expectativas de una nueva crisis mundial alimenticia, como la que se desató en el 2007-2008, se puede autocumplir esa profecía.

Los alimentos pasan por los mercados financieros, porque es ahí donde se maneja el dinero que los compra y los vende y los mercados son volátiles por naturaleza.

El rumor, el estado de ánimo, el sentimiento, la corazonada son participantes de las decisiones porque los mercados son operados por seres humanos y la condición subjetiva juega todo el tiempo.

En la crisis de la tortilla en México de inicios de este sexenio, la alarma especulativa se encargó de disparar los precios a pesar de que el abasto no estuvo en peligro. Al grito de: Ahí viene el lobo , todos corren.

Y los primeros que toman medidas negativas al mercado en medio del pánico son los gobiernos, que dejan de vender sus producciones o compran de más en los mercados y alteran el orden deseable de la oferta y la demanda.

Claro que este componente emocional es sólo uno de tantos de los que determinan las condiciones del mercado; en este caso, hay efectos negativos de la sequía en Estados Unidos y en Rusia que afectaron los rendimientos agrícolas.

El aumento de la demanda natural del crecimiento de China e India no se ha compensado con aumentos en la producción.

Los analistas, otra vez echando mano de ese pragmatismo que espanta el lado humano, dicen que lo bueno por ahora es que no hay un proceso de recuperación económica que aumente la demanda de alimentos en el mundo.

En fin que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el Grupo de los 20, el gobierno chino y hasta la Secretaría de Agricultura de México están seguros de que no hay ninguna crisis alimentaria en puerta.

Pero, otra vez, todo depende de lo que cada uno consideremos como la frontera de una crisis de alimentos.

ecampos@eleconomista.com.mx