El curso va .

Wong Li

Las cosas suceden. No por un moralismo gritón y fantasmático o por lo arbitrario de una voluntad que se cree directamente conectada con la razón, sino porque las cosas van y, justamente, la política se despliega en su propio devenir, el que le abren una infinidad de condiciones, de las cuales apenas algunas se pueden ver, pero casi todas escapan al conocimiento.

La democracia se ubica en esta trama: enlace complejo de disyunciones. Disyunciones en el decir y/o una tras otra. Se ha constatado esto desde el 1 de julio. Disyunciones de la política en las campañas, tanto por las diferencias de los proyectos como por los ataques recíprocos fundados o infundados y las respuestas que se les dan. Disyunciones de los votantes, a tal punto que se excluye al otro, se busca que desaparezca. !Vete. No te queremos aquí! Se está convencido de que el propio sí es el bueno y el otro es el malo. Una partición. Y así sucesivamente. La democracia es un conjunto de disyunciones políticas, sociales, culturales. Ése es su primer momento, al que vuelve según el ritmo de las cosas y de los cuerpos y de las palabras.

El segundo momento convoca a la re-unión. Uno detrás de otro en la fila de votantes. Luego, recuento único de las boletas que registran la decisión de los ciudadanos por uno o por otro de los candidatos. La cuenta del IFE es eso: reunión, suma. Si bien se trata de un acercamiento impensable de los singulares representados por esa hoja legal, sería imposible que cada uno hiciera su cuenta. Física, política, jurídica y ontológicamente imposible. Además, no tendría caso. Cada uno se perdería en esa pila enorme de papeles. Aquí, lo que hace que la cuenta cuente, es que sea una única cuenta.

Luego, la validación legal de la cuenta. O, lo que es lo mismo: la validación constitucional y legal del acercamiento a las urnas a votar y de las cifras de esa votación. En este segundo punto sucede lo mismo que en el anterior. Lo mismo y de manera más radical. Hay un solo Trife. No puede haber 80 millones de Trifes. Si así fuera, cada votante se mantendría en la perdición y el aislamiento. Es momento de la ley, de la dura ley.

Una consecuencia a meditar: en la democracia, el conflicto no es el último árbitro.