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¿Dictador en ciernes?

El año pasado fue desalentador para Ucrania. La contraofensiva de verano contra las fuerzas rusas no produjo los resultados esperados, el apoyo de Occidente empezó a mostrar signos de debilitamiento y el liderazgo del presidente Zelensky (tan sólido al principio del conflicto) ha empezado a ser cuestionado. Sin embargo, la guerra aún está lejos de ser una causa perdida para Ucrania. Siempre fue poco realista esperar un resultado concluyente para 2023, pero ahora la trayectoria dependerá de factores no fáciles de controlar.
Como se trata de una guerra de desgaste con líneas de frente endurecidas, será en distintos procesos electorales donde podrían verificarse consecuencias relevantes. Las elecciones presidenciales en Rusia, a celebrarse en marzo, seguramente se saldarán con una victoria para Putin, aunque probablemente el dictador no estará del todo inmune a presiones políticas internas, ya sea entre las facciones de seguridad de línea dura o con los crecientes movimientos de protesta contra la guerra. En Estados Unidos la evolución en Ucrania será un factor importante hacia los comicios presidenciales de noviembre. También lo será en junio cuando se celebren las elecciones para el Parlamento Europeo.
La continuación de la asistencia financiera de Estados Unidos y la Unión Europea será fundamental para sostener el esfuerzo bélico porque si se redujera significativamente se socavaría la posición estratégica de Ucrania. Sin embargo, el frente político interno conserva los retos más ingentes. Volodymyr Zelensky ha presentado la guerra contra Rusia como un conflicto de la democracia contra dictadura, pero su posición personal se ha ido deteriorando. Hace cosa de un mes el popular alcalde de Kiev, Vitali Klitschko (un excampeón de boxeo), acusó a Zelensky de convertirse en un autócrata no muy diferente al dictador ruso y lo criticó duramente por su manejo de la guerra. Ciertamente han sido adversarios políticos desde hace tiempo, pero se habían aliado ante la emergencia bélica y no se esperaba una condena pública tan contundente. Y no es el único.
Denuncias contra Zelensky proliferan incluso en círculos militares. Lo inculpan de perder sentido de la realidad y de mentir sobre el verdadero desarrollo de la contienda. El comandante en jefe del ejército ucraniano reconoció en diciembre el estancamiento militar y responsabilizó a Zelensky “por los errores cometidos”. Un ex jefe de gabinete lo acusa de “engendrar odio por cualquier opinión diferente a la suya”. También muchos críticos lo culpan de haber aumentado la corrupción y de favorecer la lealtad ciega sobre la competencia en los nombramientos en el Poder Ejecutivo.
Las elecciones presidenciales ucranianas estaban previstas para marzo, pero la ley marcial -introducida tras la invasión- las prohíbe. Con miles de soldados en el frente, sectores importantes del territorio nacional ocupados por el enemigo y millones de ciudadanos refugiados en el extranjero celebrarlas parece absurdo, y la mayor parte de la oposición está de acuerdo con un aplazamiento electoral. Pero Ucrania no puede darse el lujo de devaluar la legitimidad democrática de su lucha contra Putin. En algún momento no muy lejano se deberán explorar las posibilidades de celebrar comicios incluso bajo las condiciones precarias impuestas por la guerra. Por cierto, Zelensky sería el primer beneficiado si demuestra no ser un dictador en ciernes.