Se puede llegar a un artista por coincidencia, por recomendación o por error. Yo llegué a Diana Krall por error. En realidad estaba buscando música de su marido, Elvis Costello (idolito mío) y san Google me arrojó “One of those things” cantada por esa voz etérea de la Krall.

“One of those things” es una canción triste disfrazada de alegría. Es alguien parándole el carro a otra persona: “No estoy enamorada de ti, sólo fue una de esas cosas divertidas de un ratito”.

La canción es lo que llaman lo sapientes del jazz un American Standard, es decir una parte inevitable de la tradición musical estadounidense. Bueno, con Krall es una maravillita, un brillo circundante a su gran carrera.

Después la descubrí cantando en vivo en su disco Live from Paris y me hizo sentir que algo de Nina Simone seguía vivo, aunque sean ambas tan diferentes. Tienen en común el profundo sentimiento que ponen en sus interpretaciones al piano, que las convierte en músicos virtuosos.

Pero sus canciones, tanto las de Nina como las de Diana, me ponen triste, aunque ella juegue con su piano y sea muy chistosa en sus conciertos. Creo que, como dice cierta canción pop, uno se puede volver adicto a cierto tipo de tristeza. Diana Krall es mi tipo de tristeza. Y es el tipo de tristeza de millones de personas en el mundo.

Creo que podríamos medir el índice de melancolía per cápita por el volumen de reproducciones en Spotify de Diana Krall.

En cuanto supe que venía a la Ciudad de México corrí a comprar boletos. Y resulta que a ninguno de mis amigos les gustaba la Krall. Que si es aburrida, que qué hueva, que quién es Diana Krall. Que si es música de elevador, y me gritaron mueras al jazz blanco.

En fin. El día del concierto había una tocada de heavy metal en El Lunario y yo pensaba: “¿No debería yo estar allá en vez de aquí con puro ñor?”. Creo que ya envejezco.

Al final me jalé a una amiga medio a fuerzas, la cual se pasó toda la noche pidiendo “Stormy weather” y haciéndome pasar vergüenzas. Se aburrió de lo lindo.

Pero yo no. Ah, qué genial, qué maestría tiene el grupo de la Krall. Lo mejor es que es una verdadera banda de jazz aunque lleve el nombre de la vocalista: Diana Krall comprende que ella es solo una parte del ensamble. Cada uno es un virtuoso en lo suyo y cada uno toma su parte de la canción y la convierte en un universo.

Cuando Diana tocó “Night and day” de Cole Porter casi lloro. Tengo el corazón roto (ya saben, es una de esas épocas duras para el amor) y cante con todo el pecho eso “Only you beneath the moon and under the sun”. Todo el concierto en el Auditorio Nacional podría ser el sountrack de una película de amor fallido.

La banda de la Krall se echó un coverazo de “Temptation” de Tom Waits, hermoso. Oh, tentación, no puedo resistirme. Cuando la voz susurro de Krall la canta uno no puede sino creerle: esa mujer se muere de deseo.

Cuando salimos del concierto, llovía. El petricor, ese dulce olor de la tierra mojada cuando comienza a llover, ya había desaparecido, al parecer en Polanco había caído un aguacero mientras yo me limpiaba las lágrimas cuando Diana se echaba un cover de Bob Dylan para cerrar su actuación.

Qué les puedo decir: amo a Diana Krall, amo su melancolía. Ya sé que no es Billie Holiday ni Etta James o Dinah Washington, pero es una dotada para la música y para el escenario. A veces es sabroso entristecer.

Concepción Moreno

Columnista y Reportera

Garage Picasso