Faltaba poco más de un año para que las campanas se lanzaran al vuelo y la revuelta dejara de ser una mera idea, un plan salido de las reuniones secretas que, después de hablar de política, terminaban en alegres saraos; hambrientos de vino y baile pero también de patriotismo. Corría el año de 1809 y era día de reunión. A invitación del teniente don Mariano Michelena, del capitán José María Obeso, del cura Mariano Ruiz de Chávez, del comandante Mariano Quevedo, del licenciado José María Izazaga y del fraile Vicente de Santa María, varios delegados, incluyendo algunos conspiradores de Querétaro y Guanajuato fueron convocados a una junta urgente. Era el 9 de septiembre. Allende y Abasolo no pudieron acudir y no pudieron escuchar otra vez el plan: si España sucumbía ante la invasión napoleónica, México debería de rendir su adhesión a Fernando VII y ser gobernado por un Congreso que desbancara al virrey, tranquilizar los ánimos en la Nueva España y, de paso —pensaban algunos— trabajar por lograr la Independencia.

También se acordó que la revuelta debía estallar el 24 de diciembre.

Dios habrá participado en impedir que en la fecha tan señalada se tomaran las armas y fuera nombrado el Congreso porque solamente tres días antes, el 21 de diciembre de 1809, los conspiradores fueron aprehendidos. Se les formó causa de inmediato y ellos tuvieron tan buenas artes para defenderse que, al final, nada serio resultó en su contra y fueron puestos en libertad. Pero la solapada conjura de Valladolid cambiaría de domicilio, llegarían a Querétaro con grandes ventajas: la protección del corregidor Don Miguel Domínguez y su esposa que, además de cocinar magnífico, concordaba con su marido y no tenía problema en ser perfecta anfitriona de los partidarios al nuevo gobierno que reclutaba su marido.

Con el nombre de María de la Natividad Josefa Ortiz Girón, hace 251 años, es decir, el 8 de septiembre de 1768, vino al mundo aquella que habría de ser heroína de la Independencia y mejor conocida como “la corregidora”. Sus padres se llamaron Juan José Ortiz y Manuela Girón. Muy pequeña los perdió a ambos y quedó bajo la tutela de su hermana mayor con quien fue a vivir a la capital del Virreinato. Allí, realizaría estudios en el Colegio de San Ignacio, hasta abandonarlo para unirse en matrimonio con Miguel Domínguez, abogado oriundo de la ciudad de México, miembro de la Audiencia y oficial mayor del Supremo Gobierno de la Nueva España. Guapo, próspero y elegante, para el año de 1802 Miguel Domínguez ya era corregidor de Querétaro, nombrado por el virrey Marquina, estaba casado con Josefa, de temperamento emprendedor y gran talento para abordar y resolver cualquier problema o situación delicada. El matrimonio fue perfecto y muy apreciado por toda la población de aquella ciudad.

Igual que en Valladolid, en Querétaro se extendió el espíritu libertario, y con el pretexto de tratar sobre temas culturales y artísticos el matrimonio Domínguez, antes de ofrecer su casa, se reunía en la Academia Literaria del clérigo José María Sánchez con los oficiales Allende y Aldama, los licenciados Lasso y Parra y los hermanos comerciantes Epigmenio y Emeterio González, entre otros. Ya se sabe y lo sabemos: aquellas tertulias eran en realidad juntas secretas donde la situación del Virreinato y los caminos para enfrentarla eran siempre el tema del día. A través de ellas, Allende informaba al también cura Miguel Hidalgo sobre los movimientos políticos y los acuerdos sobre la conspiración. Pero la seguridad los obligó a convertirse en trashumantes: además de la casa del padre Sánchez, las tertulias también se realizaban en el hogar del licenciado Parra, en la casa de la madre del boticario y, finalmente, hasta en la del mismo corregidor, decisión motivada por la entusiasta doña Josefa.

La corregidora, se dice, se había involucrado en la Independencia a través del capitán Ignacio Allende, de quien se ha sugerido estaba comprometido con una de las hijas de los Domínguez. Por él fue que doña Josefa —una madre dedicada muy atenta a sus 14 hijos y sus amigos— se enteró de los planes de una conspiración para liberarnos del Imperio Español y no tuvo duda. Su alma ardiente e ilustrada confundió en un mismo sentimiento a la familia y a la patria e insistió en ofrecer su casa. Su papel como corregidora, esposa de una autoridad, sería muy conveniente para el movimiento: podía informar con toda certeza sobre las medidas y movimientos del gobierno sin despertar sospechas.

En 1810, las juntas en casa de Josefa comenzaron a notarse. Si bien iban aumentando el número de seguidores, también la atención de las autoridades. Y las denuncias también aumentaron. Tras varias acusaciones, un anónimo fechado el 9 de septiembre delató, desde San Miguel, las idas y venidas de los capitanes Allende y Aldama entre Dolores y Querétaro. Señalaba un próximo levantamiento contra los españoles. El día 10 el capitán Joaquín Arias denunció una conjura y finalmente la conspiración fue totalmente descubierta. Las medidas fueron inmediatas: el 11 de septiembre el comandante Juan de Ochoa informó al virrey tener la certeza de que el corregidor de Querétaro estaba coludido con la conspiración y que en su casa guardaba armas y proclamas sediciosas. El día 13, otra denuncia contra el corregidor, lo orilló a pretender “una investigación formal y ordenar el cateo de la casa donde se guardaba material de guerra”. Mientras lo hacía, debido al impulsivo carácter de su esposa y para protegerla, sin darle explicaciones la dejó encerrada en su casa.

Pero Josefa no era tonta. Se enteró que la conjura había sido descubierta, las autoridades habían encontrado las lanzas y las balas y aunque su marido la había dejado encerrada en su casa sabía que era  absolutamente necesario avisar a los demás.

Cuenta la leyenda que entonces se quitó el zapato y comenzó a golpear fuerte en el piso. El alcalde Ignacio Pérez alcanzó a escucharla, y cuando se asomó por el agujero de la llave, Josefa le dijo que sin perder un segundo se encaminara a San Miguel el Grande y enterara al capitán Allende lo que pasaba en Querétaro.

Todo se hizo sin exactitud, pero con presteza.

A las 2 de la mañana del día 16 de septiembre todos estaban reducidos a prisión, todavía sin saber que Miguel Hidalgo, convocaría al pueblo a levantarse en armas durante la misa patronal de aquel mismo día. Es decir, casi al amanecer del 16 de septiembre de 1810. Doña Josefa, en calidad de prisionera, fue encerrada en el convento de Santa Clara acusada de los crímenes más atroces. Vivió mucho tiempo en distintas prisiones conventuales y no ganó su libertad sino hasta 1817.

Nunca dejó de apoyar a los Insurgentes. Rechazó premios, y prebendas, burlándose, hasta su muerte, del título de madre de la Patria.

La corregidora falleció de tisis en 1829 en la Ciudad de México, todavía con su carácter y valor intactos. Para la Historia y leyenda patria, —es el tercer personaje cuyo nombre se grita en la celebración de Independencia— aunque ya no aparezca retratada en ningún billete —y no le hubiera gustado—, Josefa se convirtió en una heroína. Será porque todo en ella, desde su casa y su pensamiento hasta su zapato, lograron el nacimiento de la patria.