Vivimos un momento por demás desafiante. La pandemia nos ha recordado lo vulnerables que somos y lo frágil que es la vida. Vivimos como si nunca fuéramos a morir hasta que un virus nos sacude completamente para hacernos ver que la vida es sagrada y que cada instante que parpadeamos, respiramos, nos movemos y abrazamos a nuestros seres queridos, en realidad es un milagro.

Dicen que cuando te resistes a pasar una prueba, la prueba persiste. México, un país lleno de vida, lleva años convertido en cementerio a causa de la violencia. Los malos gobiernos, especialmente el actual, han provocado que, lejos de mejorar y avanzar, empeoremos y retrocedamos en la defensa de la vida.

No solamente es la propagración del crimen más aberrante al que muchos se empeñan en justificar, el aborto, pero son innumerables las causas de muerte que hemos acpetado y tolerado y que nos convierten en un país en donde tristemente el duelo y el luto son parte de nuestra vida cotidiana.

Superar oficialmente los 100,000 muertos por Covid-19 debería de movernos a ser y exigir algo más. Es un recordatorio doloroso de lo que hemos hecho mal y lo que hemos dejado de hacer. Los mexicanos nos hemos mal acostumbrado a las malas noticias, a leer que diario mueren miles y creer que es “normal” o que da igual mientras no pase en nuestra familia o a nuestros amigos hasta que cada día empezamos a ver y sentir que la tragedia está más cerca.

Es hora de reflexionar profundamente nuestro compromiso con la defensa de la vida y nuestra relación con la muerte, no como parte natural de la vida sino como consecuencia de malas decisiones, malas políticas y una maldad creciente a la que no podemos ni debemos acostumbrarnos.

Es evidente que en México han muerto mucho más de 100,000 personas a causa de la pandemia además de todas las víctimas a causa de la violencia y el crimen. Tenemos un gobierno que no respeta los derechos más fundamentales como la vida y la libertad; un mal gobierno al que no le importa que mueran miles de niños o adultos por falta de medicamentos; que da la espalda a quienes sufren la tragedia de perderlo todo después del paso de un huracán; un gobierno miserable que está más preocupado por vengarse y propagar el odio y el resentimiento que por salvaguardar la vida y garantizar la seguridad de todos los ciudadanos.

Ante esta realidad, sólo podemos tomar decisiones sensatas para prevenir y no esperar a lamentar, hacer lo que esté en nuestras manos y cuidarnos; ser responsables y cuidar a los demás. Ser más solidarios y procurar ayudarnos unos a otros a enfrentar y superar estos desafíos.

Mientras logramos frenar y revertir el daño provocado por el gobierno, tenemos que ser más valientes en defender la vida y alzar la voz por quienes no se pueden defender. Unámonos y defendamos la vida en todas sus etapas desde la concepción hasta la muerte natural. No nos acostumbremos a morir en vida perdiendo la esperanza. Aún hay un largo camino por delante.

Twitter@armando_regil