Las grandes historias, o los grandes momentos de las historias, se construyen de sorpresas. Se hilan a partir de una sucesión de brechas entre las expectativas y los sucesos. En medio de un escenario poco alentador, aparece la chica del bikini azul.

Empecemos por el escenario. La semana pasada, los nuevos nombramientos al equipo energético de López Obrador generaron expectativas negativas entre la comunidad de negocios, mexicana e internacional. Por más que algunos de los nominados se defiendan resaltando alguna experiencia técnica en su carrera, todo esto se leyó como la creación de un equipo político que se esperaría que actúe más movido por votos y grilla que por puntos del PIB o calificaciones crediticias. Las promesas que impulsaron, además, sonaron ambiciosas al grado de ser desproporcionadas. La retórica que la mayoría de ellos han empleado contra la reforma en el pasado sólo agregó leña al fuego.

De pronto, flash. Rocío Nahle apareció de nuevo en escena y le dijo a Oscar Mario Beteta que considera positivo que empresas petroleras distintas a Pemex operen en aguas profundas, asuman los riesgos y transfieran tecnología a nuestro país. La próxima secretaria de energía prometió, en vez de barrer hacia el pasado, construir de cara al futuro. En el álgido tema de los contratos de las rondas, revisar empezó a rimar con analizar, estudiar, entender.

De nuevo, flash. Bartlett se transformó a sí mismo de aguerrido opositor a pragmático director de empresa productiva del Estado. Hablando sin hablar, reconoció que “la reforma energética está funcionando” y prometió no echar abajo lo que históricamente más le había dolido: la parte eléctrica.

Una y no más. Es ésta su oportunidad.

Por un tiempo, el equipo de López Obrador ha posicionado que el sector energético es “especial”. Lo dicen mientras les prometen a todos los inversionistas serios de casi todas las industrias continuidad y certidumbre, pidiendo confianza a cambio. Algunos del equipo aún parecen creer que podrían dislocar el sector energético del resto de la economía y que no habría un impacto en las inversiones de otros sectores.

El problema es que los inversionistas globales parecen no compartir la visión. Ven a la energía como un elemento central. Un ejemplo: cuando López Obrador anunció su plan de infraestructura de varios cientos de miles de millones de pesos, enfatizando la necesidad de asociaciones público-privadas, el Financial Times (FT) —un buen termómetro de la conversación en círculos financieros— apenas incluyó la nota en versión digital. Cuando López Obrador anunció sus planes petroleros, con inversiones adicionales de menos de 100,000 millones de pesos, se convirtió en un reportaje en la página dos. El artículo cuestionaba que no se hubiera planteado acelerar las asociaciones de Pemex con privados, un aspecto clave del nuevo modelo.

Claro que el FT y la posición que ocupó esta nota en sus páginas no es la única evidencia. Moody’s ha anunciado que los planes hasta ahora exclusivamente fincados en Pemex ponen en riesgo el grado de inversión de la petrolera.

En este contexto, con los mercados expresando dudas, el reposicionamiento de Nahle y Bartlett genera una oportunidad extraordinaria. Abre la puerta para que se cambie la narrativa y se construya de cara al futuro.

Muchos han descrito por qué López Obrador necesita la reforma energética. David Mares, del Institute of the Americas, lo ha planteado también al revés: que la reforma energética necesita a AMLO. En su opinión, López Obrador y su equipo podrían construir una coalición política que le dé estabilidad al modelo energético en el largo plazo, algo indispensable. ¿Qué mejor validación de una política que la de los que en algún momento se opusieron?

Pero no hay que acelerarnos. Sólo fue un flash. Todavía no sabemos si Luis Miguel o la chica del bikini azul aprovechan su oportunidad. Quizás eso venga en la próxima temporada.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell