Nunca me he subido a un submarino, tampoco he visitado una estación espacial y debo confesar que la mera verdad no me arrepiento de haberme perdido de esas ¿emocionantes? experiencias. Puedo presumir de que me he quedado un par de veces encerrada en un elevador y esas vivencias que duraron unos cuantos minutos, 15 o 20 cuando más, no me fueron especialmente placenteras. Ah… pero la vida te da sorpresas y ahora llevo casi dos meses en un cuasi voluntario cautiverio. Y digo que casi casi voluntario por tener el privilegio de poder quedarme en casa y ganarme la vida desde ella. Gracias a esto he podido confirmar que los psicólogos que se han dado a la tarea de estudiar el fenómeno de las cuarentenas tenían y tienen toda la razón. Veamos.

A los humanos nos afecta mucho estar encerrados y más aún no poder abrazar a otras personas o al menos a los humanos que nos dé la gana. Somos animales gregarios, disfrutamos estar con otros, sea para amarlos, sacarles los piojos o hacerles la vida imposible. En el fondo somos unos simios claustrofóbicos, a los que seguramente ese inconsciente colectivo que dibujó Jung y del que formamos parte nos insiste en que debemos estar afuera (cualquier cosa que eso sea) para correr, cazar, treparnos a los arboles y, si es en compañía de otros, pues ¡mucho mejor! Pero… ahorita no se puede.

Nuestro cerebro está diseñado para favorecer nuestras capacidades sociales. La empatía, el respeto por el otro, lo que conocemos como compasión dependen de mecanismos bioquímicos y circuitos eléctricos especializados en hacernos proclives a estar y compartir con los demás. La oxitocina, un mediador químico de nuestros cerebros, es al parecer la sustancia prosocial por excelencia que actúa en favor de las interacciones positivas o negativas que logramos establecer con otros seres vivos. En los trastornos sociopáticos, en las demencias, en el autismo o en la esquizofrenia las relaciones con los otros no resultan tan importantes, pero para la mayoría de los seres humanos disfrutar de estar afuera de la jaula al parecer sí es un requisito para la salud mental. Existen desde luego casos de excepción como en la agorafobia, trastorno en que precisamente resultan insoportables los espacios abiertos, que en quienes la padecen generan casi la misma ansiedad y estrés que para nosotros el confinamiento.

Si tú estas como yo, dentro de la caja, solo o acompañado, estoy segura de que te sientes estresado y por momentos con deseos de mandar todo al carajo, abrir la puerta y escapar. Mejor no lo hagas, saca tu estampita y detente. Esto es perfectamente normal y el secreto de sobrevivir a la pandemia y no morir en el intento es desarrollar con pequeños gestos, actitudes y actividades una coraza de resiliencia hasta que pase la emergencia.

Ahí te van algunas recomendaciones:

Nada es para siempre, lo único permanente es el cambio. Esto va a terminar: de mal o buen modo te aseguro que esto no será para siempre

Nomás aguanta sólo por hoy. No te pongas a pensar cómo vas a estar dentro de quince días, o como enfrentar la desastrosa situación económica del país. Sobrevive hoy. Si controlas tu ansiedad y bajas tus niveles de estrés será mucho más fácil encontrar soluciones a mediano y largo plazo.

Ten una rutina diaria. Quítate la pijama, ponte horarios para trabajar y para descansar. Si estas en compañía de tu familia y ya no la soportas, primero no te sientas culpable: a todos nos pasa. Mejor busca algún espacio y momento para estar solo o sola (como se dice ahora).

Fortalece tu resistencia con endorfinas, esas maravillosas sustancias que produce tu cerebro al hacer ejercicio, reírte, oír música, hacer el amor o comer chocolates. O sea date de vez en cuando un gustito.

Y por último:

Acepta la vida como viene: siempre todo puede ser peor. Y, para fortalecer tu optimismo, recuerda que la vida es dura y después… ¡te mueres!

Me puedes escribir y plantearme tus dramas psicológicos a:

@TVale2012

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.