Desde hace meses y hasta el sábado pasado, circuló por Internet y Facebook una profecía atribuida a Harold Camping, consistente en que el pasado sábado, 21 de mayo, comenzaría el fin del mundo. Evidentemente el vaticinio no se cumplió, prueba de ello es que hoy lunes 23 estoy escribiendo lo que usted leerá mañana martes 24.

(A no ser que el augurio venga con dos o tres días de retraso. De ser así me causaría un gran disgusto que el evento de clausura de lo que llamamos mundo sucediera luego de terminar mi artículo, no sólo porque usted, lectora-lector, se privaría de leerlo sino, sobre todo, porque yo me privaría de cobrarlo).

El pronóstico que aseguraba el fin del mundo para el sábado pasado corrió la misma suerte que la mayoría de las promesas hechas por los políticos: no se realizó. Harold Camping es un hombre de 90 años que ha dedicado 54 de éstos a estudiar e interpretar la Biblia, capítulo por capítulo. Es ingeniero civil de profesión y contra lo que se pudiera imaginar no pertenece a ninguna religión. Tiene un círculo amplio de seguidores que se congregan en torno de las interpretaciones numerológicas que Camping hace de la Biblia y que propaga desde 1961 a través de su propia estación radiodifusora: Family Radio, instalada en Oakland, California, y recientemente por el portal de Internet de la misma: www.radiofamily.com. (El último punto indica el final del párrafo, no pertenece a la clave para acceder a la página en la web).

Fue en octubre del 2010 cuando Camping formuló su profecía: Un gran terremoto sacudirá la tierra el 21 de mayo del 2011, uno que jamás el planeta haya sentido en su historia. Las tumbas se abrirán y los restos de las personas que murieron como verdaderos creyentes y seguidores de Dios resucitarán y se irán al cielo . (Según los creyentes del presagio y su creador sólo alcanzarían esta gracia 200 millones de personas -3% de los 6,000 millones de seres que poblamos el mundo actual-, 0.013% de los aproximadamente 115,000 millones de humanos que han vivido en toda la historia del planeta. Harold Camping no explicó por qué los elegidos sólo serían 200 millones, quizás, en su carácter de ingeniero civil, conoce el aforo del cielo y sabe que no cabe un alma más en tal recinto. Otra posibilidad es que los 200 millones de seres aludidos por el profeta fallido serían los que tendrían su boleto celestial asegurado, el resto, para entrar al estadio celeste, tendríamos que recurrir a la reventa).

Para hacer su predicción, el ingeniero Camping se basó en el día de la creación del mundo -año 11,013 a.C., sin que pueda asegurar si fue en la mañana o por la tarde-, el día en que Jesucristo fue crucificado, viernes 1 de abril del año 33 d.C., más los números de ciertos pasajes de la Biblia -que multiplicó por dos, les sacó mitad y les quitó el número que pensó- y así pudo establecer el 21 de mayo del 2011 como el día que sería el inicio del juzgamiento de Dios a la humanidad. El Apocalipsis, aseguró Camping, iría hasta el 21 de octubre, donde no quedará rastro de la existencia del planeta. Los cuerpos de los que no se salvarán serán lanzados sobre estiércol y arena, y sus restos se desintegrarán de la vergüenza ante los ojos de Dios -anunció el fracasado adivinador-; serán comidos por los gusanos y los animales. Así será hasta el 21 de octubre -factible fecha del destape de Peña Nieto-. Cualquiera que quede vivo después de ese día, será aniquilado por el fuego y nunca más será recordado (¿Recordado por quién?).

El suspirante Cordero

A estas alturas de la columna, el lector se preguntará: ¿Qué tiene que ver Ernesto Cordero, secretario de Hacienda y Crédito Público, con el fin del mundo falsamente anunciado por el senil ingeniero Harold Camping, según se deduce del encabezado?

A eso voy. Pero antes les comento: El pasado jueves salió a la venta el libro Los Suspirantes 2012, coordinado por Jorge Zepeda Patterson, donde se pueden leer las semblanzas -el devenir de sus carreras políticas y fragmentos biográficos- de nueve precandidatos a la Presidencia de la República, escritas por otros tantos destacados periodistas -el coordinador incluido-. Un décimo capítulo, a cargo de Rita Varela Mayorga, está dedicado a una semejante descripción, más breve pero igual de interesante, de otros cuatro personajes políticos que suenan menos pero también suspiran.

Correspondió a nuestro director editorial, Luis Miguel González, el capítulo referente a Ernesto Cordero Arroyo. Me daré el lujo de que mi jefe me eche una mano en esta colaboración a través del viejo truco de transcribir su ágil y bien construida prosa. De manera alterada reproduciré, entre comillas, párrafos de algunas observaciones y comentarios que sobre el actual Secretario de Hacienda escribió el excelente periodista jalisciense:

‘Yo no voy a competir’, contestó Ernesto Cordero. El Presidente había convocado a una comida en Los Pinos con un tema único en la agenda: ¿quién se apuntaba para la candidatura presidencial? La fecha, sábado 29 de mayo del 2010 (...) La negativa de Cordero sigue vigente, pero no puede interpretarse al pie de la letra. El Secretario de Hacienda acompaña a la caballada a distancia prudente. Dice no en público, pero se prepara para que ocurra un sí . (...) Va tejiendo sus aspiraciones de manera discreta, tan discreta que parece confusa. ‘Les deseo mucha suerte’, dice de los otros panistas que se han destapado . (...) El delfín que no quiere nadar, lo llamó René Delgado, director editorial del periódico Reforma. En ese querer sin querer nos remite a otra época. Actúa como si lo guiara un manual de los tapados de los tiempos del PRI. ‘Yo no aspiro a la candidatura, sólo quiero cumplir las tareas que me ha asignado el Presidente’, dice una y otra vez . (...) Cordero vive a su modo la comezón del quinto año. Se asoma al escenario y regresa al backstage. Bajo los reflectores ejerce su papel de precandidato con reticencia. En cada sí, hay algo que tiene un quizá . (...) Su apuesta es consolidar la recuperación económica y aprovecharla para impulsar su candidatura, pero no ha encontrado la forma de contar esa historia y conectarse con el mexicano de a pie. Ha escrito los guiones y operado con habilidad en la tramoya, pero no ha terminado de apoderarse del escenario, ¿será capaz de asumir con éxito el papel protagónico? .

Hasta aquí, las parcialidades del interesante análisis de Luis Miguel González que tomé prestadas para a partir de ellas hacer una conjetura propia y como tal desmesurada; producto de mi distorsionada óptica para percibir a los políticos y sus maneras de actuar. Pese a su sapiencia en materia de Finanzas Públicas, su licenciatura en Actuaría del ITAM, su maestría en Economía de la misma institución, así como sus estudios de posgrado en esta materia en la Universidad de Pensilvania, el Secretario de Hacienda, en otros aspectos es ingenuo. De esto dio pruebas cuando afirmó que con 6,000 pesos mensuales una familia puede mantenerse con comodidad y mandar a sus hijos a una escuela de paga. Con ese mismo candor pudo creer que la profecía sobre el fin del mundo hecha por el senil ingeniero de Oakland, California, era cierta. De ahí su ambigüedad para aceptar la candidatura presidencial. ¿Para qué lanzarme abiertamente como candidato -se cuestionaba- si el mundo se va a acabar el 21 de mayo del 2011?

Pero ya pasó la siniestra fecha y el mundo sigue girando, así que ¡ánimo señor Secretario! Ábrase de capa y díganos sin ambages: sí quiero y sí puedo. Según relata Luis Miguel en el precitado apunte, tiene usted un buen de características positivas que los ciudadanos ignoramos: sencillez, sabe delegar, aprende rápido; tiene ideas avanzadas -muy lejos de la órbita del panismo conservador- sobre temas como los matrimonios gay y la adopción; inclusive su gusto por el futbol, las chaparritas del Naranjo y la comida chatarra son particularidades que en manos de una buena agencia de marketing político podrían hacer de usted un candidato atractivo. Ojalá y no le suceda lo que a la zorra con las uva

Oí por ahí

Pepito leyó en su Facebook: Mañana es el fin del mundo . De inmediato, el pícaro chamaco va con su mamá y le dice: Mi último deseo es que mañana me hagan la circuncisión. Así, mientras me muero, me la pelan.

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