La inteligencia sin ambición es como un pájaro sin alas.

Salvador Dalí.

Generalmente, tendemos a pensar que la forma en la que percibimos el riesgo financiero y nos mostramos más o menos adversos a éste cuando tomamos decisiones de inversión, depende de la información con la que contamos y de nuestra capacidad cognitiva para procesar esa información.

Así, se tiende a pensar que personas con un mayor coeficiente intelectual, tenderían a mostrar una conducta más acorde con los principios de maximización de la utilidad esperada. Otros estudios han mostrado, sin embargo, que ciertos elementos de inteligencia emocional, inciden también en la forma en la que decidimos cuándo existe un riesgo asociado.

En el estudio “Are Time Preference and Risk Preference Associated with Cognitive Intelligence and Emotional Intelligence?”, de Ackert, Deaves, Miele y Nguyen, se trató de analizar cómo ambos tipos de inteligencia tienen efectos sobre las preferencias en el tiempo de las inversiones y la aversión al riesgo.

En relación con la preferencia al tiempo se encontró que, las personas con mayores niveles de inteligencia emocional, sufren menos afectación por los sesgos que orientan la recompensa de corto plazo y tienden a tener mayor nivel de paciencia, cualidad que, tratándose de inversiones, resulta fundamental.

El estudio define la inteligencia emocional como un conjunto de habilidades que incorpora la habilidad para automonitorear las emociones y sentimientos, al igual que monitorear las de otras personas, discriminando dicha información y utilizándola para guiar de manera más prudente las propias acciones.

Se encontró que los inversionistas con altos niveles de coeficiente intelectual son menos propensos a caer en ciertos sesgos de decisión, como el efecto de disposición, que tiende a utilizar información que esté a la mano, aunque no sea necesariamente la más adecuada para tomar decisiones.

En ejercicios teóricos las personas con mayor coeficiente intelectual tienden a tomar mejores decisiones, pero cuando se les enfrenta a decisiones reales, el efecto positivo disminuye. Siendo aparentemente más afectados por factores vinculados con la inteligencia emocional al enfrentarse a decisiones de corto plazo, pero con implicaciones en el largo plazo.

En principio, una mayor capacidad cognitiva de procesamiento de información, relacionado con un IQ mayor, contribuye a tomar mejores decisiones. Pero en condiciones en las que el riesgo puede generar un efecto negativo en la percepción de las personas, el beneficio de un IQ elevado disminuye, en ausencia de habilidades de inteligencia emocional, que permitan procesar la información en condiciones de incertidumbre.

Resulta importante la conclusión que plantea el estudio, sobre la necesidad de aparejar el desarrollo de capacidades específicas de inteligencia emocional, particularmente aquellas que nos permiten enfrentar condiciones de incertidumbre y entender las implicaciones del riesgo, para resistir las tentaciones de recompensas de corto plazo.

Todas estas condiciones están asociadas a tomar mejores decisiones, particularmente en el largo plazo, que evitan la toma innecesaria de riesgos y a la vez asumir riesgos, “adecuados” a las duraciones y objetivos de largo plazo de la inversión, por ejemplo, tratándose de temas como el ahorro para el retiro.

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor en la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

[email protected] – síguelo en Twitter @martinezsolares

Raúl Martínez Solares

CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo

Economía Conductual

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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