Recientemente, el Ministerio del Trabajo en Francia abolió una ley que prohibía comer en el lugar de trabajo en razón de la pandemia de Covid-19 que estamos viviendo.

Llama la atención cómo este decreto de ley existía a la vez como una medida de protección de los trabajadores, pero también de las medidas de higiene y seguridad dentro del lugar de trabajo. En Estados Unidos, por ejemplo, antes de la pandemia era una práctica común ver a los oficinistas consumir sus alimentos delante de una pantalla a la hora del almuerzo, en muchas ocasiones por la carga de trabajo. Es sabido que esta crisis sanitaria ha mandado a la mayoría de personas que trabajan en oficinas a sus casas, en donde el trabajo doméstico en relación con la preparación de alimentos ha aumentado según diferentes especulaciones sobre el uso del tiempo durante el confinamiento.

Lo que llama además la atención, es cómo una práctica de alimentación que puede ser común en un contexto, en otro es el objeto hasta de una legislación a nivel laboral. Ante la crisis sanitaria, las medidas de distanciamiento social obligan también a que las personas que acuden a un lugar de trabajo en específico no puedan juntarse para comer. Lo que en un país precisa de una ley para ser permitido, en otro es una práctica común que en muchas ocasiones carece de la atención pertinente.

Es hasta que se vivieron los efectos del confinamiento en la productividad laboral, que muchas personas se plantearon la verdadera necesidad de poder parar para establecer un tiempo de comida diferenciado de las horas laborales de oficina. Los efectos negativos de esta práctica persistían desde antes de la pandemia, pero en el confinamiento son vividos probablemente con mayor consciencia. En algunos lugares de Estados Unidos, por ejemplo, muchos oficinistas comían delante de sus pantallas no por un tema de carga de trabajo, sino por un tema de presión social, ante el hecho de parecer poco productivo o irresponsable si no se comía delante de la pantalla. En el país galo, por ejemplo, esto era vivido prácticamente como una abominación.

El hecho es que diferentes especialistas han llamado la atención sobre los efectos negativos que el no parar para comer durante las horas de oficina puede tener no sólo sobre la productividad laboral, sino sobre el apetito, el cansancio y el bienestar general del trabajador. Las señales de saciedad y hambre se alteran, los niveles de concentración disminuyen y la capacidad de enfocarse durante largos periodos sin un momento de descanso es casi imposible.

Aunque se conocen y se estudian todos estos efectos, aún queda por determinar cuáles serán las consecuencias de los hábitos del confinamiento a largo plazo. Lo que llama la atención es la diferencia sociocultural para abordar el tema, con legislaciones que existían desde antes de la pandemia. Todos estos factores dan cuenta de que aunque todos comemos, indudablemente la relación que tenemos hasta con nuestros tiempos de comida está anclada socioculturalmente. La lección pandémica al respecto probablemente sea una toma de consciencia sobre hábitos que en algún momento nos parecieron útiles, pero que ante el confinamiento fueron replanteados, y en algunos casos resultaron obsoletos, sobre todo en la búsqueda de bienestar en una situación en la que las incertidumbres son muchas y las formas de construir hábitos cotidianos determinan el bienestar “solo por hoy” que el confinamiento plantea como reto.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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