Pobreza y desigualdad no son lo mismo. Si bien en las últimas cuatro décadas la pobreza en el mundo se redujo espectacularmente (como lo señalamos la semana anterior) en el contexto de la expansión de capitalismo y la globalización, la desigualdad se incrementó. Debe advertirse que aún en ello pueden existir opiniones divergentes, dadas las distintas formas que hay para medir la desigualdad. Una es a través del porcentaje del ingreso total que detentan el 1% (centil) o el 10% (decil) más ricos de la población. Otro, es por medio del Coeficiente de Gini que mide la desigualdad con una curva de Lorenz donde se va acumulando el ingreso de cada grupo (decil) de población y se obtiene calculando el área o diferencia entre esta curva y la recta de 45° de perfecta igualdad. Una tercera es la movilidad social medida con la correlación entre el ingreso de los padres e hijos a través de generaciones, como una estimación dinámica de la desigualdad. Dicho esto, exploremos lo que plantea Thomas Piketty para combatir la desigualdad, en su obra monumental más reciente publicada en 2019 (“Capital et Idéologie”. Seuil.); algo de gran pertinencia, dada la fuerte preocupación que genera el tema, y la aparente antinomia o contradicción que puede haber entre la reducción de la pobreza y la reducción de la desigualdad.

Piketty propone abiertamente un Socialismo Participativo para el siglo XXI, ciertamente democrático y que correspondería a un proyecto socialdemócrata radical, con mecanismos de redistribución profunda del ingreso y la riqueza, que, ojo, nada tienen que ver con el fracasado socialismo del siglo XX. Tengamos como referencia que la desigualdad en los países desarrollados se redujo considerablemente entre 1950 y 1980, para después retomar una trayectoria ascendente hasta nuestros días. Piketty plantea, primero, compartir el gobierno corporativo en las empresas, con una representación accionaria casi paritaria entre trabajadores y propietarios, empresarios o capitalistas, en los consejos de administración. Ofrece como ejemplo de viabilidad la experiencia correspondiente de Alemania y Suecia, que han observado un gran éxito en desarrollo industrial después de la Segunda Guerra Mundial. En segundo lugar, apunta la necesidad de un impuesto progresivo sobre la propiedad, el ingreso y las herencias – que puede llegar hasta el 90% en los grupos más ricos, por ejemplo, con 10 mil veces el ingreso o el patrimonio promedio –  sobre lo cual también refiere experiencias exitosas en diversos países europeos y en Estados Unidos, donde una fuerte progresividad fiscal se asoció entre 1950 y 1980 con un acelerado crecimiento económico. Una tercera medida propuesta por Piketty es la difusión de la propiedad por medio de una dotación universal de capital a cada ciudadano financiada con los mecanismos progresivos de fiscalidad. Su cuarto planteamiento va en el sentido de salarios “justos” y de un posible ingreso básico universal, también financiado con la progresividad fiscal. En quinto sitio retoma oportunamente el tema de un impuesto igualmente progresivo al carbono (Carbon Tax) con la finalidad de combatir el cambio climático, acoplado a un esquema de compensación a los grupos sociales más vulnerables. En sexto lugar propone un gasto educativo igualitario para escuelas públicas y privadas, con el objeto de favorecer a los estudiantes de menores ingresos y emparejar las oportunidades para todos. En séptimo sitio, introduce un sistema internacional de homologación fiscal para evitar paraísos fiscales en ciertos países, y de transparencia total global en el registro de patrimonios e ingresos, así como de movimientos transfronterizos de capitales. Esto último, en el contexto de un mecanismo institucional federalista multilateral a escala regional y global.

Como contrapunto a los postulados fiscales de Piketty, es necesario advertir aquí argumentos de cautela e incluso franco escepticismo (Aghion, Antonin & Bunel. 2021. “The Power of Creative Destruction”. Belknap-Harvard). Aunque una firme fiscalidad puede ser indispensable para reducir la desigualdad y la pobreza, y crear los bienes públicos que son palanca de desarrollo (educación, salud, infraestructura, investigación científica, medio ambiente, seguridad), también puede inhibir el proceso de innovación tecnológica que en la actualidad es motor de productividad, crecimiento, empleo, y, por tanto, de reducción de la pobreza e incluso desigualdad. Un fascinante y trascendental debate está abierto.

@g_quadri

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.

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