Tener un código de ética se ha convertido en norma para empresas bursátiles y en moda para todas las demás. Con frecuencia se lee poco y por pocos, pareciera que forma “parte del paisaje” durante algún tiempo y termina oculto entre cientos de páginas web de la empresa. Quizá fuese preferible no tenerlo, porque en ocasiones produce el efecto contrario al que se pretendía.

Ya sea que se le denomine código de ética o de conducta, declaración de principios, credo o filosofía, se trata de un instrumento que refleja el corazón de la organización y posee el potencial de construir una manera común de ser, o espíritu colectivo que lleve a la empresa a otro nivel de productividad y crecimiento.

El código busca ordenar los actos de quienes participan en la empresa, de modo unitario y hacia un propósito común. Esto no se logra con buenas intenciones, plasmando bellas ideas en un cuadro. Se alcanza con esfuerzo y mediante un programa de integridad que sea a la vez coherente en las ideas, congruente en las acciones y consistente en el tiempo.

El equipo de integridad responsable de diseñar e implementar el código debe considerar que este instrumento no funciona como elemento aislado, sino como el alma de un programa de integridad en la empresa, el cual contempla diez procesos para construir una cultura de integridad:

  1. Reclutar con base en valores.
  2. Seleccionar personal con base en valores.
  3. Contratar con base en valores.
  4. Proporcionar inducción basada en valores.
  5. Formar al personal con base en valores.
  6. Medir el desempeño con base en valores.
  7. Remunerar y motivar con base en valores.
  8. Comunicar con base en valores.
  9. Sancionar con base en valores.
  10. Terminar la relación laboral con base en valores.

Para que el código se transforme en una fortaleza estratégica, es necesario tenerlo muy presente cada vez que se repite la frase “con base en valores”. De modo especial, ha de evitarse desvincularlo de procesos directamente relacionados, como las políticas y reglamentos vigentes, los sistemas de denuncia, los comités de investigación y sanción, o en general las políticas de gobierno corporativo.

Más que señalar y castigar acciones negativas, un buen código ha de concentrarse en inducir conductas positivas, contribuyendo a construir un clima donde impere aquel principio de subsidiaridad que propone tanta libertad como sea posible y tanta autoridad como sea necesaria.

Sin duda el fin más importante de un código es asegurar la integridad de la empresa, procurando que los valores guíen las conductas individuales por convicción, más que coacción, aumentado los grados de libertad y los beneficios que esta condición arroja en términos de reducción de burocracia, mayor flexibilidad y espontaneidad, motivación y creatividad.

Esta manera de dirigir la empresa, armonizando un mínimo de reglas con un máximo de valores, o equilibrando la estructura ética con la cultura de integridad, es el corazón del liderazgo ético y sus beneficios y ventajas son innumerables. Un líder ético supera el esquema tradicional donde “uno mueve a muchos” y consigue que “muchos se muevan como uno”. 

Raúl Franchi Martínez Moreira es Profesor de Factor Humano en IPADE Business School.