Heme aquí, lectora, lector, en pleno Día de la Santa Cruz, en medio del puente vacacional más largo del año: desde el Día del Niño hasta la Conmemoración de la Batalla de Puebla. Batalla en donde las armas nacionales se cubrieron de gloria y el General Ignacio Zaragoza hizo méritos para que su imagen fuera estampada en los billetes de 500 pesos con los que, a pesar del decreto gubernamental de que la recuperación es un hecho, cada día adquirimos menos mercancías.

Entre estallidos de cohetes con los que los trabajadores de la construcción -desde el arquitecto, pirruresco y apretado, hasta el peón más humilde- celebran su día, salgo a comprar cigarros y siento que en la ciudad hay una epidemia de hueva. Ésta es más contagiosa que la influenza AH1N1, con la desventaja para la hueva -síndrome legislatoris, su nombre científico- que no hay vacuna para prevenirla ni tapabocas que la evite. Creo que ya me contagié, lo sé porque siento sus síntomas devastadores: un impulso irrefrenable a rascarme los genitales, una obnubilación mental que impide el pensamiento creativo, una querencia hacia la cama o los sillones, y unas inaguantables ganas de posponer cualquier trabajo para el próximo periodo de sesiones –dentro de cuatro meses-.

Pero resulta que el periodismo no admite la posposición del trabajo. No puedo hablar con la editora de El Economista y decirle que mi colaboración requiere un análisis con responsabilidad imposible de realizar en una sola sesión. De modo que, no obstante que veo la almohada con el mismo apetito que un somalí ve un filete mignon, no me queda más opción que convocar a mi cerebro a un periodo extraordinario de sesiones para poder terminar esta columna.

Lo que se debe hacer

Si consideramos lo afirmado por Ortega y Gasset –pareja de escritores, diría Fox, que compartieron el nombre de José- que la diferencia de tiempo entre una generación de individuos y otra es de 15 años, es fácil concluir que durante los 56 años que sin interrupción ha dedicado a divertir a la familia en general y a los niños en particular, Xavier López, Chabelo para los cuates, ha logrado ocupar una posición en la mente de casi cuatro generaciones de mexicanos y es un referente obligado en el imaginario colectivo nacional.

Por eso, en mi modesta opinión, el homenaje que le brindaron los diputados en San Lázaro, la víspera del Día del Niño, es bien merecido para un hombre que es un ejemplo de trabajo y profesionalismo.

Por ahí de 1953-54, un estudiante de Medicina que mantenía sus estudios trabajando de lo que saliera: floor manager, jala cables, ayudante, camarógrafo y hasta extra, en el antiguo Televicentro, tuvo la feliz ocurrencia de hacer, fuera de cuadro, en un programa que conducía Ramiro Gamboa, la voz de un niño.

El infantil sonido gustó a los televidentes que vía telefónica manifestaron deseos de conocer la figura del ente que lo emitió. Ante la insistencia de los asiduos al programa, Gamboa presentó al creador de la voz: un joven de 1 metro 85 centímetros de estatura, casi 100 kilos de peso, practicante de futbol americano y excampeón nacional de lucha olímpica. El contraste entre la voz y el cuerpo que la emitía resultó una combinación cómica afortunada. Su presencia se hizo imprescindible en el programa.

Gamboa lo adoptó, artísticamente, como su hijo y así surgió la pareja de Chabelo y Gamboín –años después conocido con el Tío, el de no me fallen amiguitos, no me fallen -. El éxito del personaje y la carga de trabajo derivada del mismo, obligó a Xavier a tomar una decisión definitiva: cambió la bata de cirujano por los pantalones cortos.

Hasta aquí la historia parece un cuento de hadas, el de un ser humano de baja condición económica al que el destino puso en el camino del dinero y la fama. Si bien, el nacimiento del personaje llamado Chabelo fue producto de la suerte, el sostenimiento del mismo en el gusto y preferencia del público ha sido producto del esfuerzo, la preparación y una constante y amorosa entrega al noble oficio de divertir.

Por motivos de su trabajo, este redactor ha convivido y colaborado con muchas figuras del espectáculo. Créanmelo, en los más de 40 años que llevo ejerciendo esa actividad, jamás he conocido a nadie más dedicado a su profesión, más trabajador, más disciplinado y responsable que Xavier López.

En los 42 años de existencia de su dominical programa En Familia –estamos hablando de casi 2,200 emisiones- sólo ha faltado dos veces. Una por motivo de una úlcera gástrica que se le reventó e hizo imposible su asistencia, la otra por el fallecimiento de su padre.

Lo que no se debe hacer

Si los diputados que homenajearon a Chabelo y sus colegas senadores siguieran el ejemplo del homenajeado en lo referente a dedicación y trabajo, al término del periodo ordinario de sesiones ocurrido el pasado 30 de abril, hubieran podido comunicarnos a los ciudadanos -que somos sus patrones puesto que les pagamos sueldos, viáticos y demás inmerecidas prestaciones- que las reformas tan urgentes para el país fueron culminadas y sacadas adelante por ambas cámaras. Por el contrario, con coraje y desilusión, nos enteramos que las urgentes reformas política y económica, así como la ley de medios fueron pospuestas para el siguiente periodo ordinario que inicia en septiembre.

Nuestros faltistas –huevonazos- legisladores son especialistas en tirarse la bolita de una a otra cámara: los diputados abortaron dos temas prioritarios para el Senado: seguridad nacional y derechos humanos. En reciprocidad, los senadores no dieron entrada a la ley antimonopolios que fue aprobada en San Lázaro. Una buena solución a este punto hubiera sido la de katafixiar la iniciativa de los diputados por los dos temas de los legisladores.

En estas páginas, don Isaac Katz ha dicho que tenemos un Congreso ineficiente y que nuestros legisladores son para dar pena, que merecen ser despedidos y que nos regresen nuestros impuestos. Yo me atrevo a sugerir:

¿qué tal si a partir del próximo periodo de sesiones les pagamos a destajo? Esto es: chivo brincado, chivo pagado. Ley aprobada, sueldo en la caja.

Que buena onda que vino este güey

Según las crónicas así se expresó el priísta Sebastián Lerdo de Tejada cuando vio a Chabelo en la Cámara. Más de 200 fotografías se tomaron los legisladores con quien fue su ídolo y ahora debiera ser su ejemplo. Beatriz Paredes –que hace unas semanas dijo que a ella no la asustaba el Coco- abrazó y besó a Chabelo –quien sostiene que Coco no hay-. César Nava buscó saludar al personaje y logró su cometido –seguramente le pidió que quite a Jorge Alberto Aguilera del programa y lo sustituya por Patylu-. Quien, al decir de los reporteros, no se mostró muy entusiasmado con la presencia de Chabelo fue el presidente de la Cámara Francisco Ramírez Acuña. Me atrevo a especular que no se entusiasmó con el homenajeado porque éste no fue caracterizado de Guillo el Monaguillo. Por cierto, no viene al caso, pero debo decir que entre Guillo el Monaguillo y el Padre Chispitas, personajes de los que soy autor, siempre tuvieron una relación sana. Jamás se vio manchada por un asomo de pederastia. El Padre Chispitas –César Costa- era aficionado a los suéteres, no a otras prendas que también sirven para abrigarse.

Oí por ahí

Ley de la política: para subir hay que reptar.