El gobierno del presidente español Pedro Sánchez se encuentra atendiendo en diversas arenas la crisis de la pandemia.

En una de ellas, los gobiernos autonómicos de Cataluña y el País Vasco, principalmente, critican el poder centralizado en las manos de Sánchez, en un momento en el que la radiografía del azote del nuevo coronavirus es claramente diferenciable y asimétrico entre las autonomías. Es decir, existen regiones que podrían desescalar con mayor rapidez las medidas que el gobierno ordenó hace seis semanas, debido a que presentan un número marginal de contagios y decesos.

Las medidas más enérgicas de confinamiento que se han visto hasta el momento en todo el mundo las ha tomado el gobierno español.

Ayer entrevisté al consejero de Exteriores del gobierno de la Generalitat de Cataluña, Bernat Solé. Sobre este tema, comenta que “existen estudios que dicen que las crisis que se trabajan de una forma descentralizada siempre (arrojan) mejores (resultados en su control)”.

Durante las primeras semanas de marzo, cuando Italia ya sufría las consecuencias del nuevo coronavirus, el presidente catalán Quim Torra deseaba tomar la decisión de cerrar prácticamente las fronteras de la autonomía. Bernat Solé comenta que el presidente Sánchez “impuso el estado de alarma mucho más tarde de lo que nosotros considerábamos desde el gobierno de Cataluña”.

La consejera de Presidencia y portavoz del gobierno catalán Meritxell Budó, comentó la semana pasada que “con la independencia habríamos actuado antes y no tendríamos tantos muertos ni tantos infectados” (hasta el día de ayer, en Cataluña habían fallecido 5,769 personas por motivo del Covid-19 en hospitales, 25% de la suma total de decesos en España). Desde el 2011, cuando el Supremo echa abajo el Estatuto catalán aprobado por el Congreso de Madrid, el Parlamento catalán y refrendado por las urnas en Cataluña, no hay otro vector temático que atraviese a la política española que el independentismo.

Ayer le comenté a Bernat Solé que al parecer en Cataluña ha habido temor a que el mensaje centralizado en una crisis sanitaria como la que se vive en la actualidad, provoque una desmotivación del independentismo, y por ello, comentarios como los de Meritxell Budó se escuchan durante estos días en diversos círculos. Solé me comentó lo siguiente: “Una crisis de estas características se tiene que vencer desde el punto de vista progresista, desde los valores republicanos; cuando el estado español ha tenido la oportunidad de mostrar su ADN más progresista, ha mostrado su carácter más centralizador. Cuando nosotros poníamos médicos en las ruedas de prensa, el estado español ponía militares, por eso decimos que se podía haber gestionado mejor”.

El ayuntamiento de Barcelona estima en un año y medio el tiempo que se tardará la capital en recuperarse de la crisis económica; 320,000 expedientes de regulación temporal de empleo se han abierto en lo que va de la crisis sanitaria. Uno de los sectores más importantes en Cataluña es el hostelero. Su recuperación será más lenta. Este sector genera 120,000 fuentes de empleo.

Sobre los planes de apoyo del gobierno del presidente Torra, el consejero de Exteriores comenta: “Desde el gobierno estamos trabajando en un plan de desconfinamiento y un plan post-Covid-19, especialmente para dar continuidad a la potencialidad que tiene Cataluña”.

En España, la autonomías tienen el control de la política de sanidad, es por esta razón por la que Cataluña y el País Vasco le piden a Sánchez que los deje ir a otra velocidad. Lo cierto es que la política en tiempos de Covid-19 es compleja, con excepción de Portugal.

La entrevista se puede ver en las redes de El Economista.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.