No soy una seriófila. Al menos no soy una seriófila seria, valga la redundancia.

Sé que he abierto este Garage para recomendar algunas series, pero a diferencia de la mayor parte de mi generación no le hago al binge watchig. ¿Una película de tres horas? Venga. Ver 10 horas seguidas de The Crown, olvídenlo. Se mezclan las tramas, pierdo el hilo, no sé qué pasó hace tres episodios.

Lo que digo es que mi lapso de atención no funciona así. Yo voy de tres en tres episodios y luego abandono los shows y los retomo dos meses después porque alguien me hace un comentario o qué sé yo. Eso sí: todas las series que he recomendado en Garage me han gustado con entusiasmo. The Crown me parece una obra de arte. Orange is the new black me hizo hasta comprar el libro que la originó (aunque la última temporada no es tan buena como las anteriores, ¿no les parece? Algo agotada, creo). Game of Thrones es obligación de todo geek, y eso que ya se le notan las costuras.

¿Qué les digo? Sí, soy hija de mi tiempo, me gustan las series, celebro la Era de Oro de la Televisión que nació a principios de este siglo en la tele normal y se transformó en una locura en la edad del streaming.

Pero, hija de mi tiempo y todo, no todas las series tan celebradas por la crítica y el público me gustan o siquiera me importan. Encuentro The Walking Dead como una verdadera pavada. Breaking Bad me pareció la cosa más moralina. Amo casi toda Los Soprano. Reitero, casi toda. Odio el final.

Por si se lo preguntan, mi show favorito de todos los tiempos es The wire, una serie que no tuvo éxito, ni es de audiencia, ni en las entregas de premios, pero que tiene el honor de ser la serie favorita de Barack Obama, el político más cool de la historia. Créanme, The wire es la onda, tiene el empuje de una joya de la novela negra estadounidense y la profundidad de un dramático novelón ruso del siglo XIX.

A ver, yo quería hablar de otra cosa, ahora que menciono los dramones existenciales. Llego tarde a la fiesta como siempre, como sabrán los lectores de esta columna, y quiero decirles que el año pasado descubrí BoJack Horseman y a mi paso de tortuga he ido recorriéndola con asombro, gozo, aprensión y crisis emocionales.

Sólo Seinfeld me había causado tantas emociones mezcladas. Me parece chistosísima y al mismo tiempo me pone triste. Al final de cada capítulo siento un discomfort parecido al de una crisis gastrointestinal. Tengo miedo de darle play al siguiente, lo hago, me río un montón y luego ahí está el hoyo en la panza.

Supongo que debo dar contexto para las tres personas que, como yo, no conocen o conocían BoJack Horseman más que de oídas. BoJack es una serie de animación sobre un caballo humanizado (en el sentido más estricto del término) que alguna vez, hace 20 años, fue una gran celebridad.

Hoy sólo es un has been al que a veces reconocen en el súper.

Como toda estrella deslucida, BoJack no sabe qué hacer con su vida. Su fama le dejó una buena cantidad de dinero, mismo que dilapida en actividades estúpidas y sin consecuencias. Hasta que conoce a Diane, quien como negro literario, o ghost writer, escribe la “autobiografía” de BoJack.

Y el libro resulta un trancazo y altera la vida de BoJack con otras metas e insatisfacciones, crisis, desgracias y desencantos. Uno ve esa caricatura y piensa: ¿Qué diablos estoy viendo? ¿Pa’ qué me deprimo a lo güey?

Háganlo. A veces hay que meterle alta tensión a los sentidos. Y llorarán de risa, en serio. Raphael-Bob Waksberg, su creador, es un satirista brillante del mundo del espectáculo.

Estoy terminando la temporada tres. Venga, temporada cuatro, destrúyeme y hazme reír mientras me clavo un cuchillo en el cráneo.

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Concepción Moreno

Columnista y Reportera

Garage Picasso