Los biocombustibles de origen agrícola son a primera vista una idea sugerente. En la desinformación, seducen por su carácter renovable y su naturaleza vegetal, y por su perfil “verde” identificado con la fotosíntesis. La ingenuidad los asocia con atributos de “sustentabilidad” y les confiere una supuesta virtud de ser amigables con el medio ambiente. Nada más alejado de la realidad. Los biocombustibles de origen agrícola como el etanol (de caña de azúcar, maíz o sorgo), y el biodiésel (de soya o palma africana) son depredadores con disfraz de oveja. Su producción implica una apropiación y uso masivo de territorio y de la productividad biológica neta de la Tierra, deforestación y destrucción de la biodiversidad y del paisaje, liberación a la atmósfera de grandes volúmenes de gases de efecto invernadero (GEI), sobreexplotación de recursos hídricos por riego a gran escala, contaminación de suelos y aguas con plaguicidas y fertilizantes, y el desplazamiento de cultivos para consumo humano. Además, a lo largo de su ciclo de vida tienen mayores emisiones de GEI que los propios combustibles fósiles, y su ineficiencia territorial es verdaderamente inaceptable.

Los biocombustibles de origen agrícola significan volver a una arcaica y destructiva dependencia humana a energéticos ofrecidos directamente por la naturaleza, como lo fueron la leña, el carbón vegetal o el aceite de ballena. Brasil e Indonesia han sufrido y sufren deforestaciones catastróficas de sus bosques tropicales húmedos como consecuencia directa o indirecta de la producción de biocombustibles, etanol en el primer caso, biodiésel en el segundo. El norte de Argentina y Paraguay ha visto desaparecer millones de hectáreas de bosques tropicales secos o subhúmedos como consecuencia de plantaciones de soya para biodiésel (exportado a Europa). Incluso, en Estados Unidos, se estima que la producción de etanol a partir de maíz ha sido responsable de la eliminación de más de 1 millón de hectáreas de bosques, humedales y pastizales naturales, y su conversión a tierras de cultivo. La contaminación por agroquímicos del río Mississippi ha creado una gigantesca zona muerta en su desembocadura en el golfo de México. Se trata de un exterminio a gran escala de biodiversidad, sólo hecho posible por decisiones políticas en favor de poderosos intereses agroindustriales en esos países, de la mano de la ingenuidad y la desinformación.

El problema es aún mayor en el caso del etanol, en la medida en que este biocombustible plantea mayores riesgos de contaminación atmosférica en las ciudades donde se usa como energético o como mezcla con gasolinas. Existe una gran evidencia acumulada sobre los efectos del etanol en la emisión de compuestos orgánicos volátiles y otras sustancias que son responsables de una mayor formación de ozono, y por tanto de impactos significativos a la salud. Es por ello que en México está prohibido el uso de etanol en las grandes zonas metropolitanas de la CDMX, Monterrey y Guadalajara, al tiempo que la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos exige especificaciones muy estrictas para gasolinas mezcladas con este biocombustible.

El etanol es más volátil que la gasolina, técnicamente, tiene una mucho mayor presión de vapor. Por tal razón, arrastra hidrocarburos a la atmósfera desde el motor, el tanque, o los conductos de los vehículos, mismos que reaccionan en la atmósfera para formar ozono, un contaminante fotoquímico. De acuerdo con el Instituto Mexicano del Petróleo, el incremento en la presión de vapor de las gasolinas de 1 libra por pulgada cuadrada como resultado de una mezcla con etanol, produce 19% más compuestos orgánicos volátiles generadores de ozono. Otros estudios en Estados Unidos han mostrado cómo mezclas a 5.8% de etanol con gasolina tienen 55% más de potencial de formación de ozono que gasolinas mezcladas con MTBE (éter metil ter-butílico), oxigenante utilizado en nuestro país, y un rendimiento 30% menor que la gasolina.

Ha sido desconcertante que la CRE haya modificado la norma de calidad de petrolíferos en el 2017 para darle privilegios y mayor laxitud a las gasolinas mezcladas con etanol, con la finalidad de “nivelar el terreno de juego en la importación de gasolinas” directamente de EU. Esta decisión fue impugnada legalmente, hasta ahora con éxito, por ambientalistas mexicanos. Sin embargo, ha sido aprovechada por el lobby agroindustrial del etanol norteamericano y por corporaciones cañeras y azucareras de nuestro país para lanzar una fuerte ofensiva de cabildeo en altas esferas del actual gobierno, y en redes sociales, con el objetivo no sólo de mantener las modificaciones introducidas por la CRE, sino de derogar la prohibición al uso de etanol en la CDMX, Guadalajara y Monterrey. Cabilderos representantes del lobby agroindustrial del etanol norteamericano han declarado que eliminar la prohibición mencionada podría incrementar la demanda de maíz en EU por más de 2,000 millones de dólares anuales. Un gran negocio. México no debe caer en la trampa.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.