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Opinión

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Asumir el fracaso climático

No hace falta ya insistir en el carácter potencialmente catastrófico del cambio climático hacia finales del siglo; los escenarios tendenciales ya no sorprenden ni mueven a nadie. La indiferencia no es un problema de información o incertidumbre: es un problema de valores públicos que no cambian y al parecer no cambiarán. Está rota en este tema la correa de transmisión entre información científica, percepciones, creencias, valores, acción colectiva, respuestas de gobiernos y creación de nuevas instituciones. Nadie quiere cambiar su estilo de vida, y los gobiernos no van a obligarnos: combustibles baratos y subsidiados, ciudades extensas que evocan un cursi ideal de verdor suburbano, y prácticas agropecuarias basadas en la deforestación...

El nuevo balance de poder en el mundo impide una iniciativa internacional efectiva. Europa pasa lentamente a la irrelevancia; China no cederá en su ansiedad de superpotencia; la derecha cerril estadounidense somete a sus políticos, y los países emergentes y subdesarrollados recelan de todo y no pasan de una retórica predecible y aburrida. La próxima COP en Varsovia será un fracaso, y no habrá un pretendido acuerdo global en el 2015 bajo el auspicio de la ONU.

El umbral de la catástrofe es claro: dos grados centígrados como aumento máximo tolerable en la temperatura promedio del planeta. Para tener una probabilidad razonable de no arrollar tal umbral, el IPCC ha establecido un presupuesto total acumulado en la atmósfera de 1 billón (trillón para los anglófonos) de toneladas de carbono de origen antropogénico. Es una manera audazmente cruda de plantear un desafío que parece insuperable. De seguir como vamos, la temperatura del planeta probablemente aumentará más de 4 grados centígrados hacia el fin del siglo, y sería irreconocible (ver: http://www.independent.co.uk/environment/climate-change/the-life-aquatic-how-the-earth-would-look-if-all-the-ice-melted-8925734.html).

Lo dramático es que ya gastamos más de la mitad del presupuesto, que lo agotaremos en el 2040, que todo será irreversible a escalas humanas de tiempo y, especialmente, que no hay manera políticamente viable de administrar, asignar o repartir entre países o personas lo que queda del presupuesto. Las emisiones tendrían que reducirse de forma consistente a tasas anuales de 2.47% hasta llegar asintóticamente a cero. Algunos hablan de una repartición equitativa per cápita (en función de la población de cada país) en el mundo; otros, en función del PIB; otros más, según las emisiones históricas de cada país (con lo que Estados Unidos, Europa y Japón ya habrían agotado su cuota).

El agotamiento de los hidrocarburos no será la salvación del planeta; los yacimientos no convencionales y las nuevas tecnologías han borrado la hipótesis del Peak Oil: existen reservas recuperables de hidrocarburos equivalentes a otro billón de toneladas de carbono.

Peor aún, los modelos en que se basa esta cifra de 1 billón de toneladas ignoran procesos de retroalimentación hacia el calentamiento global, como el derretimiento del ártico, y la liberación del metano en el permafrost (suelo congelado saturado de materia orgánica) en Siberia, Canadá y Alaska. Saturar las capas altas de la atmósfera o los mares con contaminantes (como lo sugieren panegiristas de la geoingeniería) para reflejar la radiación solar o absorber el CO2 suena a insano delirio.

Asumiendo ya consecuencias inevitables de este despeñadero, no podemos dejar de intentar contenerlo: la energía nuclear en tándem con las energías renovables, redes eléctricas inteligentes que trasciendan fronteras nacionales, tomarnos muy en serio a los vehículos eléctricos, y parar en seco la deforestación, todo a través de iniciativas, acuerdos o proyectos ad-hoc, que es lo único que parece quedar a la mano. También, debemos prepararnos (adaptarnos) con grandes obras de ingeniería de protección costera, drenaje, contra inundaciones, trasvase de agua entre cuencas, y migración planeada. No hay más.

www.gabrielquadri.blogspot.com

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